Arte y Vida

Arte y Vida

lunes, 10 de octubre de 2011

La máscara es el tejido que nos cubre el alma.

Es curioso que la palabra "persona" venga del latín "persōna", que significa máscara.

Si seguimos esto al pie de la letra, algo que no sería tan descabellado, hablaríamos de persona como máscara o personaje, no de persona como neutralidad y claridad.

Ya cité, al comienzo de mi blog, unas frases de Declan Donellan, quien asegura que el niño se comporta por imitación, por mímesis de lo que ve. De no ser así, el bebé no tendría nada a lo que agarrarse, por lo que no sería. Todos nos agarramos a algo a través de lo que empujarnos. ¿De dónde se agarra sino el artista para crear? Se crea a través de lo que se ve, por mímesis, imitación, que no copia.

Siguiendo con el interesantísimo tema de la "persona", ¿quién es esta sino una mezcla infinita de cosas y cosas que ha visto y vivido? Muchos actores tienen en boca "me es muy difícil o incluso imposible hacer un personaje nervioso y extrovertido porque yo soy muy calmado y tímido". Pero a mí me gusta pensar, y creo que estoy en lo cierto, que todos tenemos todo. En mayor o menor medida, más escondido o más visible, más arraigado o más desprendido de nosotros, pero ahí está. Sólo hay que saber buscarlo para, posteriormente, usarlo. ¿No tiene acaso la persona más encantadora del mundo momentos desagradables? ¿O el más fuerte momentos de debilidad? ¿O el asustadizo de valentía?

Y si estoy en lo cierto, me regocijo apoyándome en la definición que da el latín a la palabra "persona", pues me afirma que esta no es sino pura máscara, nada de claridad. ¿No os habéis sentido diferentes en según qué situaciones? ¿No os habéis asustado cuando vuestro cuerpo ha reaccionado de forma inesperada delante de una persona en concreto? ¿Acaso hay alguien que no se haya sentido ridículo delante de la persona a quien quiere? ¿No nos hemos hecho nunca los valientes? ¿O los interesantes? ¿O los ingenuos?

Cambiamos de máscara, inconscientemente y a veces involuntariamente según nuestra mente o cuerpo lo requiere. Y lo hacemos básicamente para sobrevivir. No existe la falsedad, porque todos cambiamos de máscara minuto a minuto. Y el bebé hará lo mismo, porque está aprendiendo a sobrevivir en un mundo donde las personas son simples máscaras móviles.

¿Qué pasa entonces cuando hablamos de un "estado de claridad"? Ése sí es el estado, para mí, más difícil que puede alcanzar cualquier persona o, permítanme, cualquier máscara. Y el artista tiene las puertas abiertas a ello. Porque una persona, para interpretar a un personaje, tiene que quitarse antes las mil y una máscaras que tiene encima, desecharlas por un rato, y quedarse -ahora sí- claro, desnudo, transparente y sincero. Sólo para, a continuación, vestirse de nuevo y ponerse otra máscara diferente.

Hace poco me preguntaron que qué era para mí arte. En fin, la pregunta es tan amplia y tan interesante que podría pegarme horas hablando de ello. Pero hasta ahora, creo que una buena definición sería decir que el arte es el medio que tiene cualquier persona para quitarse la máscara y presentarse tal y como es (¿?), como el agua cristalina de un río. Siendo y no pareciendo.

Os preguntaréis que qué dificultad tiene entonces ser actor, ¿no se supone que toda persona tiene la capacidad de cambiar de máscara?

La verdad es que ser actor no es más que mimetizar lo que pasa diariamente. Con medios más o menos estilizados (pues sino no sería arte), pero mimetizando. Pero es que subirse a escena e imitar es difícil, pues al contrario que en la vida, que como ya he dicho esto se da de forma inconsciente y hasta involuntariamente, en escena hay que hacerlo consciente y voluntariamente. Y eso es muy, muy difícil. Porque entran en juego muchos tipos de resistencia, bloqueos y demás...

Y porque desnudarse no es fácil. Ni cómodo. No nos gusta mostrarnos tal y como somos. Cosa del ser humano, supongo...

¿De tanto tenemos que avergonzarnos?

Sergio

viernes, 30 de septiembre de 2011

El despilafarro de la administración en relación al arte tenía un año de caducidad, y ha durado mucho.

O eso comentaba Albert Boadella, director de Els Joglars, hace un mes. Y aunque estoy lejos de conocer el estado de la administración teatral, estoy muy de acuerdo con las cosas que cuenta en una entrevista a la que llegué por casualidad.

"Un trozo de seda. Eso es el teatro. No las grandes piscinas y bosques de abedules. El concepto exhibicionista y ricachón es nocivo para el propio arte y enormemente caro". Lo siento pero el oro y el diamante no están a mi alcance. Yo voy al teatro para divertirme, supongo, o para que los pelos de mis brazos atraviesen la manga de la camiseta de emocionados que están. No para ver una construcción escenográfica digna de ser plasmada en la realidad. Para eso me voy al banco del parque a ver árboles, árboles de verdad. No un trozo de cartón. Que se jodan los actores y creen, digo. ¿No? (Guárdenme, señores actores, el secreto de que nos gusta crear). Pero que no nos den todo hecho y masticado. Es que al final, de verdad, voy a acabar hundido en la butaca, ahí, entre los algodones, de tanto dejar que me hagan.

Para ello, Boadella propone "cambiar las recetas", empezando por "atraer al público. Y para eso se necesita ingenio, no solo decir cosas importantes". Ingenio para entender al público, que no es fácil. Ingenio para gritarles que tenemos algo importante que contar, pero que será de forma bonita, sin mucho dolor.

Luego ya podemos mentirles y enseñarles otra cosa, aunque no sea la acordada. Como hacen las grandes, amables y empáticas empresas de publicidad. Pero claro, en el teatro eso no pasa, que la gente ya no vuelve. Se agradece a los que nos destrozan y se da la espalda a quienes nos ayudan. Son los contrarios, ¿no?

"La primera cortina tiene que ser comprensible y entretenida para todo el mundo, porque un lenguaje muy críptico puede provocar el rechazo". Conectiva, diría yo. La cortina. Que haya una conexión fluida entre actor y espectador. Porque se entiende y se aprecia más el contacto físico y claro que lo críptico y oscuro. Claridad. Y a través de ahí, tirar de la cuerda y acercar al público, a ver si viendo de cerca lo que se les quiere decir, les da más nosequé y se lo llevan a casa. No en el bolsillo, en la cabeza.

Sí, porque si hablamos de una cortina comprensible volvemos a lo mismo. Váyase al parque a disfrutar de lo verdadero y no vaya al teatro. Para ver lo mismo que veo por la calle no voy al teatro. Voy para ver lo que no puedo ver cualquier otro día.

El teatro es un arte imaginativo. Para el actor y para el espectador. Y para imaginar no es necesario el detalle. Con un garabato es suficiente.

Recuerden que "el arte deja de serlo en el momento que abandona la poesía de lo inducido, de la sugerencia".

Así lo entiendo yo, vaya.

Sergio

martes, 20 de septiembre de 2011

Estar en pausa me cansa.

Me agota las ideas. Me desgasta. Me consume.

Desde hace ya algún tiempo siento lo que Rilke nos cuenta en Cartas a un joven poeta (libro imprescindible para cualquier artista) cuando dice en su primera carta, escrita el 17 de febrero de 1903: "Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: ¿Debo yo escribir? Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Sí debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde".

Necesito un algo, mis clases de Interpretación, por ejemplo, porque eso es mi cama elástica. Sin cama elástica salto pero me caigo y, como ya he dicho, me quedo sin ideas. Mis ganas de actuar, interpretar o como narices se diga empiezan ya a controlarme salvajemente. Pero las ganas de escribir se apagan. Por eso, por lo de la cama elástica.

Quiero ya empezar de nuevo, a ver cómo es la alfombra de este nuevo año. Sentirla y escribirla. Salir a escena y sentir es genial. Y tres meses sin sentir esa cosa rara que se siente son muchos meses.

Ay, qué raro me siento aquí en Zaragoza, aburrido, con mucho que hacer pero sin grandes ganas de hacerlo (sí, sí, por lo de la cama). ¡Quiero empezar otra vez! ¡Qué ansia! Os digo yo, peor que las drogas...

En fin, seguiré a Rilke cuando dice que "la paciencia lo es todo". Y me alimentaré mientras tanto de recuerdos e imágenes, como estas: Fringe Festival, en Edinburgh. Echadle un vistazo, no tiene pérdida.

Sergio

miércoles, 31 de agosto de 2011

La belleza exterior no es más que el encanto de un instante.

Leyendo Estética. Historia y Fundamentos de Beardsley y Hospers, no hago sino encontrar grandes y profundos hoyos que merecen un largo tiempo de reflexión.

Hablando sobre la belleza, lo sublime y los problemas del gusto, encuentro cosas más que interesantes que no se pueden pasar por alto. Lo que encuentro es que todo ello desemboca en "la mente libre". Es muy interesante, de verdad.

Hace tiempo que pienso en ello de una forma bastante obsesiva. Tras interesarme por la definición que daba Rudolf Steiner sobre la libertad ("ser libre es ser capaz de pensar los propios pensamientos"), me di cuenta gracias a mi profesor de Historia de que es imposible conseguir un estado de libertad mental pensando tus propios pensamientos,  pues ello no deja de ser otro pensamiento.

Si tuviéramos que hablar de una libertad mental seguramente hablaríamos de una mente "voladora". Pensaba en el autobús: dando por verdadero que el ser humano pende de hilos invisibles que vienen del cielo, la aproximación  más directa sería decir que estos no hacen sino anclarse en la cabeza, en la mente, quien impide el paso de los hilos a anclarse en una zona más vital y profunda del ser humano, el alma. Así, la mente funcionaría como una especie de barrera que separaría la vía vital entre el alma y el cielo, siendo así la mente la única controladora del cuerpo. Sin embargo, es el momento en que conseguimos un estado de libertad mental, de abertura, cuando la mente precisamente deja paso a esos hilos, los cuales tratan de, si no anclarse, sí rozar el alma. Y es en ese momento cuando la mente se hace libre y "vuela", cuando los hilos imaginarios pasan a controlar el alma. Y digo controlar, pero no es la palabra más acertada, pues en el momento en que la mente se hace libre, el cuerpo pasa a ser un cúmulo de masa receptivo e impulsivo, no controlado.

Quizá sea ese, para mí, el estado más puro, transparente y vulnerable del ser humano.

Cuando alcanzamos un estado de sublimidad contemplando un objeto bello, el ser humano está de alguna forma abriéndose, volando, contemplando desinteresadamente (de esto ya he hablado) el objeto, sin más. Prueba de ello es que, como dice la palabra, careces de intereses, de pensamiento. Solo contemplas.

Y me atrevería a decir, aún a riesgo de equivocarme, que el actor ha de tratar de conseguir ese estado de libertad mental, porque es entonces cuando solo queda el cuerpo y el objeto. O, lo que es lo mismo, el personaje activo a reaccionar a los "objetos" exteriores. La única diferencia es que la mente "deja de funcionar" y evitamos así cualquier tipo de bloqueo.

Pero, ¿cómo conseguir un estado de libertad mental? Es difícil. Grotowsky, por ejemplo, propone una liberación de la mente a través del trabajo físico. Es duro, pero sirve. No obstante, la escucha es otra forma de reacción a estímulos externos, pues al centrar tu atención (que no concentración) en el exterior, si no es que abras tu mente, si la desvinculas del cuerpo.

No obstante, y volviendo al libro comentado al principio, se me ha caído el mito de la liberación de la mente. Leyendo a los filósofos ingleses de la segunda parte del XVIII me encontré con Archibald Alison, quien defiende que el placer del gusto se debe a la asociación: "La púrpura, por ejemplo, ha adquirido cierto carácter de dignidad por su accidental vinculación con el atuendo de los reyes". Algo más que interesante cuando, tras haber estado estudiando el Arte del siglo XX, me doy cuenta de que precisamente lo que este trata de hacer es eliminar cualquier asociación que pueda hacer el espectador (es decir, este arte afirma la existencia de asociaciones), haciéndolo a través del distanciamiento y consiguiendo así que el espectador no disfrute de sí mismo (la asociación se da dentro de la mente, de forma personal, interior y onanista) sino que disfrute del espectáculo en sí, sin introducirse en sí mismo (el espectador centra la atención fuera y no dentro).

Y diréis, ¿por qué es incompatible la asociación y la mente libre? Pues miren, desde mi más profunda humildad -porque no tengo conocimientos sólidos de estética, más bien están líquidos. O gaseosos-, creo que si la asociación viene dada por la mente, y de eso no me cabe gran duda, ésta ya no está volando, ni está libre. Está de por medio.

Entonces, ¿cuál es el estado puro de contemplación de la belleza? ¿Por qué algo nos gusta o no nos gusta?

Quizá esté mezclando dos cosas diferentes. Porque por un lado tenemos ese estado puro de contemplación, cuando algo sublime se nos viene encima, nos quedamos sin aliento, sin habla, sin ¡pensamientos! y solo contemplamos desinteresadamente (¿no, Kant?); y por otro lado tenemos el estado crítico que se encuentra justo un segundo después de que finalice el estado de contemplación. Es ese momento en que la mente vuelve a cerrarse, corta los hilos y vuelve a controlar al cuerpo. Y así nos volvemos malos y, finalmente, decidimos lo que nos gusta y lo que no. En este caso, mente libre y asociación (por ese orden) son compatibles.

Un proceso más que válido para mí, aunque fastidioso. Y es que si lo tuviéramos que delimitar temporalmente, nos daríamos cuenta de que del 100% del tiempo, solo el 1% corresponde a la contemplación libre y, por tanto, desinteresada.

¡Ay!

Sergio

jueves, 18 de agosto de 2011

Morir, dormir: dormir, tal vez soñar.

Sí, eso es. Estoy soñando. Pero es un sueño muy bonito. Creo, además, que se ha hecho realidad. A veces, los sueños se hacen realidad, estoy convencido. Mi sueño se llama Edimburgo.

Ahí estoy yo, entre preciosas y preciosas calles. Un poco tristes, que llueve mucho. Pero son preciosas. Y la gente, ¡ay la gente! Luego hablaré de la gente.

Hablar principalmente del Edinburgh Festival Fringe. Un festival que arrasa en la ciudad durante agosto. Un festival ejemplar, único, mágico, emocionante, encantador... Un festival para las artes: para el teatro, la música y la danza.

Caminar por las calles de esta magnífica ciudad y encontrarte con tumultos de gente feliz y emocionada, con los ojos bien abiertos alrededor de un pequeño o gran artista que trata de disfrutar haciendo lo que sabe hacer, jugar con el público. Pequeñas performance para divertir o para promocionar otro espectáculo mayor invaden las principales calles de Edimburgo. Y tengo la cartera llena. De propaganda, digo. Pero es genial. Baratísimo, además.

Tras el impacto callejero fui a ver Calígula, de Albert Camus. Menudo espectáculo. Con lo mínimo, hicieron una maravilla -y eso que me costaba entender, que era inglés-. ¡Pero qué actores!, poco más mayores que yo, por cierto. ¡Qué maravilla! Los pelos de punta.

No conforme con eso, entre actores y actores en la Royal Mile, la principal calle de Edimburgo, me topo con un mimo haciendo uno de estos espectáculos de propaganda. Lo único que hacía era no moverse hasta que alguien le cogía el papel de propaganda que tenía en la mano. Entonces se incorporaba como si de un robot se tratara, con movimientos súbitos, cogía otro folleto del montón que tenía en la mano contraria y volvía a su postura inicial. No pude parar de mirarlo durante más de media hora, lo aseguro. También aseguro que en esa media hora, el mimo -de unos 20 años- no parpadeó ni una sola vez. ¿Cómo es posible?

Da igual la técnica. Lo único que sé es que aprendí mucho de ese chico. No solo estaba quieto mirando a un punto fijo sin parpadear sino que, desde ahí, sabía jugar con el público y sabía qué es lo que quería el público. Sabía quién iba a cogerle un folleto y sabía qué quería ese alguien. Contactaba y jugaba, desde su mínima movilidad, con esos seres de dos patas. Era fantástico. Y cómo incorporaba a su personaje sus dificultades del momento. De verdad, insólito. Pero encantador. No estaba consigo, sino con los demás.

¿Y qué pasa con el espectador? Estoy apasionado, de verdad. Aquí, la gente camina con cuidado, está con los demás, agradece cualquier favor, aunque ni lo sea. Y eso, claro, lo transmiten al espectáculo. El espectador aquí no es parte del espectáculo. Es el espectáculo. Están dentro, con el actor o actriz, jugando con él, riéndose con él, llorando con él. En cada espectáculo que veo no pasa más de un minuto sin escuchar gritar al público junto al actor. Es un círculo fascinante, en serio. Les gusta jugar y juegan. Claro, que el que está en medio lo agradece con creces y no hace sino devolverlo multiplicado.

¿Sabéis cuanto me está emocionando ver a la gente sonreír y disfrutar activamente de cada espectáculo?

¿Sabéis cuanto me está emocionando estar dentro de un ambiente tan alegre y familiar?

Sí, sí. A veces, los sueños se hacen realidad, estoy convencido.

Sergio

domingo, 31 de julio de 2011

El conflicto que hay entre la materia y el espíritu.

No conozco mucho su biografía. No sé cómo escribe ni cómo piensa. Solo sé que defiende cosas que no comparto. Pero hoy me he topado con un artículo de él en XLSemanal más que interesante. Hablo de Juan Manuel de Prada.

Un artículo preocupante, por cierto. Pero más que verdadero, algo que afirmo con mayor insistencia tras haber leído La ciencia y la vida de Valentín Fuster y José Luis Sampedro, dos personalidades más que envidiables (por cierto, recomiendo encarecidamente a todo Ser gustoso de leer Arte y Vida que se lea este gran ejemplar. No como escrito, sino como ejemplo y/o modelo, digo).

El artículo habla sobre la enorme y preocupante expansión de las telecomunicaciones y, por rebote, de la enorme y preocupante expansión de lo automático: "esa expansión de las telecomunicaciones ha discurrido paralela a una reducción o encogimiento de las posibilidades de comunicación estrictamente humanas, según esa ley infalible de la biología que nos enseña que, a medida que aumenta lo automático, decrece lo auténticamente vivo".

¡Eh! A medida que aumenta lo automático, decrece lo auténticamente vivo.

¿No es preocupante leer e incluso notar que nos estamos dejando caer en una alienación difícilmente tratable? Me noto en una cuesta muy empinada en la que es muy difícil escalar para salvarse de caer a la Nada.

Ya no nos movemos. Estamos perdiendo una facultad natural primaria propia de cualquier ser, que es la comunicación. Estamos sustituyendo a nuestros allegados más queridos por máquinas automáticas. Los niños ya no juegan, ni corren, ni saltan, se dice en La ciencia y la vida. Comemos con la televisión encendida para evitar intercambiar palabras incómodas con mamá. Nos comunicamos con nuestras mejores amistades a través de vías virtuales estrictamente inhumanas y devastadoras. ¡Más de la mitad de nuestra vida la pasamos entre pantallas!

De Prada ejemplifica un hecho que a primera vista no tiene cabida en semejante artículo. Habla de la fe cristiana, la religión, el evangelio (me tomaré ciertas libertades para diferenciar a mi gusto mayúsculas y minúsculas). Pero, sin embargo, es curioso que una de las más grandes historias jamás contada en la trayectoria occidental, que durante ya más de veinte siglos lleva haciendo un continuo hincapié en el Ser humano, fuera contada, como dice su autor, "de corazón a corazón", de boca a boca, no con "megafonía" o, en nuestro caso, por televisión o internet.

Estamos cayendo, de verdad, en un mundo me atrevería a decir robotizado. Y cuando caigamos... Entonces grandes temas como la Libertad, que tanto nos gusta, o la Razón, no serán nada.

Quizá esto explica por qué el teatro que, como la fe cristiana, lleva gozando de gran popularidad durante más de veinte siglos, cayó en el pasado de forma estrepitosa.

Lo que está claro es que, si de algo se diferencia el teatro del cine o la televisión es que, como decía Jerzy Grotowsky, el teatro nos brinda una relación humana que ninguno de los otros dos medios nos brinda. De actor a espectador. Bueno, no. De persona a persona. Quizá por ello creo que, si algo tuviera que explotar en mi futura vida profesional como actor -esperemos-, ese algo sería la relación con las personas que se sientan en las butacas. Bajar del escenario y mirarles a la cara. Tocarles. Activarles, a poder ser. Sólo para que ellos lo hicieran también. Miraran, tocaran y activaran. Y así, posiblemente, poder comunicarnos.

De eso trata el teatro, ¿no? De comunicar...

Sergio

lunes, 4 de julio de 2011

Es vulnerable el cuerpo cuando la mente es libre.

Algo así nos decía Shakespeare. Algo así me digo yo.

Hoy he tenido una experiencia genial, de las que no se encuentran fácilmente, y ha sido gracias a Gonzalo Catalinas Gállego -creo que se merece ser nombrado por la gratitud que ahora mismo le debo y por ser no sólo un apasionado de las artes performativas y la danza Butoh sino también una persona con muchas ganas, amor e ilusión (preciosa combinación, por cierto)-. Hoy he recibido una clase gratuita de danza Butoh. En plena Naturaleza, además, entre árboles y árboles de, para quien lo conozca, el Parque Grande de Zaragoza.

Momentos como los de hoy refuerzan mis ideas a cerca del actor y su función y, en definitiva, de las personas y su función. Hoy me he fusionado con la Naturaleza. Ella y yo éramos uno. Esto, que a simple vista parece una auténtica "ida de cabeza", es desde mi punto de vista lo más primitivo, lo más ancestral, lo más verdadero y lo más potente que el ser humano sabe pero ha olvidado hacer.

La danza Butoh, de la que no puedo contaros mucho, es una danza creada por Kazuo Ohno que consiste, entre otras cosas, en entrar en consonancia con uno mismo y con lo más básico del ser humano, la Tierra y el Cielo. Ambos son los dos extremos de los cuales pende todo ser viviente, el cual se nutre de la energía generada por la Tierra para alimentarse de ella y, finalmente, entregársela al Cielo. No olvidemos que el ser humano en su más puro concepto no es nada más que un cúmulo de materia cuya energía es prestada, que no dada, por lo que ha de ser devuelta.

Se nos dice así que hemos de estar agradecidos de tener el cuerpo que tenemos y de poder valernos de todo lo que nos rodea que, repito, no es más que Naturaleza. Porque ella es la que nos sustenta.

Encontrar el centro corporal para trabajar desde ahí usando la respiración como base principal, la cual penetra en nosotros por las piernas, desde la Tierra, como si de raíces se tratara para desaparecer por la cabeza, hacia el Cielo; notar como la vida y la muerte generan un ciclo infinito de transformación de la energía; evocar lo primitivo, el instinto, el impulso y erradicar lo artificial, el intelecto, el bloqueo, la convención, las resistencias, etc. como forma de volver al Origen en que la mente, libre, da paso a un cuerpo desnudo, transparente, vulnerable en definitiva, un cuerpo viviente, no pensante; escuchar las formas, ritmos, pausas, olores, etc. de la Naturaleza como forma de entrar en consonancia con ella quien, superior a cualquier Ser, dicta las normas sobre las que vivir, normas con las cuales ha de convivir el ser humano aceptándolas como llegan, sin querer superponerse a ellas. La Gallina no prevalece sobre el huevo.

Finalmente, una pequeña improvisación grupal en la que, tomando como estímulo la Naturaleza con sus árboles, o agua, o césped, o piedras, no hacemos sino movernos en consonancia con ella, rozando suavemente las joyas que nos son prestadas, bailando al fin y al cabo con ellas. Dejando, eso sí, que marquen ellas la coreografía. Pero sin olvidar que no dejamos de ser sino pura materia colgando de unos hilos celestes que vive en tanto que se nutre de la energía terrenal. Nada más.

No necesitamos nada más. Nada más. De verdad, nada más.

Claro que, a estas alturas, ¡cuánta astucia supone la fuga genial!, nos recuerda Ortega. Qué costoso nos resulta. Qué difícil. ¡Qué doloroso!

¡Pero si sólo hemos de saber olerla, tocarla, saborearla, verla y escucharla!

Claro. Pero no es fácil volver a aprenderse lo olvidado.

Sergio