Estar en pausa me cansa.
Me agota las ideas. Me desgasta. Me consume.
Desde hace ya algún tiempo siento lo que Rilke nos cuenta en Cartas a un joven poeta (libro imprescindible para cualquier artista) cuando dice en su primera carta, escrita el 17 de febrero de 1903: "Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: ¿Debo yo escribir? Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Sí debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde".
Necesito un algo, mis clases de Interpretación, por ejemplo, porque eso es mi cama elástica. Sin cama elástica salto pero me caigo y, como ya he dicho, me quedo sin ideas. Mis ganas de actuar, interpretar o como narices se diga empiezan ya a controlarme salvajemente. Pero las ganas de escribir se apagan. Por eso, por lo de la cama elástica.
Quiero ya empezar de nuevo, a ver cómo es la alfombra de este nuevo año. Sentirla y escribirla. Salir a escena y sentir es genial. Y tres meses sin sentir esa cosa rara que se siente son muchos meses.
Ay, qué raro me siento aquí en Zaragoza, aburrido, con mucho que hacer pero sin grandes ganas de hacerlo (sí, sí, por lo de la cama). ¡Quiero empezar otra vez! ¡Qué ansia! Os digo yo, peor que las drogas...
En fin, seguiré a Rilke cuando dice que "la paciencia lo es todo". Y me alimentaré mientras tanto de recuerdos e imágenes, como estas: Fringe Festival, en Edinburgh. Echadle un vistazo, no tiene pérdida.
Sergio
Arte y Vida
martes, 20 de septiembre de 2011
miércoles, 31 de agosto de 2011
La belleza exterior no es más que el encanto de un instante.
Leyendo Estética. Historia y Fundamentos de Beardsley y Hospers, no hago sino encontrar grandes y profundos hoyos que merecen un largo tiempo de reflexión.
Hablando sobre la belleza, lo sublime y los problemas del gusto, encuentro cosas más que interesantes que no se pueden pasar por alto. Lo que encuentro es que todo ello desemboca en "la mente libre". Es muy interesante, de verdad.
Hace tiempo que pienso en ello de una forma bastante obsesiva. Tras interesarme por la definición que daba Rudolf Steiner sobre la libertad ("ser libre es ser capaz de pensar los propios pensamientos"), me di cuenta gracias a mi profesor de Historia de que es imposible conseguir un estado de libertad mental pensando tus propios pensamientos, pues ello no deja de ser otro pensamiento.
Si tuviéramos que hablar de una libertad mental seguramente hablaríamos de una mente "voladora". Pensaba en el autobús: dando por verdadero que el ser humano pende de hilos invisibles que vienen del cielo, la aproximación más directa sería decir que estos no hacen sino anclarse en la cabeza, en la mente, quien impide el paso de los hilos a anclarse en una zona más vital y profunda del ser humano, el alma. Así, la mente funcionaría como una especie de barrera que separaría la vía vital entre el alma y el cielo, siendo así la mente la única controladora del cuerpo. Sin embargo, es el momento en que conseguimos un estado de libertad mental, de abertura, cuando la mente precisamente deja paso a esos hilos, los cuales tratan de, si no anclarse, sí rozar el alma. Y es en ese momento cuando la mente se hace libre y "vuela", cuando los hilos imaginarios pasan a controlar el alma. Y digo controlar, pero no es la palabra más acertada, pues en el momento en que la mente se hace libre, el cuerpo pasa a ser un cúmulo de masa receptivo e impulsivo, no controlado.
Quizá sea ese, para mí, el estado más puro, transparente y vulnerable del ser humano.
Cuando alcanzamos un estado de sublimidad contemplando un objeto bello, el ser humano está de alguna forma abriéndose, volando, contemplando desinteresadamente (de esto ya he hablado) el objeto, sin más. Prueba de ello es que, como dice la palabra, careces de intereses, de pensamiento. Solo contemplas.
Y me atrevería a decir, aún a riesgo de equivocarme, que el actor ha de tratar de conseguir ese estado de libertad mental, porque es entonces cuando solo queda el cuerpo y el objeto. O, lo que es lo mismo, el personaje activo a reaccionar a los "objetos" exteriores. La única diferencia es que la mente "deja de funcionar" y evitamos así cualquier tipo de bloqueo.
Pero, ¿cómo conseguir un estado de libertad mental? Es difícil. Grotowsky, por ejemplo, propone una liberación de la mente a través del trabajo físico. Es duro, pero sirve. No obstante, la escucha es otra forma de reacción a estímulos externos, pues al centrar tu atención (que no concentración) en el exterior, si no es que abras tu mente, si la desvinculas del cuerpo.
No obstante, y volviendo al libro comentado al principio, se me ha caído el mito de la liberación de la mente. Leyendo a los filósofos ingleses de la segunda parte del XVIII me encontré con Archibald Alison, quien defiende que el placer del gusto se debe a la asociación: "La púrpura, por ejemplo, ha adquirido cierto carácter de dignidad por su accidental vinculación con el atuendo de los reyes". Algo más que interesante cuando, tras haber estado estudiando el Arte del siglo XX, me doy cuenta de que precisamente lo que este trata de hacer es eliminar cualquier asociación que pueda hacer el espectador (es decir, este arte afirma la existencia de asociaciones), haciéndolo a través del distanciamiento y consiguiendo así que el espectador no disfrute de sí mismo (la asociación se da dentro de la mente, de forma personal, interior y onanista) sino que disfrute del espectáculo en sí, sin introducirse en sí mismo (el espectador centra la atención fuera y no dentro).
Y diréis, ¿por qué es incompatible la asociación y la mente libre? Pues miren, desde mi más profunda humildad -porque no tengo conocimientos sólidos de estética, más bien están líquidos. O gaseosos-, creo que si la asociación viene dada por la mente, y de eso no me cabe gran duda, ésta ya no está volando, ni está libre. Está de por medio.
Entonces, ¿cuál es el estado puro de contemplación de la belleza? ¿Por qué algo nos gusta o no nos gusta?
Quizá esté mezclando dos cosas diferentes. Porque por un lado tenemos ese estado puro de contemplación, cuando algo sublime se nos viene encima, nos quedamos sin aliento, sin habla, sin ¡pensamientos! y solo contemplamos desinteresadamente (¿no, Kant?); y por otro lado tenemos el estado crítico que se encuentra justo un segundo después de que finalice el estado de contemplación. Es ese momento en que la mente vuelve a cerrarse, corta los hilos y vuelve a controlar al cuerpo. Y así nos volvemos malos y, finalmente, decidimos lo que nos gusta y lo que no. En este caso, mente libre y asociación (por ese orden) son compatibles.
Un proceso más que válido para mí, aunque fastidioso. Y es que si lo tuviéramos que delimitar temporalmente, nos daríamos cuenta de que del 100% del tiempo, solo el 1% corresponde a la contemplación libre y, por tanto, desinteresada.
¡Ay!
Sergio
Leyendo Estética. Historia y Fundamentos de Beardsley y Hospers, no hago sino encontrar grandes y profundos hoyos que merecen un largo tiempo de reflexión.
Hablando sobre la belleza, lo sublime y los problemas del gusto, encuentro cosas más que interesantes que no se pueden pasar por alto. Lo que encuentro es que todo ello desemboca en "la mente libre". Es muy interesante, de verdad.
Hace tiempo que pienso en ello de una forma bastante obsesiva. Tras interesarme por la definición que daba Rudolf Steiner sobre la libertad ("ser libre es ser capaz de pensar los propios pensamientos"), me di cuenta gracias a mi profesor de Historia de que es imposible conseguir un estado de libertad mental pensando tus propios pensamientos, pues ello no deja de ser otro pensamiento.
Si tuviéramos que hablar de una libertad mental seguramente hablaríamos de una mente "voladora". Pensaba en el autobús: dando por verdadero que el ser humano pende de hilos invisibles que vienen del cielo, la aproximación más directa sería decir que estos no hacen sino anclarse en la cabeza, en la mente, quien impide el paso de los hilos a anclarse en una zona más vital y profunda del ser humano, el alma. Así, la mente funcionaría como una especie de barrera que separaría la vía vital entre el alma y el cielo, siendo así la mente la única controladora del cuerpo. Sin embargo, es el momento en que conseguimos un estado de libertad mental, de abertura, cuando la mente precisamente deja paso a esos hilos, los cuales tratan de, si no anclarse, sí rozar el alma. Y es en ese momento cuando la mente se hace libre y "vuela", cuando los hilos imaginarios pasan a controlar el alma. Y digo controlar, pero no es la palabra más acertada, pues en el momento en que la mente se hace libre, el cuerpo pasa a ser un cúmulo de masa receptivo e impulsivo, no controlado.
Quizá sea ese, para mí, el estado más puro, transparente y vulnerable del ser humano.
Cuando alcanzamos un estado de sublimidad contemplando un objeto bello, el ser humano está de alguna forma abriéndose, volando, contemplando desinteresadamente (de esto ya he hablado) el objeto, sin más. Prueba de ello es que, como dice la palabra, careces de intereses, de pensamiento. Solo contemplas.
Y me atrevería a decir, aún a riesgo de equivocarme, que el actor ha de tratar de conseguir ese estado de libertad mental, porque es entonces cuando solo queda el cuerpo y el objeto. O, lo que es lo mismo, el personaje activo a reaccionar a los "objetos" exteriores. La única diferencia es que la mente "deja de funcionar" y evitamos así cualquier tipo de bloqueo.
Pero, ¿cómo conseguir un estado de libertad mental? Es difícil. Grotowsky, por ejemplo, propone una liberación de la mente a través del trabajo físico. Es duro, pero sirve. No obstante, la escucha es otra forma de reacción a estímulos externos, pues al centrar tu atención (que no concentración) en el exterior, si no es que abras tu mente, si la desvinculas del cuerpo.
No obstante, y volviendo al libro comentado al principio, se me ha caído el mito de la liberación de la mente. Leyendo a los filósofos ingleses de la segunda parte del XVIII me encontré con Archibald Alison, quien defiende que el placer del gusto se debe a la asociación: "La púrpura, por ejemplo, ha adquirido cierto carácter de dignidad por su accidental vinculación con el atuendo de los reyes". Algo más que interesante cuando, tras haber estado estudiando el Arte del siglo XX, me doy cuenta de que precisamente lo que este trata de hacer es eliminar cualquier asociación que pueda hacer el espectador (es decir, este arte afirma la existencia de asociaciones), haciéndolo a través del distanciamiento y consiguiendo así que el espectador no disfrute de sí mismo (la asociación se da dentro de la mente, de forma personal, interior y onanista) sino que disfrute del espectáculo en sí, sin introducirse en sí mismo (el espectador centra la atención fuera y no dentro).
Y diréis, ¿por qué es incompatible la asociación y la mente libre? Pues miren, desde mi más profunda humildad -porque no tengo conocimientos sólidos de estética, más bien están líquidos. O gaseosos-, creo que si la asociación viene dada por la mente, y de eso no me cabe gran duda, ésta ya no está volando, ni está libre. Está de por medio.
Entonces, ¿cuál es el estado puro de contemplación de la belleza? ¿Por qué algo nos gusta o no nos gusta?
Quizá esté mezclando dos cosas diferentes. Porque por un lado tenemos ese estado puro de contemplación, cuando algo sublime se nos viene encima, nos quedamos sin aliento, sin habla, sin ¡pensamientos! y solo contemplamos desinteresadamente (¿no, Kant?); y por otro lado tenemos el estado crítico que se encuentra justo un segundo después de que finalice el estado de contemplación. Es ese momento en que la mente vuelve a cerrarse, corta los hilos y vuelve a controlar al cuerpo. Y así nos volvemos malos y, finalmente, decidimos lo que nos gusta y lo que no. En este caso, mente libre y asociación (por ese orden) son compatibles.
Un proceso más que válido para mí, aunque fastidioso. Y es que si lo tuviéramos que delimitar temporalmente, nos daríamos cuenta de que del 100% del tiempo, solo el 1% corresponde a la contemplación libre y, por tanto, desinteresada.
¡Ay!
Sergio
jueves, 18 de agosto de 2011
Morir, dormir: dormir, tal vez soñar.
Sí, eso es. Estoy soñando. Pero es un sueño muy bonito. Creo, además, que se ha hecho realidad. A veces, los sueños se hacen realidad, estoy convencido. Mi sueño se llama Edimburgo.
Ahí estoy yo, entre preciosas y preciosas calles. Un poco tristes, que llueve mucho. Pero son preciosas. Y la gente, ¡ay la gente! Luego hablaré de la gente.
Hablar principalmente del Edinburgh Festival Fringe. Un festival que arrasa en la ciudad durante agosto. Un festival ejemplar, único, mágico, emocionante, encantador... Un festival para las artes: para el teatro, la música y la danza.
Caminar por las calles de esta magnífica ciudad y encontrarte con tumultos de gente feliz y emocionada, con los ojos bien abiertos alrededor de un pequeño o gran artista que trata de disfrutar haciendo lo que sabe hacer, jugar con el público. Pequeñas performance para divertir o para promocionar otro espectáculo mayor invaden las principales calles de Edimburgo. Y tengo la cartera llena. De propaganda, digo. Pero es genial. Baratísimo, además.
Tras el impacto callejero fui a ver Calígula, de Albert Camus. Menudo espectáculo. Con lo mínimo, hicieron una maravilla -y eso que me costaba entender, que era inglés-. ¡Pero qué actores!, poco más mayores que yo, por cierto. ¡Qué maravilla! Los pelos de punta.
No conforme con eso, entre actores y actores en la Royal Mile, la principal calle de Edimburgo, me topo con un mimo haciendo uno de estos espectáculos de propaganda. Lo único que hacía era no moverse hasta que alguien le cogía el papel de propaganda que tenía en la mano. Entonces se incorporaba como si de un robot se tratara, con movimientos súbitos, cogía otro folleto del montón que tenía en la mano contraria y volvía a su postura inicial. No pude parar de mirarlo durante más de media hora, lo aseguro. También aseguro que en esa media hora, el mimo -de unos 20 años- no parpadeó ni una sola vez. ¿Cómo es posible?
Da igual la técnica. Lo único que sé es que aprendí mucho de ese chico. No solo estaba quieto mirando a un punto fijo sin parpadear sino que, desde ahí, sabía jugar con el público y sabía qué es lo que quería el público. Sabía quién iba a cogerle un folleto y sabía qué quería ese alguien. Contactaba y jugaba, desde su mínima movilidad, con esos seres de dos patas. Era fantástico. Y cómo incorporaba a su personaje sus dificultades del momento. De verdad, insólito. Pero encantador. No estaba consigo, sino con los demás.
¿Y qué pasa con el espectador? Estoy apasionado, de verdad. Aquí, la gente camina con cuidado, está con los demás, agradece cualquier favor, aunque ni lo sea. Y eso, claro, lo transmiten al espectáculo. El espectador aquí no es parte del espectáculo. Es el espectáculo. Están dentro, con el actor o actriz, jugando con él, riéndose con él, llorando con él. En cada espectáculo que veo no pasa más de un minuto sin escuchar gritar al público junto al actor. Es un círculo fascinante, en serio. Les gusta jugar y juegan. Claro, que el que está en medio lo agradece con creces y no hace sino devolverlo multiplicado.
¿Sabéis cuanto me está emocionando ver a la gente sonreír y disfrutar activamente de cada espectáculo?
¿Sabéis cuanto me está emocionando estar dentro de un ambiente tan alegre y familiar?
Sí, sí. A veces, los sueños se hacen realidad, estoy convencido.
Sergio
Sí, eso es. Estoy soñando. Pero es un sueño muy bonito. Creo, además, que se ha hecho realidad. A veces, los sueños se hacen realidad, estoy convencido. Mi sueño se llama Edimburgo.
Ahí estoy yo, entre preciosas y preciosas calles. Un poco tristes, que llueve mucho. Pero son preciosas. Y la gente, ¡ay la gente! Luego hablaré de la gente.
Hablar principalmente del Edinburgh Festival Fringe. Un festival que arrasa en la ciudad durante agosto. Un festival ejemplar, único, mágico, emocionante, encantador... Un festival para las artes: para el teatro, la música y la danza.
Caminar por las calles de esta magnífica ciudad y encontrarte con tumultos de gente feliz y emocionada, con los ojos bien abiertos alrededor de un pequeño o gran artista que trata de disfrutar haciendo lo que sabe hacer, jugar con el público. Pequeñas performance para divertir o para promocionar otro espectáculo mayor invaden las principales calles de Edimburgo. Y tengo la cartera llena. De propaganda, digo. Pero es genial. Baratísimo, además.
Tras el impacto callejero fui a ver Calígula, de Albert Camus. Menudo espectáculo. Con lo mínimo, hicieron una maravilla -y eso que me costaba entender, que era inglés-. ¡Pero qué actores!, poco más mayores que yo, por cierto. ¡Qué maravilla! Los pelos de punta.
No conforme con eso, entre actores y actores en la Royal Mile, la principal calle de Edimburgo, me topo con un mimo haciendo uno de estos espectáculos de propaganda. Lo único que hacía era no moverse hasta que alguien le cogía el papel de propaganda que tenía en la mano. Entonces se incorporaba como si de un robot se tratara, con movimientos súbitos, cogía otro folleto del montón que tenía en la mano contraria y volvía a su postura inicial. No pude parar de mirarlo durante más de media hora, lo aseguro. También aseguro que en esa media hora, el mimo -de unos 20 años- no parpadeó ni una sola vez. ¿Cómo es posible?
Da igual la técnica. Lo único que sé es que aprendí mucho de ese chico. No solo estaba quieto mirando a un punto fijo sin parpadear sino que, desde ahí, sabía jugar con el público y sabía qué es lo que quería el público. Sabía quién iba a cogerle un folleto y sabía qué quería ese alguien. Contactaba y jugaba, desde su mínima movilidad, con esos seres de dos patas. Era fantástico. Y cómo incorporaba a su personaje sus dificultades del momento. De verdad, insólito. Pero encantador. No estaba consigo, sino con los demás.
¿Y qué pasa con el espectador? Estoy apasionado, de verdad. Aquí, la gente camina con cuidado, está con los demás, agradece cualquier favor, aunque ni lo sea. Y eso, claro, lo transmiten al espectáculo. El espectador aquí no es parte del espectáculo. Es el espectáculo. Están dentro, con el actor o actriz, jugando con él, riéndose con él, llorando con él. En cada espectáculo que veo no pasa más de un minuto sin escuchar gritar al público junto al actor. Es un círculo fascinante, en serio. Les gusta jugar y juegan. Claro, que el que está en medio lo agradece con creces y no hace sino devolverlo multiplicado.
¿Sabéis cuanto me está emocionando ver a la gente sonreír y disfrutar activamente de cada espectáculo?
¿Sabéis cuanto me está emocionando estar dentro de un ambiente tan alegre y familiar?
Sí, sí. A veces, los sueños se hacen realidad, estoy convencido.
Sergio
domingo, 31 de julio de 2011
El conflicto que hay entre la materia y el espíritu.
No conozco mucho su biografía. No sé cómo escribe ni cómo piensa. Solo sé que defiende cosas que no comparto. Pero hoy me he topado con un artículo de él en XLSemanal más que interesante. Hablo de Juan Manuel de Prada.
Un artículo preocupante, por cierto. Pero más que verdadero, algo que afirmo con mayor insistencia tras haber leído La ciencia y la vida de Valentín Fuster y José Luis Sampedro, dos personalidades más que envidiables (por cierto, recomiendo encarecidamente a todo Ser gustoso de leer Arte y Vida que se lea este gran ejemplar. No como escrito, sino como ejemplo y/o modelo, digo).
El artículo habla sobre la enorme y preocupante expansión de las telecomunicaciones y, por rebote, de la enorme y preocupante expansión de lo automático: "esa expansión de las telecomunicaciones ha discurrido paralela a una reducción o encogimiento de las posibilidades de comunicación estrictamente humanas, según esa ley infalible de la biología que nos enseña que, a medida que aumenta lo automático, decrece lo auténticamente vivo".
¡Eh! A medida que aumenta lo automático, decrece lo auténticamente vivo.
¿No es preocupante leer e incluso notar que nos estamos dejando caer en una alienación difícilmente tratable? Me noto en una cuesta muy empinada en la que es muy difícil escalar para salvarse de caer a la Nada.
Ya no nos movemos. Estamos perdiendo una facultad natural primaria propia de cualquier ser, que es la comunicación. Estamos sustituyendo a nuestros allegados más queridos por máquinas automáticas. Los niños ya no juegan, ni corren, ni saltan, se dice en La ciencia y la vida. Comemos con la televisión encendida para evitar intercambiar palabras incómodas con mamá. Nos comunicamos con nuestras mejores amistades a través de vías virtuales estrictamente inhumanas y devastadoras. ¡Más de la mitad de nuestra vida la pasamos entre pantallas!
De Prada ejemplifica un hecho que a primera vista no tiene cabida en semejante artículo. Habla de la fe cristiana, la religión, el evangelio (me tomaré ciertas libertades para diferenciar a mi gusto mayúsculas y minúsculas). Pero, sin embargo, es curioso que una de las más grandes historias jamás contada en la trayectoria occidental, que durante ya más de veinte siglos lleva haciendo un continuo hincapié en el Ser humano, fuera contada, como dice su autor, "de corazón a corazón", de boca a boca, no con "megafonía" o, en nuestro caso, por televisión o internet.
Estamos cayendo, de verdad, en un mundo me atrevería a decir robotizado. Y cuando caigamos... Entonces grandes temas como la Libertad, que tanto nos gusta, o la Razón, no serán nada.
Quizá esto explica por qué el teatro que, como la fe cristiana, lleva gozando de gran popularidad durante más de veinte siglos, cayó en el pasado de forma estrepitosa.
Lo que está claro es que, si de algo se diferencia el teatro del cine o la televisión es que, como decía Jerzy Grotowsky, el teatro nos brinda una relación humana que ninguno de los otros dos medios nos brinda. De actor a espectador. Bueno, no. De persona a persona. Quizá por ello creo que, si algo tuviera que explotar en mi futura vida profesional como actor -esperemos-, ese algo sería la relación con las personas que se sientan en las butacas. Bajar del escenario y mirarles a la cara. Tocarles. Activarles, a poder ser. Sólo para que ellos lo hicieran también. Miraran, tocaran y activaran. Y así, posiblemente, poder comunicarnos.
De eso trata el teatro, ¿no? De comunicar...
Sergio
No conozco mucho su biografía. No sé cómo escribe ni cómo piensa. Solo sé que defiende cosas que no comparto. Pero hoy me he topado con un artículo de él en XLSemanal más que interesante. Hablo de Juan Manuel de Prada.
Un artículo preocupante, por cierto. Pero más que verdadero, algo que afirmo con mayor insistencia tras haber leído La ciencia y la vida de Valentín Fuster y José Luis Sampedro, dos personalidades más que envidiables (por cierto, recomiendo encarecidamente a todo Ser gustoso de leer Arte y Vida que se lea este gran ejemplar. No como escrito, sino como ejemplo y/o modelo, digo).
El artículo habla sobre la enorme y preocupante expansión de las telecomunicaciones y, por rebote, de la enorme y preocupante expansión de lo automático: "esa expansión de las telecomunicaciones ha discurrido paralela a una reducción o encogimiento de las posibilidades de comunicación estrictamente humanas, según esa ley infalible de la biología que nos enseña que, a medida que aumenta lo automático, decrece lo auténticamente vivo".
¡Eh! A medida que aumenta lo automático, decrece lo auténticamente vivo.
¿No es preocupante leer e incluso notar que nos estamos dejando caer en una alienación difícilmente tratable? Me noto en una cuesta muy empinada en la que es muy difícil escalar para salvarse de caer a la Nada.
Ya no nos movemos. Estamos perdiendo una facultad natural primaria propia de cualquier ser, que es la comunicación. Estamos sustituyendo a nuestros allegados más queridos por máquinas automáticas. Los niños ya no juegan, ni corren, ni saltan, se dice en La ciencia y la vida. Comemos con la televisión encendida para evitar intercambiar palabras incómodas con mamá. Nos comunicamos con nuestras mejores amistades a través de vías virtuales estrictamente inhumanas y devastadoras. ¡Más de la mitad de nuestra vida la pasamos entre pantallas!
De Prada ejemplifica un hecho que a primera vista no tiene cabida en semejante artículo. Habla de la fe cristiana, la religión, el evangelio (me tomaré ciertas libertades para diferenciar a mi gusto mayúsculas y minúsculas). Pero, sin embargo, es curioso que una de las más grandes historias jamás contada en la trayectoria occidental, que durante ya más de veinte siglos lleva haciendo un continuo hincapié en el Ser humano, fuera contada, como dice su autor, "de corazón a corazón", de boca a boca, no con "megafonía" o, en nuestro caso, por televisión o internet.
Estamos cayendo, de verdad, en un mundo me atrevería a decir robotizado. Y cuando caigamos... Entonces grandes temas como la Libertad, que tanto nos gusta, o la Razón, no serán nada.
Quizá esto explica por qué el teatro que, como la fe cristiana, lleva gozando de gran popularidad durante más de veinte siglos, cayó en el pasado de forma estrepitosa.
Lo que está claro es que, si de algo se diferencia el teatro del cine o la televisión es que, como decía Jerzy Grotowsky, el teatro nos brinda una relación humana que ninguno de los otros dos medios nos brinda. De actor a espectador. Bueno, no. De persona a persona. Quizá por ello creo que, si algo tuviera que explotar en mi futura vida profesional como actor -esperemos-, ese algo sería la relación con las personas que se sientan en las butacas. Bajar del escenario y mirarles a la cara. Tocarles. Activarles, a poder ser. Sólo para que ellos lo hicieran también. Miraran, tocaran y activaran. Y así, posiblemente, poder comunicarnos.
De eso trata el teatro, ¿no? De comunicar...
Sergio
lunes, 4 de julio de 2011
Es vulnerable el cuerpo cuando la mente es libre.
Algo así nos decía Shakespeare. Algo así me digo yo.
Hoy he tenido una experiencia genial, de las que no se encuentran fácilmente, y ha sido gracias a Gonzalo Catalinas Gállego -creo que se merece ser nombrado por la gratitud que ahora mismo le debo y por ser no sólo un apasionado de las artes performativas y la danza Butoh sino también una persona con muchas ganas, amor e ilusión (preciosa combinación, por cierto)-. Hoy he recibido una clase gratuita de danza Butoh. En plena Naturaleza, además, entre árboles y árboles de, para quien lo conozca, el Parque Grande de Zaragoza.
Momentos como los de hoy refuerzan mis ideas a cerca del actor y su función y, en definitiva, de las personas y su función. Hoy me he fusionado con la Naturaleza. Ella y yo éramos uno. Esto, que a simple vista parece una auténtica "ida de cabeza", es desde mi punto de vista lo más primitivo, lo más ancestral, lo más verdadero y lo más potente que el ser humano sabe pero ha olvidado hacer.
La danza Butoh, de la que no puedo contaros mucho, es una danza creada por Kazuo Ohno que consiste, entre otras cosas, en entrar en consonancia con uno mismo y con lo más básico del ser humano, la Tierra y el Cielo. Ambos son los dos extremos de los cuales pende todo ser viviente, el cual se nutre de la energía generada por la Tierra para alimentarse de ella y, finalmente, entregársela al Cielo. No olvidemos que el ser humano en su más puro concepto no es nada más que un cúmulo de materia cuya energía es prestada, que no dada, por lo que ha de ser devuelta.
Se nos dice así que hemos de estar agradecidos de tener el cuerpo que tenemos y de poder valernos de todo lo que nos rodea que, repito, no es más que Naturaleza. Porque ella es la que nos sustenta.
Encontrar el centro corporal para trabajar desde ahí usando la respiración como base principal, la cual penetra en nosotros por las piernas, desde la Tierra, como si de raíces se tratara para desaparecer por la cabeza, hacia el Cielo; notar como la vida y la muerte generan un ciclo infinito de transformación de la energía; evocar lo primitivo, el instinto, el impulso y erradicar lo artificial, el intelecto, el bloqueo, la convención, las resistencias, etc. como forma de volver al Origen en que la mente, libre, da paso a un cuerpo desnudo, transparente, vulnerable en definitiva, un cuerpo viviente, no pensante; escuchar las formas, ritmos, pausas, olores, etc. de la Naturaleza como forma de entrar en consonancia con ella quien, superior a cualquier Ser, dicta las normas sobre las que vivir, normas con las cuales ha de convivir el ser humano aceptándolas como llegan, sin querer superponerse a ellas. La Gallina no prevalece sobre el huevo.
Finalmente, una pequeña improvisación grupal en la que, tomando como estímulo la Naturaleza con sus árboles, o agua, o césped, o piedras, no hacemos sino movernos en consonancia con ella, rozando suavemente las joyas que nos son prestadas, bailando al fin y al cabo con ellas. Dejando, eso sí, que marquen ellas la coreografía. Pero sin olvidar que no dejamos de ser sino pura materia colgando de unos hilos celestes que vive en tanto que se nutre de la energía terrenal. Nada más.
No necesitamos nada más. Nada más. De verdad, nada más.
Claro que, a estas alturas, ¡cuánta astucia supone la fuga genial!, nos recuerda Ortega. Qué costoso nos resulta. Qué difícil. ¡Qué doloroso!
¡Pero si sólo hemos de saber olerla, tocarla, saborearla, verla y escucharla!
Claro. Pero no es fácil volver a aprenderse lo olvidado.
Sergio
Algo así nos decía Shakespeare. Algo así me digo yo.
Hoy he tenido una experiencia genial, de las que no se encuentran fácilmente, y ha sido gracias a Gonzalo Catalinas Gállego -creo que se merece ser nombrado por la gratitud que ahora mismo le debo y por ser no sólo un apasionado de las artes performativas y la danza Butoh sino también una persona con muchas ganas, amor e ilusión (preciosa combinación, por cierto)-. Hoy he recibido una clase gratuita de danza Butoh. En plena Naturaleza, además, entre árboles y árboles de, para quien lo conozca, el Parque Grande de Zaragoza.
Momentos como los de hoy refuerzan mis ideas a cerca del actor y su función y, en definitiva, de las personas y su función. Hoy me he fusionado con la Naturaleza. Ella y yo éramos uno. Esto, que a simple vista parece una auténtica "ida de cabeza", es desde mi punto de vista lo más primitivo, lo más ancestral, lo más verdadero y lo más potente que el ser humano sabe pero ha olvidado hacer.
La danza Butoh, de la que no puedo contaros mucho, es una danza creada por Kazuo Ohno que consiste, entre otras cosas, en entrar en consonancia con uno mismo y con lo más básico del ser humano, la Tierra y el Cielo. Ambos son los dos extremos de los cuales pende todo ser viviente, el cual se nutre de la energía generada por la Tierra para alimentarse de ella y, finalmente, entregársela al Cielo. No olvidemos que el ser humano en su más puro concepto no es nada más que un cúmulo de materia cuya energía es prestada, que no dada, por lo que ha de ser devuelta.
Se nos dice así que hemos de estar agradecidos de tener el cuerpo que tenemos y de poder valernos de todo lo que nos rodea que, repito, no es más que Naturaleza. Porque ella es la que nos sustenta.
Encontrar el centro corporal para trabajar desde ahí usando la respiración como base principal, la cual penetra en nosotros por las piernas, desde la Tierra, como si de raíces se tratara para desaparecer por la cabeza, hacia el Cielo; notar como la vida y la muerte generan un ciclo infinito de transformación de la energía; evocar lo primitivo, el instinto, el impulso y erradicar lo artificial, el intelecto, el bloqueo, la convención, las resistencias, etc. como forma de volver al Origen en que la mente, libre, da paso a un cuerpo desnudo, transparente, vulnerable en definitiva, un cuerpo viviente, no pensante; escuchar las formas, ritmos, pausas, olores, etc. de la Naturaleza como forma de entrar en consonancia con ella quien, superior a cualquier Ser, dicta las normas sobre las que vivir, normas con las cuales ha de convivir el ser humano aceptándolas como llegan, sin querer superponerse a ellas. La Gallina no prevalece sobre el huevo.
Finalmente, una pequeña improvisación grupal en la que, tomando como estímulo la Naturaleza con sus árboles, o agua, o césped, o piedras, no hacemos sino movernos en consonancia con ella, rozando suavemente las joyas que nos son prestadas, bailando al fin y al cabo con ellas. Dejando, eso sí, que marquen ellas la coreografía. Pero sin olvidar que no dejamos de ser sino pura materia colgando de unos hilos celestes que vive en tanto que se nutre de la energía terrenal. Nada más.
No necesitamos nada más. Nada más. De verdad, nada más.
Claro que, a estas alturas, ¡cuánta astucia supone la fuga genial!, nos recuerda Ortega. Qué costoso nos resulta. Qué difícil. ¡Qué doloroso!
¡Pero si sólo hemos de saber olerla, tocarla, saborearla, verla y escucharla!
Claro. Pero no es fácil volver a aprenderse lo olvidado.
Sergio
sábado, 18 de junio de 2011
No hemos aprendido a vivir.
Hablaré hoy de una de las figuras más emblemáticas dentro del marco español. Un hombre ejemplar. Un hombre que aboga por todas y cada una de las personas que, inconscientemente, se están dejando llevar a la catástrofe. Hablo de José Luis Sampedro, un gran humanista, escritor y economista de nada menos que 94 años.
Hablaré hoy de una de las figuras más emblemáticas dentro del marco español. Un hombre ejemplar. Un hombre que aboga por todas y cada una de las personas que, inconscientemente, se están dejando llevar a la catástrofe. Hablo de José Luis Sampedro, un gran humanista, escritor y economista de nada menos que 94 años.
Dejándome llevar por internet, caí en uno de sus múltiples vídeos. Ya conocía a Sampedro, entre otras cosas porque es el escritor de La sonrisa etrusca, obra de la que ya hablé hace un tiempo. Pero no lo conocía tan a fondo. He de reconocer que me llenó de ilusión y alegría escuchar algunas de sus palabras. Palabras graves. Pero tranquilizadoras, a la vez.
Tomaré palabras de Sampedro cuando dice que el ser humano no ha sabido aprovechar la técnica, la cual nos ha aportado una enorme evolución aparente. No práctica, sin embargo.
"La sociedad se está infartando", nos dice junto a Valentín Fuster, quienes han escrito un libro a la par, La ciencia y la vida, imprescindible desde mi punto de vista. No obstante "lo que más me preocupa no es que esta sociedad entre en infarto. Lo que más me preocupa es el sistema extrañamente pasivo en el que está entrando la sociedad. Los niños ya no corren, solamente miran las computadoras, están continuamente con los teléfonos móviles y juegos electrónicos o frente al televisor. Se está configurando una sociedad que no se mueve, una sociedad en la que te consumes sin tan siquiera darte cuenta de ello. El problema es, ¿cómo invertir los términos? Quiero decir, cómo volvernos nuevamente activos. Debemos reflexionar sobre esto, sobre cómo llevar a cabo esta inversión". Palabras de Fuster.
Llevo hablando de pasividad desde hace mucho tiempo. La sociedad ya no se preocupa por las cosas verdaderamente humanas. La sociedad ahora sólo se preocupa por: política (donde incluiré "economía"), programas del corazón y fútbol. Y no está mal, claro que no. El problema llega cuando estos intereses pasan a ser el centro del individuo pues, como consecuencia, se descentralizan los demás, desaparecen entre un mar de humo.
Los más jóvenes, como dice Fuster, ya no se interesan ni en el fútbol o la política, lo cual podríamos denominar como espectáculos más o menos activos. Se interesan por el sofá y la televisión, o el sofá y el ordenador, o el sofá y la "últimaconsolaquesehasacadofíjatetúquéguay". Y es un problema a reconsiderar bastante grave.
¿Cómo te atraves, Sergio, a hablar de espectáculo en política? Miren, señores. Sé poco de política. Pero considero a esta como un elemento gravemente deshumanizador. Deshumanizador en cuanto a privatizador de los caracteres humanos, en cuanto a alienante y en cuando a desvirtuador de la esencia del individuo como colectividad. La política es un invento artificial. Necesario, quizá, pero artificial. Qué triste, pienso yo, que sea uno de los grandes móviles del ser humano.
Colectividad. Genial palabra. Lástima que Sampedro nos avise de que "estamos divididos deliberadamente para que seamos menos eficaces. La civilización moderna trata de individualizarnos y decirnos: usted es un individuo, usted es el rey de la creación, usted elija, usted tiene derecho, usted tiene libertad. Si aquí se reunieran todos los jóvenes, pero todos, podrían hacerse grandes cambios. Pero no se harán, porque los del PP harán lo que les dicen, y los del PSOE harán lo mismo". Uno de los grandes problemas, creo yo, del fabuloso movimiento del 15-m.
No profundizaré más sobre este tema porque no considero que deba ser de especial atención en este blog. No obstante, sí creo necesaria una "contaminación" del mismo. Luego explico esto.
Y es así como, por consiguiente, vivimos altamente ensimismados. Vivimos o bien por mi "wiifabulosa", o bien por mi "belénestebanfabulosa" o bien por mi "partidopopularfabuloso". Qué desgracia.
¿Podríamos decir, entonces, que no somos ya sino puros personajes trágicos encaminados al desastre? ¿O hablamos, por el contrario, de un drama al que se le puede dibujar un bonito final? ¿Cuál es la solución y quién la tiene?
El desastre humano y ecológico que muchos expertos prevén está muy cerca. Es curioso que los grandes desastres naturales percibidos en los últimos 10 años vayan en aumento. ¿Quizá se nos está avisando de algo?
Sampedro nos dice, como bien yo opino desde hace tiempo, que la solución está en volver al origen. Lo vamos a hacer por la fuerza tarde o temprano. ¿Por qué no rectificar ahora todos nuestros excesos moderadamente? ¿Por qué no salimos de nuestra preciosa burbuja y nos damos cuenta de una puñetera vez de todo lo que está pasando? El rió está a punto de caer por la cascada.
El arte nos ayuda, en la medida en que se puede, a dejar de ensimismarnos. Es necesaria una contaminación, creo, de todo oficio. Una "contaminación" para despertarnos mutuamente. Incluso en el arte. Sólo para que, una vez despiertos, podamos volver a ensimismar cada uno de los oficios.
Aquí os adjunto uno de los vídeos de Sampedro, aunque os animo y reanimo a que veáis más.
Y aprendamos a vivir ya. Ya va siendo hora, ¿no?
Sergio
domingo, 5 de junio de 2011
Cuando pienso en mi vocación, no le temo a la vida.
Es cierto.
Así me despido de mi primer año de carrera. Bueno, así se despidió mi profesor Carlos. Bonito final, ¿no?
No me quedaría tranquilo si hablara únicamente de "carrera". Esto es más que una carrera. Ya le decía hace un tiempo a Carlos que si cuando llegue a cuarto voy a saber hacer lo que hacen mis compañeros, siento que tengo algo muy grande entre las manos. Algo que pesa mucho, por cierto. Pero es un peso muy cómodo. A veces, claro. No siempre.
Y es que ha sido un año excelente, a la vez que difícil. Cada día me he encontrado con inmensas barreras que saltar. Y a veces las saltaba y me encontraba detrás grandes paraísos. Pero otras no las saltaba, y me quedaba atrapado a mitad. O las saltaba y encontraba otra más grande y fea. Pero hombre, ¡no hemos de dejarnos abandonar solo porque una barrera grande y fea nos impida el paso! Cuánta razón tenía Carlos cuando me decía que "el camino que se tiende ante nuestros ojos es como una alfombra que se desenrolla poco a poco [...] y que de un error o un mal día se le da una patada más fuerte a esa alfombra que haciéndolo bien".
Agradezco profundamente todo lo aprendido. A mis compañeros y, sobre todo, a mis profesores. A algún designio divino, quizá, por haberme traído hasta aquí.
Y es que es ahora que he terminado este primer camino cuando veo claramente todo lo que he recorrido. Y veo paraísos y barreras. Y muchas cosas. Pero, ¿qué gracia tiene llegar a una meta si no disfrutamos de la caminata?
No cambiaría ni un segundo de todo el tiempo que he pasado "entre bastidores", ¡o incluso en escena! Ni uno sólo. Soy más que afortunado de tener lo que tengo. De llevar ese algo tan pesado entre las manos con el propósito de hacer algo grande, muy grande. Un algo del que todo el mundo sea partícipe. Y hacer que ese algo, se convierta en otro algo mucho mejor...
Sí, amados amigos. Sueño. Me encanta soñar. Ahora que puedo, que estoy entre bastidores. Porque cuando salgo a escena, todo va tan rápido que no tengo tiempo para hacerlo.
Porque el teatro me está enseñando a hacerlo. Me está enseñando a ser mejor persona. O intentarlo, al menos. Me está enseñando que el proceso, o camino, o alfombra, es lo más bonito que hay en la vida. Que el final no existe, porque no hay final (¡Y es magnífico!, me decía Carlos). Y que escuchar lo que pasa mientras camino, hace que crezca. Que crezca como persona, como ser humano. Como ser.
Soy lo que soy. Y ojalá pudieran el resto de seres ser lo que son. Ojalá pudierais ser partícipes de lo que estoy siendo yo. Porque es una cosa muy bonita, de verdad. Mucho.
Luchad por vuestro camino. Pero no os olvidéis de luchar por lo que os rodea. Que no es poco.
Y gracias por esta oportunidad. Gracias...
Sergio
Es cierto.
Así me despido de mi primer año de carrera. Bueno, así se despidió mi profesor Carlos. Bonito final, ¿no?
No me quedaría tranquilo si hablara únicamente de "carrera". Esto es más que una carrera. Ya le decía hace un tiempo a Carlos que si cuando llegue a cuarto voy a saber hacer lo que hacen mis compañeros, siento que tengo algo muy grande entre las manos. Algo que pesa mucho, por cierto. Pero es un peso muy cómodo. A veces, claro. No siempre.
Y es que ha sido un año excelente, a la vez que difícil. Cada día me he encontrado con inmensas barreras que saltar. Y a veces las saltaba y me encontraba detrás grandes paraísos. Pero otras no las saltaba, y me quedaba atrapado a mitad. O las saltaba y encontraba otra más grande y fea. Pero hombre, ¡no hemos de dejarnos abandonar solo porque una barrera grande y fea nos impida el paso! Cuánta razón tenía Carlos cuando me decía que "el camino que se tiende ante nuestros ojos es como una alfombra que se desenrolla poco a poco [...] y que de un error o un mal día se le da una patada más fuerte a esa alfombra que haciéndolo bien".
Agradezco profundamente todo lo aprendido. A mis compañeros y, sobre todo, a mis profesores. A algún designio divino, quizá, por haberme traído hasta aquí.
Y es que es ahora que he terminado este primer camino cuando veo claramente todo lo que he recorrido. Y veo paraísos y barreras. Y muchas cosas. Pero, ¿qué gracia tiene llegar a una meta si no disfrutamos de la caminata?
No cambiaría ni un segundo de todo el tiempo que he pasado "entre bastidores", ¡o incluso en escena! Ni uno sólo. Soy más que afortunado de tener lo que tengo. De llevar ese algo tan pesado entre las manos con el propósito de hacer algo grande, muy grande. Un algo del que todo el mundo sea partícipe. Y hacer que ese algo, se convierta en otro algo mucho mejor...
Sí, amados amigos. Sueño. Me encanta soñar. Ahora que puedo, que estoy entre bastidores. Porque cuando salgo a escena, todo va tan rápido que no tengo tiempo para hacerlo.
Porque el teatro me está enseñando a hacerlo. Me está enseñando a ser mejor persona. O intentarlo, al menos. Me está enseñando que el proceso, o camino, o alfombra, es lo más bonito que hay en la vida. Que el final no existe, porque no hay final (¡Y es magnífico!, me decía Carlos). Y que escuchar lo que pasa mientras camino, hace que crezca. Que crezca como persona, como ser humano. Como ser.
Soy lo que soy. Y ojalá pudieran el resto de seres ser lo que son. Ojalá pudierais ser partícipes de lo que estoy siendo yo. Porque es una cosa muy bonita, de verdad. Mucho.
Luchad por vuestro camino. Pero no os olvidéis de luchar por lo que os rodea. Que no es poco.
Y gracias por esta oportunidad. Gracias...
Sergio
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