Arte y Vida

Arte y Vida

martes, 1 de mayo de 2012

No hay nada que desespere tanto como ver mal interpretados nuestros sentimientos.

No sé ya cómo dirigirme a este pequeñito espacio que creé hace año y medio con la ilusión y entusiasmo que un pequeño emprendedor a actor puede tener. Porque, aunque me repita, es eso y sólo eso: la ilusión, el amor, la pasión, el entusiasmo y otros mil sinónimos lo único necesario para salir adelante y parar por los cuernos a un toro de quinientos kilos. El problema viene cuando estos amables compañeros fallan.

Y es que parece que acercarse a estas fechas tan intensas sea un peligro. No quiero ponerme a despotricar, entre otras cosas porque ahora me encuentro algo confuso y no sé si lo haría con fundamento, pero tampoco voy a cercenar lo que siento. Y es que a la vez que entiendo lo afortunado que soy (no todo el mundo tiene la posibilidad de poder estudiar lo que realmente ama), no entiendo por qué llegadas estas fechas mi visión sobre la ilusión de mi vida se oscurece: lo que debería ser un regalo para mí pasa a ser un peso y lo que debería conformar mi desahogo se convierte en un ahogo.

No tengo tiempo para llevar a cabo todo lo que tengo que hacer y mucho menos para hacerlo como lo tengo que hacer. Mi cuerpo ya no camina, sólo vaga. Pero voy a dejar de hablar de lo que me pasa y voy a confesaros por qué creo que me pasa: la cantidad de trabajo que tengo entre las manos hace que no sepa administrar bien mi tiempo para poder llegar a todo. Y ya llevo un tiempo sintiéndome literalmente fracasado como estudiante de Interpretación en todos los aspectos, pero en particular en cuanto a mi personaje de Hamlet se refiere. Ese personaje que tanto admiraba y que he tenido la oportunidad de investigar se ha quedado en nada, o esa es mi impresión. Todo lo grande que me he sentido en mis clases, aprendiendo y aprendiendo, se ha quedado en un granito de arroz. Me siento verdaderamente fracasado, retrocedido en el proceso. Y os aseguro que no es una buena sensación para una persona que, por lo que parece, ama lo que estudia.

Y lo cierto es que este momento de atasco sería mucho más fácil pasarlo con vaselina, pero parece también que esta escasea. Y es que mi sensación a veces es que estoy en una Escuela donde el objetivo no es formar a personas amantes de la Interpretación sino formar a robots. Entiendo que al espectador que vaya a verme a un Teatro le vaya a importar más bien poco mi vida, pero también entiendo que un profesor no es un mero espectador. Y si estuviéramos hablando de Matemáticas, entiendo que los sentimientos de la persona importan más bien poco para resolver un problema, pero hablando de Arte Dramático, una carrera donde el actor deja en la olla sus sentimientos y su cuerpo, creo que no se puede pasar por alto el fuero interno del mismo. Y si se muere mi perro, claro que importa. Importa porque no soy un robot y no sé hacer desconexión territorial durante el tiempo que a mí me apetezca. Y creo que se debería tener en cuenta. Una escena no sólo atraviesa al personaje, también atraviesa al actor.

Que la sociedad es despiadada y que no exige de nosotros un cúmulo de masa sensible y humano es obvio. Que estoy en contra de formar parte de ese grupo robótico, también. Estudio porque me encanta lo que hago. Y me encanta a mí como persona, no a mí como robot.

Siento, padezco, sufro y me alegro. Y lo hago porque -repito estrepitosamente- amo el teatro. Y no lloro ni río como resultado de un frío cálculo sino que lo hago desde mi más profundo corazón, y es que estoy aprendiendo lo que es la frustración. La frustración de no poder con lo que tienes delante, de sentirte pequeñito, de no estar por encima del listón que te marcas -o que te marcan-, de decepcionarte a ti mismo y de sentir fracasar ante lo más valioso que he encontrado hasta el momento: esta cosa abstracta que algunos llaman teatro.

La frustración de no ser un chico diez, no ante mí ni ante el resto. Ante lo que ha sido mi pasión.

He querido ser honesto.

Sergio

lunes, 9 de abril de 2012

El amor es mucho más exigente que cualquier autoridad.

Sé que no tengo vergüenza, pero prometo que sacar este último mes una horilla para actualizar el blog ha sido sangrante. Aunque contento, he de decir (y lo hago sin exagerar) que el nivel de trabajo en el que me encuentro ahora mismo es impresionante. Acumulo cansancio físico desde hace bastante tiempo y mi cuerpo ya no responde como lo hacía antes. De veras, estoy comenzando a usar las reservas de energía. Espero que den de sí (aprovecharé esta santa semana para cargarlas).

He pasado por alto un mes intenso pero increíble a la vez, un mes turbulento, sin duda. Y ¡ay!, amigos, cuanto ha de desear un actor la turbulencia. Ha sido un mes, podría decir, feliz, pues la turbulencia se debe a la cantidad de dardos que me han estado pasando por las narices, y no sabéis lo divertido que ha sido intentar cogerlos todos. Y algunos he cogido, desde luego.

A destacar tres gigantes dardos:

- El proyecto en el que me involucré para el Día Mundial del Teatro el pasado 27 de marzo, sumergiéndome en una pequeñita versión de La ópera de tres centavos de Brecht en el que he de decir que, si es cierto que me ha estado robando mucho tiempo para mis principales preocupaciones (véase la carrera) también puedo decir que he aprendido mucho, he evolucionado mucho y, en particular, he profundizado más de lo que imaginaba en el ámbito de la voz del actor en todas sus variantes (creación de personaje; canto; etc.), tanto desde el punto de vista técnico como creativo. Cuando el cuerpo está involucrado al 100% en la acción, la voz aparece. Esta no es el resultado de ningún cálculo lúcido sino que lo es de la totalidad del cuerpo puesto en acción. En fin, mucho trabajo, pero desde luego satisfactorio.

- El paseo con mi amado Hamlet. Y no tan amado, perdónenme. He de reconocer que le he soltado varias veces de la mano durante este último mes. Y a mi pesar, porque prometo que ha sido inconscientemente (tantos dardos me han vuelto loco. Y el de Brecht era tan grande que me tenía absorbido). Pero aún así estoy descubriendo cosas fabulosas. Creo que por ello mi relación con Hamlet está siendo últimamente más amarga, porque -sí, señores- ¡¡¡no le entiendo!!! No entiendo nada de lo que hace, ni por qué lo hace. No hay dos cosas que se unifiquen en aras a un único camino sino que todas si bifurcan, y ni siquiera lo hacen en paralelo sino que además lo hacen en opuesto. "¡Estoy harto! Eso me ha vuelto loco." De veras, intento tomármelo con calma pero mi nivel de desesperación aumenta día a día.
Tengo algunas semanas más para ponerme en el nivel que he estado dejando pasar durante estas últimas semanas. ¡Claro, no todo en este blog iba a ser alegría! Estoy muy por debajo de donde debería estar y no pienso permitírmelo. No voy a pasar por alto mi viaje por este precioso y sangrante mundo porque no me lo perdonaría. "¿No querías ser actor? Pues te jodes", Sergio.

- Toda esta turbulencia no podía ser menos sin un gran acontecimiento que no hizo sino dejarme en standby, la visita de Blanca Portillo, Asier Etxeandía y José Luis Torrijo a mi Escuela. Pasaron por Valladolid con motivo de la representación de La avería, obra dirigida por Blanca Portillo, de la que fue ayudante de dirección mi profesor de Interpretación. Y, en fin, qué decir. Creo que Blanca Portillo es la mujer más enamorada y apasionada por lo que hace que conozco. Inteligente donde las haya, se sacrifica por su trabajo hasta decir basta, y se nota. Prometo no haber visto una obra de teatro textual mejor que La avería en la vida. Qué historia tan espeluznante y qué actorazos defendiéndola (y aquí tengo que hacer un especial apunte diciendo que, de lo que he visto hasta la fecha, Asier Etxeandía supera los límites. Fue increíble). Recomiendo a todo el mundo, si se tiene la oportunidad, ir a visitarla, de verdad.

Y podría estar hablando mucho más, pero no quiero aburrir. Además, estoy escuchando a Beethoven y no querría que pensase que no le estoy prestando mucho oído.

Tomaré los días que me quedan de esta santa semana para cargar pilas, porque no se es bueno ni malo; ni trabajador ni no trabajador; ni guapo ni feo; sólo se tiene amor (o no se tiene), como nos venía recordando Blanca Portillo al principio de esta entrada. Lo demás viene tras esa gran pasión.

Sergio

martes, 28 de febrero de 2012

El teatro no es cotidianeidad. Está hecho para la transgresión.

Realizando trabajo de mesa con las escenas que estamos trabajando de Shakespeare (Como gustéis, Mucho ruido y pocas nueces y Hamlet), no hago sino salir radiante de emoción por tener la oportunidad de descubrir esos bellos y delicados mecanismos que ponen en acción al personaje.

Con las dos primeras, comedias, no he podido divertirme más. Peor que un niño. Ver de primera mano lo que hacen los personajes (entenderlo), por qué lo hacen (a qué reaccionan) y para qué lo hacen (qué quieren conseguir o solucionar) es simplemente genial.

Pero me centraré en la escena que trabajo yo, la gran tragedia de Hamlet. Sonará un tópico y, de hecho, probablemente lo sea. Pero los tópicos son tópicos por algo, no porque sí. Y descubrir -o intentarlo, al menos- los frágiles y bellos mecanismos que activan y mueven a Hamlet es una tarea a la que acceden sólo unos pocos privilegiados y, qué ilusión, yo me encuentro entre ellos. Y no he podido conocer hasta la fecha mecanismo más complejo y enrevesado que el de este señor, desdichado donde los haya, situado por un autor con ganas de acción en el extremo, en el último centímetro del barranco. Qué fantástico.

Y es que ese malvado dramaturgo no hace sino poner a sus personajes en una tesitura de blanco o negro en la que, hagan lo que hagan, van a perder. Si Ofelia le confiesa a Hamlet que su padre Polonio y el Rey Claudio están tras la cortina escuchando la conversación, pues esta no ha sido sino una encerrona, traiciona a su padre y pierde. Si miente a Hamlet, que sabe que Polonio está tras la cortina escuchando, traiciona a su amado, el ser al que más quiere y pierde; por otro lado, Hamlet ya ha perdido. Lo que no sabemos hasta que no llega el final de escena es que el agujero era tan profundo. Las dos figuras a las que ama (Gertrudis, su madre y Ofelia, su amada, son dos auténticas putas: Gertrudis se casa con Claudio, hermano de su marido y asesino del mismo, sabiendo Hamlet la culpabilidad de Claudio; Ofelia deja a Hamlet por orden de su padre, devolviéndole todos sus regalos).

Hamlet trabaja en todo momento con un doble o triple sentido que Ofelia no entiende dando argumentos con completo sentido, aunque sin ser entendidos por el resto. Esta escena es la demostración de la cólera de Hamlet pues, si no puede clavarse un puñal a sí mismo porque tiene una misión que cumplir (vengar la muerte de su padre) y no puede inyectárselo a Ofelia porque aunque la odia, es el ser al que más ama en el planeta, sólo puede haber dos opciones: o su mecanismo explota por su propia cuenta o Hamlet estalla en cólera como forma de crear una vía de desahogo para eliminar toda esa tensión acumulada en ese frágil mecanismo a punto de pararse.

Qué afortunado me siento, de verdad, al tener en mis manos tal artefacto de oro. Aunque no creáis que es fácil o cómodo, porque es muy dificultoso. Y da miedo. Que a veces encuentras también cosas feas entre la estructura que hace vivir al personaje: cosas muy malvadas o cosas muy tristes que constituyen el tumor que va cobrando poco a poco la felicidad del personaje, hasta que lo rompe.

Pero la culpa no la tiene Shakespeare, no. El teatro no es cualquier cosa y el público quiere ver cómo solucionan los personajes una situación imposible o extrema. Ahora, estoy seguro de que si vierais esa compleja estructura, algo dentro de vosotros se rompería.

Porque se ven cosas inimaginables.

Sergio

jueves, 16 de febrero de 2012

Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego.

Qué mente, qué carácter, qué fuerza, qué vitalidad y cuantas ganas de seguir adelante las de José Luis Sampedro. Creo que es una de las personas a las que más admiro hoy día y desde luego no es para menos, porque cada vez que escucho sus palabras recibo una gran lección moral no sin ponerme los pelos de punta.

Estamos anclados. Mientras nuestros recursos y posibilidades avanzan a una velocidad espeluznante, nosotros aún estamos sentados, iba a decir esperando pero para qué decirlo si ni eso hacemos, observando conscientemente cómo el rollo de alfombra se acaba. Pero no llego a concluir una lógica equiparable a lo que ocurre, no lo consigo: al igual que es imposible comprender cómo una madre puede dejar morir a su niño cuando está en sus manos salvarle. Es algo que se me escapa.

Hace tiempo me pregunté a mí mismo a cerca de mis creencias. Sorpresa la mía cuando llegué a la conclusión de que me considero creyente, pero creyente de mi propia religión. Si hay un Ser superior que sustenta al Ser humano, algo o alguien que marca la línea por la que caminamos y del que no podemos prescindir, ese será la Naturaleza. De todo podemos prescindir que no sea el aire para respirar o el agua para vivir u otra serie de elementos primarios necesarios para sostenernos en pie. Incluso puedes prescindir de un brazo, pero no de la Naturaleza. Y es curioso que esto, un hecho tan palpable, objetivo y simple, no llegue a cuajar en nuestras cabezas: seguimos obcecados en no levantarnos del asiento, porque adornando de pulseras nuestro prescindible brazo, nos lo pasamos muy bien; colmando de cuentos nuestra cabeza, también (y hago un pequeño inciso: me parece muy bonito y atrayente que creamos depender de un Dios pero, por favor, no hagamos apología de ello. Ni siquiera centremos toda nuestra atención ahí porque no deja de ser un hecho para nada palpable que confunde lo verdaderamente obvio); o simplemente disfrutando del calor individual a expensas del trabajo de otros.

Hemos diseñado una estructura particular a la que hemos primado de importancia, de forma que mientras mi estructura sea punta de lanza, no hay de qué preocuparse. Pero no podemos olvidar que los recursos de los que se vale esa estructura están en aras del deshecho, de la contaminación, de la explotación, etc., y no se triplican. El despilfarro diario está constituyendo el destrozo del Medio Ambiente. Estamos agotando nuestro combustible, y no va a aguantar mucho tiempo. Las pretensiones de seguir abusando de todo aquello de lo que prescindimos para el único fin de darle brillo a nuestra inútil estructura individual van a estrellarse en un plazo que nosotros mismos vamos a contemplar. Y entonces ya no habrá vuelta atrás. Y  es que un avance para mí es un retraso para la Tierra. De todas formas, "cuando hayamos cortado el último arbol, contaminado el último rio y pescado el último pez, nos daremos cuenta de que el dinero no se puede comer."

Constituimos el principal tumor de este bello organismo que es la Tierra y un mismo cuerpo dividido no puede traer nada bueno. "La explotan los que tienen. [...] El 20% de la humanidad disfruta del 80% de los recursos de la tierra, mientras que el 80% de la humanidad no tiene más que el 20% para ella." Somos egoístas por naturaleza y nuestro ombligo va siempre por delante. No hemos sabido escuchar ni a ese 80% que nos grita ni a esos bellos recursos que nos sustentan: pero no nos preocupemos. Seguiremos dirigiendo todas nuestras fuerzas hacia nuestro ombligo, y mientras que el tumor vaya creciendo, nosotros estaremos demasiado ocupados en disfrutar de un banal partido de fútbol, de un banal programa de cotilleo o de un banal cuento mitológico -cuidado, muy respetables (pero nunca lo suficiente como para dirigir toda nuestra energía a ello. Y pasa)- viendo sólo lo que nos quieren enseñar.

Total, estamos hechos para la autodestrucción. Somos primitivos por naturaleza, nos picoteamos para sobrevivir. Nuestro ser más superficial se eleva a terrenos abominables mientras que lo más profundo de nosotros mismos está arraigado a algo muy primario sin posibilidad de cambio.

"Tenéis, no el derecho a la vida, el deber de vivir. Nos han dado una vida y tenemos que vivirla [...] y dar vida a esa vida que tenemos. [...] Y, al mismo tiempo, contribuir a la educación, abrir los ojos de tanta gente a que piensen más libremente. [...] Trabajar como en federación, por grupos pequeños que se dedican a lo que les gusta (porque trabajar en lo que a uno le gusta no es trabajo, es vida). [...] Que se dediquen a lo que sea pero que lo hagan siempre pensando en orientarnos. [...] Tenemos que querer que el mundo se civilice, porque con toda su tremenda técnica, la humanidad sigue matándose los unos a los otros como hace dos mil años [...] y que podamos vivir juntos."

"Es increíble que la Naturaleza pida a gritos ayuda, pero más increíble es que nadie la escuche."

Sergio

sábado, 28 de enero de 2012

No puedes conectar los puntos hacia delante. Solo puedes conectarlos hacia atrás.

Esta ha sido una semana especialmente dura, pero gratificadora en todos los aspectos. Tengo que hacer un poquito de propaganda del grupo de teatro profesional Valquiria Teatro, formado por ex alumnos de mi Escuela, quienes estrenaban este fin de semana en Valladolid su primer proyecto, dirigido por mi profesor Carlos Martínez Abarca, El premio del bien hablar, de Lope de Vega.

Me pidieron el favor de que grabara, junto a una compañera, la obra de teatro este fin de semana, y lo hice verdaderamente encantado. Tras acercarme un par de días durante esta semana a los ensayos de la obra, no podía salir de otra forma sino alegre y maravillado por lo que veía.

Necesitaba asentar los pies y echar raíces al suelo recordando el motivo por el que estoy aquí estudiando Arte Dramático, porque pasa una cosa y es que cuando pierdes el rumbo, cuando tu objetivo se emborrona y no sabes dónde dirigirte, el camino se hace más duro y complicado. Pero vaya, que estos ensayos fueron verdaderamente esclarecedores para mí, ¡vaya que si lo fueron! Contemplar a antiguos compañeros trabajar a fondo en lo que aman para llevar a escena un gran montaje, es simplemente fantástico.

Yo he hecho teatrito desde los cinco años y hasta entrar en la carrera y, aunque parezca mentira, ese nosequé que se crea cuando estás montando una obra de teatro y, finalmente, acabas presentándola, se me había olvidado, pues llevo dos años sin sentirlo. Y, de verdad, que he sentido esta obra como mía, porque cuando veía a mis compañeros no veía sino la imagen de lo que, con un poco de suerte, quiero intentar alcanzar de aquí a un par de años.

Además de que los ensayos fueron espectaculares, pues hasta ahora no había estado en un ensayo de teatro profesional, y desde luego la diferencia con mis clases es abismal, entre otras cosas porque nos encontramos en un punto en que nuestro principal cometido es encontrar simplemente la organicidad en escena: el trabajo de escucha; de reacción; de uso del texto para conseguir; etc., siempre desde la creación de personaje. Pero lo que vi, obviamente, no solo se basaba en un trabajo técnico personal sino que estaba enfocado al resultado, a la muestra ante un público: estaba ante un proceso creativo donde vi radicar todas las competencias que estoy adquiriendo, cohesionar todos esos puntos que vamos dejando en el camino. Adjunto tres breves vídeos sobre el proceso de ensayos de danza, lucha escénica y un pase del tercer acto. Motivador, ¿eh?

Y, aunque suene exagerado, me quedo con la misma o mejor sensación con que me quedé hace un año viendo otro proyecto de ellos, Escenas Mínimas, e insisto en que si cuando termine la Escuela salgo con esas capacidades, puedo sentirme muy afortunado. No es fácil ver proyectos de tan buena calidad, en ninguno de los aspectos (o yo, al menos, no me topo con ellos).

El espectáculo fue, sin duda, impresionante. Y los actores, desde el parecer de un chico de segundo de Interpretación, geniales. Muchas gracias por habernos hecho disfrutar de vuestro trabajo.

¡Y mucha suerte!

Sergio

sábado, 14 de enero de 2012

Regálale al menos un meñique torcido al personaje.

Llegando al final con nuestro trabajo de escenas, pues poco queda para pasar a un abismal período, recapitulamos datos para nuestro trabajo en el aquí y ahora dentro de la situación imaginaria, desde el personaje.

Y tenemos ya bastantes posibilidades para la creación del mismo, el cual no puede existir en vano. Comenzando por el estudio de la realidad física de la obra, aplicándole al personaje todos los datos dados por el texto, hasta buscar otros elementos técnicos que le hagan ponerse en acción.

El pasado miércoles, por ejemplo, en mi clase de expresión corporal, realizamos un trabajo de casi dos horas de duración, sin paradas, un trabajo de imaginación a través del cual reaccionábamos a la realidad imaginaria propuesta por Socorro, la profesora. Pasamos de estar caminando por la arena de la playa (percibiendo imágenes y reaccionando a ellas) hasta que esta quemaba, produciendo obviamente un cambio físico en nosotros; a estar caminando por el césped o por el agua, con la que jugábamos; pasamos también por los cuatro elementos básicos: agua, tierra, aire y fuego, de los que poco he hablado y que constituyen un elemento técnico muy fuerte, al menos para mí, en la creación de un personaje (recuerdo el año pasado en mi asignatura de Principio Musicales y Movimiento cuando trabajé la tierra sólida, con un máximo antagonismo muscular, la barbaridad de personaje que apareció cuando me sentí como un auténtico loco desgarbado con ganas de violar a alguien. Concretos corporales como la lengua, la cual se movía lenta y peligrosamente hacían que mi mirada no fuera la de Sergio sino la de un extraño personaje creado a través únicamente de la técnica. Fue increíble); hasta llegar a estar caminando por un bosque, llegando a ver una puerta la cual abríamos para pasar a una extraña habitación en la que nos encontrábamos un objeto (en mi caso vi una puerta en forma de arco puntiagudo y blanca, pasando a dar a una habitación también blanca, algo vieja y con una ventana que seguía dando al bosque, viendo en el centro de la misma una bola de cristal muy curiosa la cual acababa dejando en una estantería); perder un tren, aumentando así el ritmo de la acción para tratar de cogerlo; ir por la calle andando buscando a una persona a la cual nunca encontramos u oliendo algo (bueno o malo) que nos hacía seguirlo con el olfato hasta que, de repente, desaparecía (es increíble notar cómo llega un momento en que hueles de verdad). Caminar mientras alguien nos llama por detrás pero nunca vemos quien o incluso dar un paseo mientras objetos más grandes o más pequeños van cayendo del cielo, teniéndolos que esquivar para no ser aplastados; etc.

Grata fue mi sorpresa cuando llegamos a trabajar en un terreno nuevo y aparentemente simple, los colores. ¿Cómo voy a darle a un personaje un color? ¿Me va a servir eso? Algo tan simple como un color puede aportarle al personaje una infinidad de características. No me fue lo mismo trabajar con el azul, por ejemplo, en que pasé a comportarme como una persona muy pura y libre que con el negro, en que me vi a mí mismo como la propia muerte tratando de llevarse un alma o el blanco, el cual me aportó la inmovilidad, pues lo relacioné inconscientemente con la nada. En el morado me vi como un misterioso mago tratando de presentar mis trucos, etc.

No podemos ser nosotros mismos en escena, entre otras cosas porque cuando lo somos las circunstancias imaginarias saltan y nos preguntan que qué narices hacemos nosotros ahí. Nos encontramos más cómodos dentro de un personaje, porque como ya dije al actor no le gusta mostrarse desnudo, sólo con máscara. Todo ser humano y hasta los personajes son capaces de mirar una simple mota de polvo que pasa por delante de sus ojos para simplemente no vender su interior, me dicen.

Y como poco me queda para entrar en ese abismal período del que hablaba anteriormente, pronto tendré que ofrecerle todo esto de lo que me voy nutriendo a un nuevo personaje, inmenso donde los haya, para ponerlo en acción. Qué ganas y qué miedo, madre.

Es que los personajes, pobres de ellos, están todo el rato en conflicto. Intentan jugar una solución para ganar pero nunca lo consiguen. Por eso nunca quieren hacer la escena. Querrían hacer su escena, pero no la ya escrita. Qué malvado es el dramaturgo... "Todo texto es una crisis de inelocuencia", por eso Shakespeare o Calderón, por ejemplo, escriben mucho pero no consiguen nada. Nunca lo harán sus personajes, no pueden. Hamlet o Fausto caminan alrededor de un círculo buscando una puerta para entrar, pero sólo consiguen llegar donde estaban. Sí, recorren el camino. ¡Pero que no! ¡No hay final!

Sergio

sábado, 31 de diciembre de 2011

Ser o no ser.

"Últimamente, no sé por qué, he perdido la alegría, he dejado todas mis actividades; y lo cierto es que me veo tan abatido que esta bella estructura que es la tierra me parece un estéril promontorio. Esta regia bóveda, el cielo, ¿veis?, este excelso firmamento, este techo majestuoso adornado con fuego de oro, todo esto me parece nada más que una asamblea de emanaciones pestilentes e inmundas. ¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Qué noble es su raciocinio! ¡Qué infinito en sus potencias! ¡Qué perfecto y admirable en forma y movimiento! ¡Cuán parecido a un ángel en sus actos y a un dios en su entendimiento! ¡La gala del mundo, el arquetipo de criaturas! Y sin embargo, ¿qué es para mí esta quintaesencia del polvo? El hombre no me agrada; no, tampoco la mujer."

El hombre no me agrada y tampoco la mujer, es cierto. Y sin embargo me invade cierta conmoción cuando veo sufrir a estas pequeñas bestias, porque están sumidas en un inmenso mar de dolor, y el nado continuo por salir de él es costoso. Pero no puedo hacer nada. O no quiero. Siento asco y repugnancia de mí mismo por ser quien soy y por sentirme también una pequeña bestia, mala donde las haya y contemplativa de este espectáculo macabro.

"¡Ah, qué innoble soy, qué mísero canalla! [...] Mas yo, vil desganado, me arrastro en la apatía como un soñador, impasible ante mi causa y sin decir palabra. [...] ¿Soy un cobarde?"

Vivir sumido en la oscuridad sin capacidad alguna para decir basta y poner punto final al desastre me vuelve más bestia. Mi lugar de descanso está entre los árboles, entre las montañas. El ruido de las ramas agitándose o el de los pájaros piando me tranquiliza, porque me recuerda que hay algo verdaderamente bello en esta gran masa gigante, algo vivo e inofensivo. Algo que sólo ve, oye y siente.

"¿Parece, señora? No: es. En mí no hay "parecer". No es mi capa negra, buena madre, ni mi constante luto riguroso, ni suspiros de un aliento entrecortado, no, ni ríos que manan de los ojos, ni expresión decaída de la cara, con todos los modos, formas y muestras de dolor, lo que puede retratarme; todo eso es "parecer", pues son gestos que se pueden simular. Lo que yo llevo dentro no se expresa; lo demás es ropaje de la pena".

Y esas ramas y esos pájaros me recuerdan que "soy" y que la máscara o capa negra sólo ocultan mi ser, no lo muestran, no lo imitan, no lo copian. No pueden. Porque si hay algo verdaderamente bello por lo que estamos en esta gran cáscara de nuez es porque tenemos la capacidad de ser y, por tanto, estar. Toda estilización más allá de ello está de más para vivir. Porque, a estas alturas, aún no hemos aprendido a vivir.

"Actúa, cerebro. He oído decir que unos culpables que asistían al teatro se han impresionado a tal extremo con el arte de la escena que al instante han confesado sus delitos. [...] Haré que estos actores reciten [...]. Observaré sus gestos, le hurgaré la herida. Al menor sobresalto ya sé qué hacer. [...] el teatro es la red que atrapará la conciencia."

Tengo un arma y voy a usarla. Si lo palpable se nos escapa puedo echar mano del reflejo. Pero pienso sustraer toda impureza del ensuciado ser de las personas, aunque tenga que permanecer yo en la cueva. Hay que ponerle voluntad a la pureza. No podemos permanecer impasibles ante el sufrimiento de nuestros semejantes. Ni ante el nuestro. Hay que salir fuera y luchar, porque sólo hay tres opciones: ser bueno o ser malo o no ser nada.

Yo soy malo.

Sergio, con Hamlet

sábado, 17 de diciembre de 2011

De cero a uno hay un infinito.

Ya hablaba hace un par de semanas con una compañera de clase que si el año pasado constituyó nuestro "renacimiento" como personas no sólo de teatro, este va a constituir el "descubrimiento" de lo que somos y no somos, de lo que tenemos y lo que nos falta. O al menos esa es mi impresión.

Y es que, visto en frío, el renacimiento constituye algo más bien cómodo, bonito y agradable, porque pasar de la nada al algo es una cosa más que reconfortante, porque si es cierto que descubres muchas cosas, la mayoría no son difíciles de asimilar, y es que entrar en el aula vacío y salir con cuatro grandes bolsas llenas de cosas no puede dejar de sorprenderte y de sacarte una sonrisa placentera. Renaciendo he tomado mi primer contacto con este mágico mundo en el que estoy metido, y he visto que todas las posibilidades de las que me nutro ya no sólo como estudiante de Arte Dramático sino como persona son inmensas y maravillosas.

Pero esta línea de acción, si no es que desaparezca, sí disminuye. Si es cierto que Miguel Ángel murió "todavía aprendiendo", también es verdad que la sensación de descubrir un nuevo mundo no es algo que nos es brindado todos los días. No puedo esperar de mi carrera (por usar un sustantivo común) una sorpresa, comodidad y alegría constantes, porque existen jornadas más o menos planas, más o menos complejas y más o menos especiales. Lo que tengo que apreciar es que cada jornada es nueva y, necesariamente, he de encontrar aunque sea un granito de oro entre millones de granitos de arena, porque lo hay. Y sólo apropiándome de ese granito y guardándolo en bolsas llegaré a juntar muchos de ellos.

La magia en mi trabajo está, y es lo que me hace sentirme especial (¡qué suerte tengo!, pienso); el esfuerzo y las ganas por conseguir alcanzar mis sueños están, y es lo que me hace sentirme más especial (¡cuánto más de suerte tengo!, pienso). Porque si hay algo en mí de lo que esté especialmente orgulloso es que mientras mi cabeza se ocupa de soñar, siempre con los pies en el suelo, mi cuerpo está en un trabajo constante por conseguirlo. Y hasta ahora he sido afortunado. Al menos en lo que más quiero en esta vida, que es lo que algunos llaman teatro.

A veces pienso que es mi único acompañante fiel, porque es el único que no habla de él, de él y de él, sino que me escucha y me nutre. Anda que si me nutre: solo con esto me es imposible no sacar una pequeñita sonrisa y una pequeñita lágrima de emoción: Alegría. ¿Alguien puede decirme que esto no es mágico? Cuando acudo a este vídeo algo dentro de mí se mueve. Cuanto amor se ve, y cuanto de recompensa al ver a la gente sonreír...

Es imposible no sentirme afortunado. Os aseguro que tengo ahí guardado, en mis sacos, imágenes tan bellas que absolutamente nadie va a poder robarme. Lo único que quiero hacer es compartirlas.

Y lo pienso hacer. Soy una persona inteligente.

Hace casi un año salía de una tutoría con una persona muy especial. Me sentí volar. Estoy seguro de que ese día pude parar el mundo, porque toda la energía del mismo se concentró en mi estómago. Vale, no os chivéis, sé que sólo fue una sensación. Pero una de las mejores que he tenido en la vida.

Este año sé que de cero a uno hay un infinito. Y que de uno a dos sólo la mitad. Gracias, Carlos.

Sergio

jueves, 8 de diciembre de 2011

La risa que nos hace comprender.

Tras haber creado junto a la ayuda de tres profesores de mi Escuela (Adrián Pradier, Rosa Sanz y Javier Jacobo) el I Seminario Permanente de Arte y Humanidades de la ESADCyL, no puedo decir otra cosa sino que estoy bastante orgulloso de haber participado en su construcción y ser uno de los coordinadores del mismo. Creo que esta opción va a constituir un complemento que servirá como apoyo a nuestras enseñanzas artísticas a parte de ayudar a crear un espacio de reflexión y debate común con ponentes más que interesantes. Haré un poco de propaganda: os dejo aquí el link.

El primer invitado al Seminario fue Sixto José Castro Rodríguez, doctor en filosofía, bachiller en teología y titulado en órgano, actual profesor de Estética y Teoría de las Artes en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Valladolid. Un hombro ejemplar, de verdad, algo impresionante. Durante la ponencia no podía estar de otra forma más que con la boca abierta de ver tanto saber en una persona. ¡Qué cosas!

Y esta primera ponencia trataba de la risa. Una risa que podemos dividir en dos tipos diferentes: la risa Duchenne, que es la que nos causa placer y genera humor, produciéndose tras haber entendido el "chiste"; y la risa No Duchenne, la cual funciona como lubricante de la interacción social, de forma que aunque no hayamos entendido ese "chiste", nos reímos para suavizar las tensiones sociales.

La comedia no es sino la cara inversa a la tragedia. Existe un puente entre ambas, de forma que aparece el llanto o la risa cuando el lenguaje no llega a expresar lo que sentimos, funcionando ambas como medios que nos permiten liberar toda tensión acumulada (tensión no gratuita, pues reprimirla ya nos genera un gasto de energía). Y esta represión va en aumento gradual conforme crecemos, pues la edad nos aporta mayor conciencia del mundo en que vivimos, de forma que nos vemos obligados a guardar todo comportamiento o actitud que la sociedad considera que está fuera de lugar, que es inútil, ridícula o un largo etcétera. Es así como, una vez más, podemos darnos cuenta de que nuestras más básicas vías de escape son elementos que nada tienen que ver con nuestro control mental, sino que son impulsos que la mayoría de las veces (cuando es risa Duchenne) nos son involuntarios, siendo solo controlados cuando influye el intelecto, el bloqueo o restricción de nuestro yo más básico (risa No Duchenne).

En fin, es así como la sociedad funciona como opresora de las propias reacciones a veces vitales del ser humano. En la risa hay sin duda un elemento cultural que nos estipula de qué podemos reírnos, donde, cuándo y cómo.

Y no somos libres de nuestra risa, la cual viene a veces cuando no queremos o se escapa cuando queremos que esté. Cuando se produce una risa de acogida, tratamos de reírnos forzadamente para no ser excluidos de un grupo que, al contrario que yo, ha sabido descodificar ese elemento cómico. Y digo yo, ¿cuánto hay en el teatro de risa Duchenne y cuanto de risa No Duchenne? Porque una reacción de risa forzada a un acto escénico puede ser la muerte de la realidad imaginaria, de forma que el espectador se siente constreñido por ese grupo social, ahora "superior" a él, y pasa a centrar su atención no en la escena sino en él mismo como "inferior o ridículo" y en el resto del grupo como "superior". Aunque por otro lado, este punto de vista propio tan lejano puede favorecer, si es el cometido del director o dramaturgo, el conseguir que el espectador se mire al espejo como un "otro" en la sociedad, incluso inferior a ella.

Ahora bien, ¿por qué nos reímos? ¿Por superioridad a lo que vemos, según Hobbes? ¿Por identificación? ¿Por la contemplación de hechos incongruentes, según Schopenhauer? ¿Por la represión de comportamientos vitales, según Bergson? ¿Por la contemplación de pequeñas tragedias a las que somos ajenos? ¿Por hechos con finalidad sin fin, tal y como habla Kant de la belleza?

En definitiva, como dijo Sixto, si algo podemos tomar de la risa es que gracias a ella el mundo es menos frío, nos permite vivir no de forma indiferente sino disfrutando de su acompañamiento, pudiendo instalarnos en él con más seguridad. Y es que "nadie debería tomarse la vida tan en serio como para olvidar reírse de sí mismo", nos dice R.S. Sharma.

Porque la risa nos ayuda a retroceder a nuestro estado infantil. Y eso es genial.

Sergio

jueves, 17 de noviembre de 2011

La música es la armonía del cielo y de la tierra. En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro.

Gracias a mi profesora de arte, Charo Charro, estoy descubriendo que hay otras muchas formas de crear un personaje además de las corrientes técnicas interpretativas que ya conocemos. Y no hablo de una técnica ni nada por el estilo, simplemente de un medio a través del cual ampliar la capacidad imaginativa del actor: la pintura, la escultura y la arquitectura. Porque muchos artistas nos han ido contando a lo largo de los siglos cómo ha sido la sociedad de entonces, los intereses, los principales móviles, preocupaciones, ideales... Y todo a través de la expresión. Principalmente humana, además. ¿Por qué no apoyarnos, entonces, en estos grandes trampolines tan obvios y accesibles?

Cuando asistí hace poco a una exposición de Alonso Berruguete, escultor manierista, me di cuenta de que la madera o el lienzo trasciende del puro objeto. Y es que cuando me plantaba delante de esas grandes figuras mi cuerpo no podía mantenerse estático, porque esas miradas y esos cuerpos querían decirme algo. Y he soñado con esos trozos de madera cuando he leído tragedias y comedias. Todos los personajes que conozco están por ahí, estáticos, esperando a ser contemplados. Estoy seguro de que es un gran recurso para el actor.

Pero el gran tema a introducir hoy es la música, porque si las artes plásticas nos pueden ayudar a la creación de un personaje, no tengo palabras para explicar lo que nos puede aportar la música. Y aquí me gustaría hacer un pequeño inciso para nombrar a una gran profesora y persona, quien me ha abierto las puertas al mundo de la música. Hablo de Cristina Redrado, a quien tengo mucho que agradecer.

Gracias a ella no sólo he abierto mis oídos sino que también lo han hecho cada uno de los poros de mi piel, y es que cada vez que escucho a Palestrina, Haendel, Bach, Mozart, Stravinski y otros muchos, mis pelos se convierten en lanzas de acero. Me arriesgaría a decir, y lo hago rotundamente, que la música es quizá el arte más bello, puro y trascendental que hay. Cuando escucho una buena obra musical mi cuerpo se estremece, mi cabeza vuela y mi alma asciende a algún sitio imposible de escribir. No es capricho, es necesidad, es alimento.

¿Y no es precisamente lo que intentamos los actores? Dejar el cuerpo y la mente libre y, en fin, trascender del puro texto. Disfrutar.

Pero es que, además, una obra musical (como cualquier otra) no es percibida como si de un hecho objetivo se tratara. De hecho, es quizá la obra de arte más subjetiva con la que me haya podido encontrar, al menos desde mi punto de vista. Y las ideas, sensaciones, imágenes e impulsos que recibo, de una fuerza diría incluso que peligrosa, no puedo dejar de relacionarlas, para variar, con mi especialidad: el teatro, la interpretación. Porque una obra musical nos puede ayudar a desvincularnos de nuestro propio "yo" para poder pasar a ser pura masa en movimiento, receptiva e impulsiva, para poder crear a través de un estado de neutralidad y a través de imágenes subjetivas un personaje cualquiera. Estoy convencido de que a cada personaje le late interiormente una obra musical, o dos, o tres que le caracterizan y a través de la cual podemos recoger cosas interesantes para, después, dar el impulso a la creación del personaje.

Aunque es un mal ejemplo, pues podría decir que es para mí, de entre las obras que conozco, la obra que más directamente apele a nuestros instintos más básicos, nuestros instintos animales, La consagración de la primavera de Stravinski es una obra que me hace dar uno o varios pasos más allá, no sé adónde, pero bastante más allá. Cuando la escucho, yo dejo de ser "yo", paso a ser una simple masa móvil, receptiva y reactiva a un claro estímulo exterior: la música, que saca de mí el lado más agresivo y peligroso de mi alma. La superposición actor-personaje está al límite, de verdad, porque el personaje trata de tirar por el barranco lo poquito que queda del actor.

Así me he sentido hoy mismo cuando ¡ay!, inevitablemente he llegado a escuchar semejante maestría. Y como actor disfrutaba, porque no he encontrado nada más placentero en el mundo que sentir eso que algunos llaman interpretar. Pero, de verdad, da miedo. Y no quiero, al menos lo intento, aparentar más allá de lo que es, pues no tendría sentido. Pero yo lo percibo así, y es fantástico.

Qué genialidad y qué riesgo.

Dicen que quien no arriesga no gana. Entonces, yo voto por arriesgar.

Sergio

jueves, 3 de noviembre de 2011

Fail better.

El siglo XX ha sido, para mí, el gran bache en el arte. Y digo bache porque es en ese huequecito donde han surgido infinidad de posibilidades artísticas. Con el antes podíamos generalizar unas características que más o menos unificaban un período en una sola teoría, pero con el ahora es difícil conseguir un marco en que acoger todo lo que nos rodea. Y esto tiene muchas connotaciones positivas (aunque también negativas).

Los artistas experimentan por nuevos medios y con nuevos objetivos, generándose así diversas formas de transmitir al espectador, esencia base para cualquier arte. Y es aquí cuando surgen opiniones, desde mi punto de vista erróneas, a cerca de lo que este nuevo arte plantea: "Esto yo también lo sé hacer"; "Esto es muy aburrido"; "No entiendo nada"; "Gran tomadura de pelo"; etc.

Lejos de querer entrar ahora mismo en el debate de qué es y qué no es arte, sí aclararé, antes de entrar en el tema que hoy me ocupa, un par de cosas: Nos disgusta y nos aburre lo que no entendemos. Esto es así porque la sensación de que las cosas se nos escapan no nos gusta. El ser humano, se da por hecho, ha de estar por encima de la gran obra. Y si la obra me pisotea, es una mierda. Para esto, amigos, recomiendo que se informen sobre lo que ven, porque medios hay; por otro lado, ¿saben ustedes pintar un punto rojo en medio de un lienzo vacío? Perfecto, no lo dudo, háganlo. ¿Por qué no lo han hecho antes? Recuerden, excelentísimos, que a alguien se le ocurrió hacerlo antes. Y esa persona no lo hizo porque sí. ¿Que por qué lo hizo? No sé, infórmense.

Me valgo de esto para introducir a Samuel Beckett con su teatro del absurdo, siglo XX. He tenido hoy una gran clase de inglés en la que hemos estado hablando sobre este gran personaje y no he podido resistirme a escribir lo que Diana nos ha contado.

El teatro del absurdo es absurdo, sí. Pero, ¿acaso no lo somos nosotros diariamente? Fíjense en lo que piensa Ionesco cuando dice que "si es absolutamente necesario que el arte o el teatro sirvan para algo, será para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya". El teatro del absurdo no apele el intelecto sino que hace referencia a algo mucho más instintivo del ser humano, que es el sentimiento. Beckett da importancia a la forma respecto al mensaje. Hay mucho mensaje escrito ya, ¿no? Pero, ¿cómo está escrito?

El teatro del absurdo busca un lenguaje novedoso hasta la época pero no exento a nuestro ser. Es algo tan arraigado a nosotros como cualquier otro tipo de comportamiento. Y es así como Beckett nos dice en Esperando a Godot que la ridiculez humana roza los límites de lo inimaginable. ¿Por qué Vladimir y Estragón  en Esperando a Godot no hacen sino esperar a un personaje que nunca llega? Sinceramente, no lo sé. Pero sí sé que nosotros estamos viviendo esperando nada.  Y que mientras esperamos, como Vladimir y Estragón, nos comportamos lo más absurdamente posible. Cuando se decidió interpretar esta obra en lenguaje de clown en una prisión, los presos acabaron llorando. Porque estos están esperando algo que aparentemente nunca llega, su libertad. Y nosotros, aunque nos movamos en un círculo más amplio, no dejamos de ser unos presos que pasan el tiempo mientras esperan nada. ¿No es acaso una rutina lo que vivimos, como les pasa a los personajes de esta obra? Viva aquí o allá, siempre duermo, me despierto, me visto y miro el sol, las nubes, los coches... Lo único que nos salva es la forma en que lo hagamos.

El absurdo, en definitiva, no explora sino la esencia humana. Porque somos un cúmulo de energía puesto aquí o allá. Esto mejor os lo explica Blaise Pascal: " Cuando considero la corta duración de mi vida, absorbida en la eternidad precedente y siguiente, el pequeño espacio que ocupo e incluso que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no allí, porque no existe ninguna razón de estar aquí y no allí, ahora y no en otro tiempo. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y voluntad de quién este lugar y este tiempo han sido destinados a mí?". ¿No os produce angustia, desazón y malestar escuchar esto? ¿No es acaso lo que sienten esos personajillos de Beckett?

Sin embargo nos cuesta identificarnos con ellos, creamos una resistencia empática con los personajes que nos convierte en espectadores mortales,  estando aparentemente muy alejados a estos. Alejados porque, al contrario que ellos, nosotros somos lógicos, conscientes, importantes... Reales. Pero sólo aparentemente...

Esto hacen los personajes de Beckett y esto hacemos nosotros. El dramaturgo solo nos lo recuerda:

"Even tried. Even failed.
No matter. Try again.
Fail again. Fail better".

Sergio

domingo, 30 de octubre de 2011

El cuerpo poético.

Obsesionado estoy con el cuerpo y la máscara. Y más aumenta mi obsesión mientras leo la obra que da título a mi actualización, de Jacques Lecoq, gran pedagogo francés que desarrolló su teoría a lo largo del siglo XX, dándole especial importancia al lenguaje corporal a través de la máscara teatral.

Hace dos semanas, en un estado de embriaguez mental lo vi, lo sentí. Sentí que en la máscara subyace algo más trascendental que la forma en sí, una esencia mágica que estremece a quien la contempla. La máscara se une al cuerpo y ambos forman ahora un todo extremadamente estilizado, mágico, fantástico. Ese objeto constriñe tu yo y lo transforma, casi de inmediato, en un ser diferente. Es algo impresionante.

Estuve buscando información sobre teoría de la máscara teatral o algo similar, pero no encontré nada. Creo que esto ocasiona una forma de teatro más mágica, menos ordinaria, menos común y unos personajes alegres a la vez que tristes, quienes buscan identificarse en el espectador por medio del contacto mutuo, sin barreras absurdas. ¡Miren cómo soy! ¿Os reconocéis vosotros?

Es la forma más fácil de transformarse, pues la máscara tiene un poder tan fuerte que te arrastra involuntariamente. Lecoq utiliza al comienzo de su pedagogía lo que él denominó "máscara neutra", una máscara pre-expresiva, tranquila, calmada, equilibrada. Sólo para, a través de conocer el colchón donde descansa toda expresión, poder saltar a conocer las máscaras expresivas. Sólo existe el movimiento con el no-movimiento y el sonido con el silencio. El contraste, amigos.

De ahí que me atraiga tanto la Commedia dell´arte.

Lecoq propone diversos juegos para profundizar en el comportamiento de la máscara neutra, y entre ellos destaca el uso de los cuatro elementos (agua, fuego, tierra y aire), a los que también tengo acceso en mis amadas clases. Y, como la máscara, son elementos que te arrastran instintivamente, casi involuntariamente si consigues liberar la mente y dejarte reaccionar a esos impulsos tan primitivos como lo son el agua, el fuego, la tierra y el aire. Y Lecoq dice:

- "La tierra es a la vez lo que se puede modelar, amasar, pero también el árbol, que para mí es el mayor elemento simbólico de la tierra, puesto que está enraizado en ella. Para un actor es de lo más importante trabajar el árbol. Debe poder estar plantado en el suelo de verdad, con el cuerpo en equilibrio". Sentir cómo la energía fluye desde las raíces, ancladas al suelo, a través de la savia y notar cómo esa energía prestada ha de ser devuelta en el mismo proceso, ahora inverso, es acercarse a comprender lo que nos sustenta. Suerte tengo de poder trabajar el árbol en mis clases de Expresión Corporal.

- "Intentamos acercarnos a las diferentes dinámicas del agua bajo todas sus formas, desde las más tranquilas a las más violentas".

- "Podría decirse que el viento furioso es el símbolo de la cólera pura, de la cólera sin objeto, sin pretexto. Los grandes escritores de la tempestad [...] han amado este matiz: la tempestad imprevisible, la tragedia física sin causa. [...] Viviendo íntimamente las imágenes del huracán se aprende lo que es la voluntad furiosa y vana. El viento, en su exceso, es la cólera que está en todos lados y en ninguna parte, que nace y renace de sí misma, que gira y se revuelve. El viento amenaza y ulula, pero sólo toma forma cuando se encuentra con el polvo: visible, se convierte en una triste miseria", esta vez de Gaston Bachelard en El aire y los sueños.

- "Y por último, el fuego es el fuego: el más exigente de todos los elementos porque no es más que él mismo".

Imágenes, imágenes, imágenes...

Qué bonito el cuerpo, la mente y el objeto, sólo cuando este último se sabe utilizar, porque nos ayuda a transformarnos.

Me despido recomendándoos esta cosa tan preciosa y a la vez extravagante del director de escena Robert Wilson (o Bob Wilson), a quien accedí gracias a mi absorbente profesora de inglés, Diana Luque.

Sergio

martes, 18 de octubre de 2011

Alguien tiene que morir para que los demás sepamos apreciar la vida.

Es el contraste. Los opuestos.

He de reconocer que nunca me ha gustado especialmente leer teatro. Decir lo contrario sería mentir. He preferido siempre leer una novela o algo similar. Pero mentiría ahora si dijera que esos personajes escritos en papelillos me tienen frío. Que me aburren o que me tienen indiferente. Y sé que la novela también tiene personajes, pero la posibilidad que me brinda el teatro de poder ser el personaje es algo muy, muy especial.

Hoy, en clase de Interpretación, hemos estado estudiando las escenas que vamos a trabajar posteriormente. A mí me ha tocado, no por azar, Descalzos por el parque con Paul. Pero más allá de estudiar técnicamente la escena, hemos profundizado humanamente en el fondo de los personajes. Dios mío, "el hombre es un abismo y me da vértigo mirar dentro". Y los personajes no son sino hombres literarios.

Me constriño y me revuelvo cuando trato de conocer a esas sombras literarias. Me da miedo. Miedo porque los personajes, como nosotros, son máscaras dentro de otra, que es la que se pone el actor. Y también mienten, actúan e incluso desconocen sus verdaderos deseos.

El problema es que el espectador sólo ve un 10% de la vida que hay en escena. Igual que nosotros, ingenuos, que muchas veces sólo vemos la fachada de quien nos habla. Pero el personaje no solo es fachada. Tiene un subtexto, un inconsciente, un pensamiento que no cuenta pero que le altera y acciona. A veces pienso que es más real que el actor.

¿Alguien desea la muerte como quien desea un zumo de naranja? Desear la muerte es una apuesta muy elevada, una apuesta al límite. La cabeza, el corazón, el alma de quien desea la muerte han de estar marchitos, confusos, a punto de explotar. Y a los personajes también les pasa. Un personaje es exteriormente otro más, pero por dentro la bomba cuenta marcha atrás.

Paul, mi personaje, es víctima de una relación amor-odio. Porque el amor, sin él saberlo (¿cuántos somos inconscientes cuando estamos enamorados de ello?), está siempre de la mano del odio, y viceversa. Va a separarse de la persona a la que más ama por odio, pero por amor. "Te odio porque amándote no haces lo que yo quiero". Pero sólo se dará cuenta, como hacemos los de carne y hueso, cuando lo pierda.

Siempre nos fijamos en lo que nos falta cuando ya no está. Es el contraste.

Todos gritamos, aunque el contraste nos obligue a aparentar que todo va bien. O que no va tan mal. Y ellos también lo hacen.

Siento que estoy a medio camino entre un mundo de ficción y un mundo real. Los personajes son aparentemente tinta, pero lo que les pasa lo he visto dibujado también en la vida, y creo que nos podemos acercar más al ser humano entendiendo a esas figuras de papel.

Para entonces, me habré vuelto loco.

Sergio

lunes, 10 de octubre de 2011

La máscara es el tejido que nos cubre el alma.

Es curioso que la palabra "persona" venga del latín "persōna", que significa máscara.

Si seguimos esto al pie de la letra, algo que no sería tan descabellado, hablaríamos de persona como máscara o personaje, no de persona como neutralidad y claridad.

Ya cité, al comienzo de mi blog, unas frases de Declan Donellan, quien asegura que el niño se comporta por imitación, por mímesis de lo que ve. De no ser así, el bebé no tendría nada a lo que agarrarse, por lo que no sería. Todos nos agarramos a algo a través de lo que empujarnos. ¿De dónde se agarra sino el artista para crear? Se crea a través de lo que se ve, por mímesis, imitación, que no copia.

Siguiendo con el interesantísimo tema de la "persona", ¿quién es esta sino una mezcla infinita de cosas y cosas que ha visto y vivido? Muchos actores tienen en boca "me es muy difícil o incluso imposible hacer un personaje nervioso y extrovertido porque yo soy muy calmado y tímido". Pero a mí me gusta pensar, y creo que estoy en lo cierto, que todos tenemos todo. En mayor o menor medida, más escondido o más visible, más arraigado o más desprendido de nosotros, pero ahí está. Sólo hay que saber buscarlo para, posteriormente, usarlo. ¿No tiene acaso la persona más encantadora del mundo momentos desagradables? ¿O el más fuerte momentos de debilidad? ¿O el asustadizo de valentía?

Y si estoy en lo cierto, me regocijo apoyándome en la definición que da el latín a la palabra "persona", pues me afirma que esta no es sino pura máscara, nada de claridad. ¿No os habéis sentido diferentes en según qué situaciones? ¿No os habéis asustado cuando vuestro cuerpo ha reaccionado de forma inesperada delante de una persona en concreto? ¿Acaso hay alguien que no se haya sentido ridículo delante de la persona a quien quiere? ¿No nos hemos hecho nunca los valientes? ¿O los interesantes? ¿O los ingenuos?

Cambiamos de máscara, inconscientemente y a veces involuntariamente según nuestra mente o cuerpo lo requiere. Y lo hacemos básicamente para sobrevivir. No existe la falsedad, porque todos cambiamos de máscara minuto a minuto. Y el bebé hará lo mismo, porque está aprendiendo a sobrevivir en un mundo donde las personas son simples máscaras móviles.

¿Qué pasa entonces cuando hablamos de un "estado de claridad"? Ése sí es el estado, para mí, más difícil que puede alcanzar cualquier persona o, permítanme, cualquier máscara. Y el artista tiene las puertas abiertas a ello. Porque una persona, para interpretar a un personaje, tiene que quitarse antes las mil y una máscaras que tiene encima, desecharlas por un rato, y quedarse -ahora sí- claro, desnudo, transparente y sincero. Sólo para, a continuación, vestirse de nuevo y ponerse otra máscara diferente.

Hace poco me preguntaron que qué era para mí arte. En fin, la pregunta es tan amplia y tan interesante que podría pegarme horas hablando de ello. Pero hasta ahora, creo que una buena definición sería decir que el arte es el medio que tiene cualquier persona para quitarse la máscara y presentarse tal y como es (¿?), como el agua cristalina de un río. Siendo y no pareciendo.

Os preguntaréis que qué dificultad tiene entonces ser actor, ¿no se supone que toda persona tiene la capacidad de cambiar de máscara?

La verdad es que ser actor no es más que mimetizar lo que pasa diariamente. Con medios más o menos estilizados (pues sino no sería arte), pero mimetizando. Pero es que subirse a escena e imitar es difícil, pues al contrario que en la vida, que como ya he dicho esto se da de forma inconsciente y hasta involuntariamente, en escena hay que hacerlo consciente y voluntariamente. Y eso es muy, muy difícil. Porque entran en juego muchos tipos de resistencia, bloqueos y demás...

Y porque desnudarse no es fácil. Ni cómodo. No nos gusta mostrarnos tal y como somos. Cosa del ser humano, supongo...

¿De tanto tenemos que avergonzarnos?

Sergio

viernes, 30 de septiembre de 2011

El despilafarro de la administración en relación al arte tenía un año de caducidad, y ha durado mucho.

O eso comentaba Albert Boadella, director de Els Joglars, hace un mes. Y aunque estoy lejos de conocer el estado de la administración teatral, estoy muy de acuerdo con las cosas que cuenta en una entrevista a la que llegué por casualidad.

"Un trozo de seda. Eso es el teatro. No las grandes piscinas y bosques de abedules. El concepto exhibicionista y ricachón es nocivo para el propio arte y enormemente caro". Lo siento pero el oro y el diamante no están a mi alcance. Yo voy al teatro para divertirme, supongo, o para que los pelos de mis brazos atraviesen la manga de la camiseta de emocionados que están. No para ver una construcción escenográfica digna de ser plasmada en la realidad. Para eso me voy al banco del parque a ver árboles, árboles de verdad. No un trozo de cartón. Que se jodan los actores y creen, digo. ¿No? (Guárdenme, señores actores, el secreto de que nos gusta crear). Pero que no nos den todo hecho y masticado. Es que al final, de verdad, voy a acabar hundido en la butaca, ahí, entre los algodones, de tanto dejar que me hagan.

Para ello, Boadella propone "cambiar las recetas", empezando por "atraer al público. Y para eso se necesita ingenio, no solo decir cosas importantes". Ingenio para entender al público, que no es fácil. Ingenio para gritarles que tenemos algo importante que contar, pero que será de forma bonita, sin mucho dolor.

Luego ya podemos mentirles y enseñarles otra cosa, aunque no sea la acordada. Como hacen las grandes, amables y empáticas empresas de publicidad. Pero claro, en el teatro eso no pasa, que la gente ya no vuelve. Se agradece a los que nos destrozan y se da la espalda a quienes nos ayudan. Son los contrarios, ¿no?

"La primera cortina tiene que ser comprensible y entretenida para todo el mundo, porque un lenguaje muy críptico puede provocar el rechazo". Conectiva, diría yo. La cortina. Que haya una conexión fluida entre actor y espectador. Porque se entiende y se aprecia más el contacto físico y claro que lo críptico y oscuro. Claridad. Y a través de ahí, tirar de la cuerda y acercar al público, a ver si viendo de cerca lo que se les quiere decir, les da más nosequé y se lo llevan a casa. No en el bolsillo, en la cabeza.

Sí, porque si hablamos de una cortina comprensible volvemos a lo mismo. Váyase al parque a disfrutar de lo verdadero y no vaya al teatro. Para ver lo mismo que veo por la calle no voy al teatro. Voy para ver lo que no puedo ver cualquier otro día.

El teatro es un arte imaginativo. Para el actor y para el espectador. Y para imaginar no es necesario el detalle. Con un garabato es suficiente.

Recuerden que "el arte deja de serlo en el momento que abandona la poesía de lo inducido, de la sugerencia".

Así lo entiendo yo, vaya.

Sergio

martes, 20 de septiembre de 2011

Estar en pausa me cansa.

Me agota las ideas. Me desgasta. Me consume.

Desde hace ya algún tiempo siento lo que Rilke nos cuenta en Cartas a un joven poeta (libro imprescindible para cualquier artista) cuando dice en su primera carta, escrita el 17 de febrero de 1903: "Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: ¿Debo yo escribir? Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Sí debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde".

Necesito un algo, mis clases de Interpretación, por ejemplo, porque eso es mi cama elástica. Sin cama elástica salto pero me caigo y, como ya he dicho, me quedo sin ideas. Mis ganas de actuar, interpretar o como narices se diga empiezan ya a controlarme salvajemente. Pero las ganas de escribir se apagan. Por eso, por lo de la cama elástica.

Quiero ya empezar de nuevo, a ver cómo es la alfombra de este nuevo año. Sentirla y escribirla. Salir a escena y sentir es genial. Y tres meses sin sentir esa cosa rara que se siente son muchos meses.

Ay, qué raro me siento aquí en Zaragoza, aburrido, con mucho que hacer pero sin grandes ganas de hacerlo (sí, sí, por lo de la cama). ¡Quiero empezar otra vez! ¡Qué ansia! Os digo yo, peor que las drogas...

En fin, seguiré a Rilke cuando dice que "la paciencia lo es todo". Y me alimentaré mientras tanto de recuerdos e imágenes, como estas: Fringe Festival, en Edinburgh. Echadle un vistazo, no tiene pérdida.

Sergio

miércoles, 31 de agosto de 2011

La belleza exterior no es más que el encanto de un instante.

Leyendo Estética. Historia y Fundamentos de Beardsley y Hospers, no hago sino encontrar grandes y profundos hoyos que merecen un largo tiempo de reflexión.

Hablando sobre la belleza, lo sublime y los problemas del gusto, encuentro cosas más que interesantes que no se pueden pasar por alto. Lo que encuentro es que todo ello desemboca en "la mente libre". Es muy interesante, de verdad.

Hace tiempo que pienso en ello de una forma bastante obsesiva. Tras interesarme por la definición que daba Rudolf Steiner sobre la libertad ("ser libre es ser capaz de pensar los propios pensamientos"), me di cuenta gracias a mi profesor de Historia de que es imposible conseguir un estado de libertad mental pensando tus propios pensamientos,  pues ello no deja de ser otro pensamiento.

Si tuviéramos que hablar de una libertad mental seguramente hablaríamos de una mente "voladora". Pensaba en el autobús: dando por verdadero que el ser humano pende de hilos invisibles que vienen del cielo, la aproximación  más directa sería decir que estos no hacen sino anclarse en la cabeza, en la mente, quien impide el paso de los hilos a anclarse en una zona más vital y profunda del ser humano, el alma. Así, la mente funcionaría como una especie de barrera que separaría la vía vital entre el alma y el cielo, siendo así la mente la única controladora del cuerpo. Sin embargo, es el momento en que conseguimos un estado de libertad mental, de abertura, cuando la mente precisamente deja paso a esos hilos, los cuales tratan de, si no anclarse, sí rozar el alma. Y es en ese momento cuando la mente se hace libre y "vuela", cuando los hilos imaginarios pasan a controlar el alma. Y digo controlar, pero no es la palabra más acertada, pues en el momento en que la mente se hace libre, el cuerpo pasa a ser un cúmulo de masa receptivo e impulsivo, no controlado.

Quizá sea ese, para mí, el estado más puro, transparente y vulnerable del ser humano.

Cuando alcanzamos un estado de sublimidad contemplando un objeto bello, el ser humano está de alguna forma abriéndose, volando, contemplando desinteresadamente (de esto ya he hablado) el objeto, sin más. Prueba de ello es que, como dice la palabra, careces de intereses, de pensamiento. Solo contemplas.

Y me atrevería a decir, aún a riesgo de equivocarme, que el actor ha de tratar de conseguir ese estado de libertad mental, porque es entonces cuando solo queda el cuerpo y el objeto. O, lo que es lo mismo, el personaje activo a reaccionar a los "objetos" exteriores. La única diferencia es que la mente "deja de funcionar" y evitamos así cualquier tipo de bloqueo.

Pero, ¿cómo conseguir un estado de libertad mental? Es difícil. Grotowsky, por ejemplo, propone una liberación de la mente a través del trabajo físico. Es duro, pero sirve. No obstante, la escucha es otra forma de reacción a estímulos externos, pues al centrar tu atención (que no concentración) en el exterior, si no es que abras tu mente, si la desvinculas del cuerpo.

No obstante, y volviendo al libro comentado al principio, se me ha caído el mito de la liberación de la mente. Leyendo a los filósofos ingleses de la segunda parte del XVIII me encontré con Archibald Alison, quien defiende que el placer del gusto se debe a la asociación: "La púrpura, por ejemplo, ha adquirido cierto carácter de dignidad por su accidental vinculación con el atuendo de los reyes". Algo más que interesante cuando, tras haber estado estudiando el Arte del siglo XX, me doy cuenta de que precisamente lo que este trata de hacer es eliminar cualquier asociación que pueda hacer el espectador (es decir, este arte afirma la existencia de asociaciones), haciéndolo a través del distanciamiento y consiguiendo así que el espectador no disfrute de sí mismo (la asociación se da dentro de la mente, de forma personal, interior y onanista) sino que disfrute del espectáculo en sí, sin introducirse en sí mismo (el espectador centra la atención fuera y no dentro).

Y diréis, ¿por qué es incompatible la asociación y la mente libre? Pues miren, desde mi más profunda humildad -porque no tengo conocimientos sólidos de estética, más bien están líquidos. O gaseosos-, creo que si la asociación viene dada por la mente, y de eso no me cabe gran duda, ésta ya no está volando, ni está libre. Está de por medio.

Entonces, ¿cuál es el estado puro de contemplación de la belleza? ¿Por qué algo nos gusta o no nos gusta?

Quizá esté mezclando dos cosas diferentes. Porque por un lado tenemos ese estado puro de contemplación, cuando algo sublime se nos viene encima, nos quedamos sin aliento, sin habla, sin ¡pensamientos! y solo contemplamos desinteresadamente (¿no, Kant?); y por otro lado tenemos el estado crítico que se encuentra justo un segundo después de que finalice el estado de contemplación. Es ese momento en que la mente vuelve a cerrarse, corta los hilos y vuelve a controlar al cuerpo. Y así nos volvemos malos y, finalmente, decidimos lo que nos gusta y lo que no. En este caso, mente libre y asociación (por ese orden) son compatibles.

Un proceso más que válido para mí, aunque fastidioso. Y es que si lo tuviéramos que delimitar temporalmente, nos daríamos cuenta de que del 100% del tiempo, solo el 1% corresponde a la contemplación libre y, por tanto, desinteresada.

¡Ay!

Sergio

jueves, 18 de agosto de 2011

Morir, dormir: dormir, tal vez soñar.

Sí, eso es. Estoy soñando. Pero es un sueño muy bonito. Creo, además, que se ha hecho realidad. A veces, los sueños se hacen realidad, estoy convencido. Mi sueño se llama Edimburgo.

Ahí estoy yo, entre preciosas y preciosas calles. Un poco tristes, que llueve mucho. Pero son preciosas. Y la gente, ¡ay la gente! Luego hablaré de la gente.

Hablar principalmente del Edinburgh Festival Fringe. Un festival que arrasa en la ciudad durante agosto. Un festival ejemplar, único, mágico, emocionante, encantador... Un festival para las artes: para el teatro, la música y la danza.

Caminar por las calles de esta magnífica ciudad y encontrarte con tumultos de gente feliz y emocionada, con los ojos bien abiertos alrededor de un pequeño o gran artista que trata de disfrutar haciendo lo que sabe hacer, jugar con el público. Pequeñas performance para divertir o para promocionar otro espectáculo mayor invaden las principales calles de Edimburgo. Y tengo la cartera llena. De propaganda, digo. Pero es genial. Baratísimo, además.

Tras el impacto callejero fui a ver Calígula, de Albert Camus. Menudo espectáculo. Con lo mínimo, hicieron una maravilla -y eso que me costaba entender, que era inglés-. ¡Pero qué actores!, poco más mayores que yo, por cierto. ¡Qué maravilla! Los pelos de punta.

No conforme con eso, entre actores y actores en la Royal Mile, la principal calle de Edimburgo, me topo con un mimo haciendo uno de estos espectáculos de propaganda. Lo único que hacía era no moverse hasta que alguien le cogía el papel de propaganda que tenía en la mano. Entonces se incorporaba como si de un robot se tratara, con movimientos súbitos, cogía otro folleto del montón que tenía en la mano contraria y volvía a su postura inicial. No pude parar de mirarlo durante más de media hora, lo aseguro. También aseguro que en esa media hora, el mimo -de unos 20 años- no parpadeó ni una sola vez. ¿Cómo es posible?

Da igual la técnica. Lo único que sé es que aprendí mucho de ese chico. No solo estaba quieto mirando a un punto fijo sin parpadear sino que, desde ahí, sabía jugar con el público y sabía qué es lo que quería el público. Sabía quién iba a cogerle un folleto y sabía qué quería ese alguien. Contactaba y jugaba, desde su mínima movilidad, con esos seres de dos patas. Era fantástico. Y cómo incorporaba a su personaje sus dificultades del momento. De verdad, insólito. Pero encantador. No estaba consigo, sino con los demás.

¿Y qué pasa con el espectador? Estoy apasionado, de verdad. Aquí, la gente camina con cuidado, está con los demás, agradece cualquier favor, aunque ni lo sea. Y eso, claro, lo transmiten al espectáculo. El espectador aquí no es parte del espectáculo. Es el espectáculo. Están dentro, con el actor o actriz, jugando con él, riéndose con él, llorando con él. En cada espectáculo que veo no pasa más de un minuto sin escuchar gritar al público junto al actor. Es un círculo fascinante, en serio. Les gusta jugar y juegan. Claro, que el que está en medio lo agradece con creces y no hace sino devolverlo multiplicado.

¿Sabéis cuanto me está emocionando ver a la gente sonreír y disfrutar activamente de cada espectáculo?

¿Sabéis cuanto me está emocionando estar dentro de un ambiente tan alegre y familiar?

Sí, sí. A veces, los sueños se hacen realidad, estoy convencido.

Sergio

domingo, 31 de julio de 2011

El conflicto que hay entre la materia y el espíritu.

No conozco mucho su biografía. No sé cómo escribe ni cómo piensa. Solo sé que defiende cosas que no comparto. Pero hoy me he topado con un artículo de él en XLSemanal más que interesante. Hablo de Juan Manuel de Prada.

Un artículo preocupante, por cierto. Pero más que verdadero, algo que afirmo con mayor insistencia tras haber leído La ciencia y la vida de Valentín Fuster y José Luis Sampedro, dos personalidades más que envidiables (por cierto, recomiendo encarecidamente a todo Ser gustoso de leer Arte y Vida que se lea este gran ejemplar. No como escrito, sino como ejemplo y/o modelo, digo).

El artículo habla sobre la enorme y preocupante expansión de las telecomunicaciones y, por rebote, de la enorme y preocupante expansión de lo automático: "esa expansión de las telecomunicaciones ha discurrido paralela a una reducción o encogimiento de las posibilidades de comunicación estrictamente humanas, según esa ley infalible de la biología que nos enseña que, a medida que aumenta lo automático, decrece lo auténticamente vivo".

¡Eh! A medida que aumenta lo automático, decrece lo auténticamente vivo.

¿No es preocupante leer e incluso notar que nos estamos dejando caer en una alienación difícilmente tratable? Me noto en una cuesta muy empinada en la que es muy difícil escalar para salvarse de caer a la Nada.

Ya no nos movemos. Estamos perdiendo una facultad natural primaria propia de cualquier ser, que es la comunicación. Estamos sustituyendo a nuestros allegados más queridos por máquinas automáticas. Los niños ya no juegan, ni corren, ni saltan, se dice en La ciencia y la vida. Comemos con la televisión encendida para evitar intercambiar palabras incómodas con mamá. Nos comunicamos con nuestras mejores amistades a través de vías virtuales estrictamente inhumanas y devastadoras. ¡Más de la mitad de nuestra vida la pasamos entre pantallas!

De Prada ejemplifica un hecho que a primera vista no tiene cabida en semejante artículo. Habla de la fe cristiana, la religión, el evangelio (me tomaré ciertas libertades para diferenciar a mi gusto mayúsculas y minúsculas). Pero, sin embargo, es curioso que una de las más grandes historias jamás contada en la trayectoria occidental, que durante ya más de veinte siglos lleva haciendo un continuo hincapié en el Ser humano, fuera contada, como dice su autor, "de corazón a corazón", de boca a boca, no con "megafonía" o, en nuestro caso, por televisión o internet.

Estamos cayendo, de verdad, en un mundo me atrevería a decir robotizado. Y cuando caigamos... Entonces grandes temas como la Libertad, que tanto nos gusta, o la Razón, no serán nada.

Quizá esto explica por qué el teatro que, como la fe cristiana, lleva gozando de gran popularidad durante más de veinte siglos, cayó en el pasado de forma estrepitosa.

Lo que está claro es que, si de algo se diferencia el teatro del cine o la televisión es que, como decía Jerzy Grotowsky, el teatro nos brinda una relación humana que ninguno de los otros dos medios nos brinda. De actor a espectador. Bueno, no. De persona a persona. Quizá por ello creo que, si algo tuviera que explotar en mi futura vida profesional como actor -esperemos-, ese algo sería la relación con las personas que se sientan en las butacas. Bajar del escenario y mirarles a la cara. Tocarles. Activarles, a poder ser. Sólo para que ellos lo hicieran también. Miraran, tocaran y activaran. Y así, posiblemente, poder comunicarnos.

De eso trata el teatro, ¿no? De comunicar...

Sergio

lunes, 4 de julio de 2011

Es vulnerable el cuerpo cuando la mente es libre.

Algo así nos decía Shakespeare. Algo así me digo yo.

Hoy he tenido una experiencia genial, de las que no se encuentran fácilmente, y ha sido gracias a Gonzalo Catalinas Gállego -creo que se merece ser nombrado por la gratitud que ahora mismo le debo y por ser no sólo un apasionado de las artes performativas y la danza Butoh sino también una persona con muchas ganas, amor e ilusión (preciosa combinación, por cierto)-. Hoy he recibido una clase gratuita de danza Butoh. En plena Naturaleza, además, entre árboles y árboles de, para quien lo conozca, el Parque Grande de Zaragoza.

Momentos como los de hoy refuerzan mis ideas a cerca del actor y su función y, en definitiva, de las personas y su función. Hoy me he fusionado con la Naturaleza. Ella y yo éramos uno. Esto, que a simple vista parece una auténtica "ida de cabeza", es desde mi punto de vista lo más primitivo, lo más ancestral, lo más verdadero y lo más potente que el ser humano sabe pero ha olvidado hacer.

La danza Butoh, de la que no puedo contaros mucho, es una danza creada por Kazuo Ohno que consiste, entre otras cosas, en entrar en consonancia con uno mismo y con lo más básico del ser humano, la Tierra y el Cielo. Ambos son los dos extremos de los cuales pende todo ser viviente, el cual se nutre de la energía generada por la Tierra para alimentarse de ella y, finalmente, entregársela al Cielo. No olvidemos que el ser humano en su más puro concepto no es nada más que un cúmulo de materia cuya energía es prestada, que no dada, por lo que ha de ser devuelta.

Se nos dice así que hemos de estar agradecidos de tener el cuerpo que tenemos y de poder valernos de todo lo que nos rodea que, repito, no es más que Naturaleza. Porque ella es la que nos sustenta.

Encontrar el centro corporal para trabajar desde ahí usando la respiración como base principal, la cual penetra en nosotros por las piernas, desde la Tierra, como si de raíces se tratara para desaparecer por la cabeza, hacia el Cielo; notar como la vida y la muerte generan un ciclo infinito de transformación de la energía; evocar lo primitivo, el instinto, el impulso y erradicar lo artificial, el intelecto, el bloqueo, la convención, las resistencias, etc. como forma de volver al Origen en que la mente, libre, da paso a un cuerpo desnudo, transparente, vulnerable en definitiva, un cuerpo viviente, no pensante; escuchar las formas, ritmos, pausas, olores, etc. de la Naturaleza como forma de entrar en consonancia con ella quien, superior a cualquier Ser, dicta las normas sobre las que vivir, normas con las cuales ha de convivir el ser humano aceptándolas como llegan, sin querer superponerse a ellas. La Gallina no prevalece sobre el huevo.

Finalmente, una pequeña improvisación grupal en la que, tomando como estímulo la Naturaleza con sus árboles, o agua, o césped, o piedras, no hacemos sino movernos en consonancia con ella, rozando suavemente las joyas que nos son prestadas, bailando al fin y al cabo con ellas. Dejando, eso sí, que marquen ellas la coreografía. Pero sin olvidar que no dejamos de ser sino pura materia colgando de unos hilos celestes que vive en tanto que se nutre de la energía terrenal. Nada más.

No necesitamos nada más. Nada más. De verdad, nada más.

Claro que, a estas alturas, ¡cuánta astucia supone la fuga genial!, nos recuerda Ortega. Qué costoso nos resulta. Qué difícil. ¡Qué doloroso!

¡Pero si sólo hemos de saber olerla, tocarla, saborearla, verla y escucharla!

Claro. Pero no es fácil volver a aprenderse lo olvidado.

Sergio