Arte y Vida

Arte y Vida

sábado, 17 de diciembre de 2011

De cero a uno hay un infinito.

Ya hablaba hace un par de semanas con una compañera de clase que si el año pasado constituyó nuestro "renacimiento" como personas no sólo de teatro, este va a constituir el "descubrimiento" de lo que somos y no somos, de lo que tenemos y lo que nos falta. O al menos esa es mi impresión.

Y es que, visto en frío, el renacimiento constituye algo más bien cómodo, bonito y agradable, porque pasar de la nada al algo es una cosa más que reconfortante, porque si es cierto que descubres muchas cosas, la mayoría no son difíciles de asimilar, y es que entrar en el aula vacío y salir con cuatro grandes bolsas llenas de cosas no puede dejar de sorprenderte y de sacarte una sonrisa placentera. Renaciendo he tomado mi primer contacto con este mágico mundo en el que estoy metido, y he visto que todas las posibilidades de las que me nutro ya no sólo como estudiante de Arte Dramático sino como persona son inmensas y maravillosas.

Pero esta línea de acción, si no es que desaparezca, sí disminuye. Si es cierto que Miguel Ángel murió "todavía aprendiendo", también es verdad que la sensación de descubrir un nuevo mundo no es algo que nos es brindado todos los días. No puedo esperar de mi carrera (por usar un sustantivo común) una sorpresa, comodidad y alegría constantes, porque existen jornadas más o menos planas, más o menos complejas y más o menos especiales. Lo que tengo que apreciar es que cada jornada es nueva y, necesariamente, he de encontrar aunque sea un granito de oro entre millones de granitos de arena, porque lo hay. Y sólo apropiándome de ese granito y guardándolo en bolsas llegaré a juntar muchos de ellos.

La magia en mi trabajo está, y es lo que me hace sentirme especial (¡qué suerte tengo!, pienso); el esfuerzo y las ganas por conseguir alcanzar mis sueños están, y es lo que me hace sentirme más especial (¡cuánto más de suerte tengo!, pienso). Porque si hay algo en mí de lo que esté especialmente orgulloso es que mientras mi cabeza se ocupa de soñar, siempre con los pies en el suelo, mi cuerpo está en un trabajo constante por conseguirlo. Y hasta ahora he sido afortunado. Al menos en lo que más quiero en esta vida, que es lo que algunos llaman teatro.

A veces pienso que es mi único acompañante fiel, porque es el único que no habla de él, de él y de él, sino que me escucha y me nutre. Anda que si me nutre: solo con esto me es imposible no sacar una pequeñita sonrisa y una pequeñita lágrima de emoción: Alegría. ¿Alguien puede decirme que esto no es mágico? Cuando acudo a este vídeo algo dentro de mí se mueve. Cuanto amor se ve, y cuanto de recompensa al ver a la gente sonreír...

Es imposible no sentirme afortunado. Os aseguro que tengo ahí guardado, en mis sacos, imágenes tan bellas que absolutamente nadie va a poder robarme. Lo único que quiero hacer es compartirlas.

Y lo pienso hacer. Soy una persona inteligente.

Hace casi un año salía de una tutoría con una persona muy especial. Me sentí volar. Estoy seguro de que ese día pude parar el mundo, porque toda la energía del mismo se concentró en mi estómago. Vale, no os chivéis, sé que sólo fue una sensación. Pero una de las mejores que he tenido en la vida.

Este año sé que de cero a uno hay un infinito. Y que de uno a dos sólo la mitad. Gracias, Carlos.

Sergio

jueves, 8 de diciembre de 2011

La risa que nos hace comprender.

Tras haber creado junto a la ayuda de tres profesores de mi Escuela (Adrián Pradier, Rosa Sanz y Javier Jacobo) el I Seminario Permanente de Arte y Humanidades de la ESADCyL, no puedo decir otra cosa sino que estoy bastante orgulloso de haber participado en su construcción y ser uno de los coordinadores del mismo. Creo que esta opción va a constituir un complemento que servirá como apoyo a nuestras enseñanzas artísticas a parte de ayudar a crear un espacio de reflexión y debate común con ponentes más que interesantes. Haré un poco de propaganda: os dejo aquí el link.

El primer invitado al Seminario fue Sixto José Castro Rodríguez, doctor en filosofía, bachiller en teología y titulado en órgano, actual profesor de Estética y Teoría de las Artes en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Valladolid. Un hombro ejemplar, de verdad, algo impresionante. Durante la ponencia no podía estar de otra forma más que con la boca abierta de ver tanto saber en una persona. ¡Qué cosas!

Y esta primera ponencia trataba de la risa. Una risa que podemos dividir en dos tipos diferentes: la risa Duchenne, que es la que nos causa placer y genera humor, produciéndose tras haber entendido el "chiste"; y la risa No Duchenne, la cual funciona como lubricante de la interacción social, de forma que aunque no hayamos entendido ese "chiste", nos reímos para suavizar las tensiones sociales.

La comedia no es sino la cara inversa a la tragedia. Existe un puente entre ambas, de forma que aparece el llanto o la risa cuando el lenguaje no llega a expresar lo que sentimos, funcionando ambas como medios que nos permiten liberar toda tensión acumulada (tensión no gratuita, pues reprimirla ya nos genera un gasto de energía). Y esta represión va en aumento gradual conforme crecemos, pues la edad nos aporta mayor conciencia del mundo en que vivimos, de forma que nos vemos obligados a guardar todo comportamiento o actitud que la sociedad considera que está fuera de lugar, que es inútil, ridícula o un largo etcétera. Es así como, una vez más, podemos darnos cuenta de que nuestras más básicas vías de escape son elementos que nada tienen que ver con nuestro control mental, sino que son impulsos que la mayoría de las veces (cuando es risa Duchenne) nos son involuntarios, siendo solo controlados cuando influye el intelecto, el bloqueo o restricción de nuestro yo más básico (risa No Duchenne).

En fin, es así como la sociedad funciona como opresora de las propias reacciones a veces vitales del ser humano. En la risa hay sin duda un elemento cultural que nos estipula de qué podemos reírnos, donde, cuándo y cómo.

Y no somos libres de nuestra risa, la cual viene a veces cuando no queremos o se escapa cuando queremos que esté. Cuando se produce una risa de acogida, tratamos de reírnos forzadamente para no ser excluidos de un grupo que, al contrario que yo, ha sabido descodificar ese elemento cómico. Y digo yo, ¿cuánto hay en el teatro de risa Duchenne y cuanto de risa No Duchenne? Porque una reacción de risa forzada a un acto escénico puede ser la muerte de la realidad imaginaria, de forma que el espectador se siente constreñido por ese grupo social, ahora "superior" a él, y pasa a centrar su atención no en la escena sino en él mismo como "inferior o ridículo" y en el resto del grupo como "superior". Aunque por otro lado, este punto de vista propio tan lejano puede favorecer, si es el cometido del director o dramaturgo, el conseguir que el espectador se mire al espejo como un "otro" en la sociedad, incluso inferior a ella.

Ahora bien, ¿por qué nos reímos? ¿Por superioridad a lo que vemos, según Hobbes? ¿Por identificación? ¿Por la contemplación de hechos incongruentes, según Schopenhauer? ¿Por la represión de comportamientos vitales, según Bergson? ¿Por la contemplación de pequeñas tragedias a las que somos ajenos? ¿Por hechos con finalidad sin fin, tal y como habla Kant de la belleza?

En definitiva, como dijo Sixto, si algo podemos tomar de la risa es que gracias a ella el mundo es menos frío, nos permite vivir no de forma indiferente sino disfrutando de su acompañamiento, pudiendo instalarnos en él con más seguridad. Y es que "nadie debería tomarse la vida tan en serio como para olvidar reírse de sí mismo", nos dice R.S. Sharma.

Porque la risa nos ayuda a retroceder a nuestro estado infantil. Y eso es genial.

Sergio

jueves, 17 de noviembre de 2011

La música es la armonía del cielo y de la tierra. En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro.

Gracias a mi profesora de arte, Charo Charro, estoy descubriendo que hay otras muchas formas de crear un personaje además de las corrientes técnicas interpretativas que ya conocemos. Y no hablo de una técnica ni nada por el estilo, simplemente de un medio a través del cual ampliar la capacidad imaginativa del actor: la pintura, la escultura y la arquitectura. Porque muchos artistas nos han ido contando a lo largo de los siglos cómo ha sido la sociedad de entonces, los intereses, los principales móviles, preocupaciones, ideales... Y todo a través de la expresión. Principalmente humana, además. ¿Por qué no apoyarnos, entonces, en estos grandes trampolines tan obvios y accesibles?

Cuando asistí hace poco a una exposición de Alonso Berruguete, escultor manierista, me di cuenta de que la madera o el lienzo trasciende del puro objeto. Y es que cuando me plantaba delante de esas grandes figuras mi cuerpo no podía mantenerse estático, porque esas miradas y esos cuerpos querían decirme algo. Y he soñado con esos trozos de madera cuando he leído tragedias y comedias. Todos los personajes que conozco están por ahí, estáticos, esperando a ser contemplados. Estoy seguro de que es un gran recurso para el actor.

Pero el gran tema a introducir hoy es la música, porque si las artes plásticas nos pueden ayudar a la creación de un personaje, no tengo palabras para explicar lo que nos puede aportar la música. Y aquí me gustaría hacer un pequeño inciso para nombrar a una gran profesora y persona, quien me ha abierto las puertas al mundo de la música. Hablo de Cristina Redrado, a quien tengo mucho que agradecer.

Gracias a ella no sólo he abierto mis oídos sino que también lo han hecho cada uno de los poros de mi piel, y es que cada vez que escucho a Palestrina, Haendel, Bach, Mozart, Stravinski y otros muchos, mis pelos se convierten en lanzas de acero. Me arriesgaría a decir, y lo hago rotundamente, que la música es quizá el arte más bello, puro y trascendental que hay. Cuando escucho una buena obra musical mi cuerpo se estremece, mi cabeza vuela y mi alma asciende a algún sitio imposible de escribir. No es capricho, es necesidad, es alimento.

¿Y no es precisamente lo que intentamos los actores? Dejar el cuerpo y la mente libre y, en fin, trascender del puro texto. Disfrutar.

Pero es que, además, una obra musical (como cualquier otra) no es percibida como si de un hecho objetivo se tratara. De hecho, es quizá la obra de arte más subjetiva con la que me haya podido encontrar, al menos desde mi punto de vista. Y las ideas, sensaciones, imágenes e impulsos que recibo, de una fuerza diría incluso que peligrosa, no puedo dejar de relacionarlas, para variar, con mi especialidad: el teatro, la interpretación. Porque una obra musical nos puede ayudar a desvincularnos de nuestro propio "yo" para poder pasar a ser pura masa en movimiento, receptiva e impulsiva, para poder crear a través de un estado de neutralidad y a través de imágenes subjetivas un personaje cualquiera. Estoy convencido de que a cada personaje le late interiormente una obra musical, o dos, o tres que le caracterizan y a través de la cual podemos recoger cosas interesantes para, después, dar el impulso a la creación del personaje.

Aunque es un mal ejemplo, pues podría decir que es para mí, de entre las obras que conozco, la obra que más directamente apele a nuestros instintos más básicos, nuestros instintos animales, La consagración de la primavera de Stravinski es una obra que me hace dar uno o varios pasos más allá, no sé adónde, pero bastante más allá. Cuando la escucho, yo dejo de ser "yo", paso a ser una simple masa móvil, receptiva y reactiva a un claro estímulo exterior: la música, que saca de mí el lado más agresivo y peligroso de mi alma. La superposición actor-personaje está al límite, de verdad, porque el personaje trata de tirar por el barranco lo poquito que queda del actor.

Así me he sentido hoy mismo cuando ¡ay!, inevitablemente he llegado a escuchar semejante maestría. Y como actor disfrutaba, porque no he encontrado nada más placentero en el mundo que sentir eso que algunos llaman interpretar. Pero, de verdad, da miedo. Y no quiero, al menos lo intento, aparentar más allá de lo que es, pues no tendría sentido. Pero yo lo percibo así, y es fantástico.

Qué genialidad y qué riesgo.

Dicen que quien no arriesga no gana. Entonces, yo voto por arriesgar.

Sergio

jueves, 3 de noviembre de 2011

Fail better.

El siglo XX ha sido, para mí, el gran bache en el arte. Y digo bache porque es en ese huequecito donde han surgido infinidad de posibilidades artísticas. Con el antes podíamos generalizar unas características que más o menos unificaban un período en una sola teoría, pero con el ahora es difícil conseguir un marco en que acoger todo lo que nos rodea. Y esto tiene muchas connotaciones positivas (aunque también negativas).

Los artistas experimentan por nuevos medios y con nuevos objetivos, generándose así diversas formas de transmitir al espectador, esencia base para cualquier arte. Y es aquí cuando surgen opiniones, desde mi punto de vista erróneas, a cerca de lo que este nuevo arte plantea: "Esto yo también lo sé hacer"; "Esto es muy aburrido"; "No entiendo nada"; "Gran tomadura de pelo"; etc.

Lejos de querer entrar ahora mismo en el debate de qué es y qué no es arte, sí aclararé, antes de entrar en el tema que hoy me ocupa, un par de cosas: Nos disgusta y nos aburre lo que no entendemos. Esto es así porque la sensación de que las cosas se nos escapan no nos gusta. El ser humano, se da por hecho, ha de estar por encima de la gran obra. Y si la obra me pisotea, es una mierda. Para esto, amigos, recomiendo que se informen sobre lo que ven, porque medios hay; por otro lado, ¿saben ustedes pintar un punto rojo en medio de un lienzo vacío? Perfecto, no lo dudo, háganlo. ¿Por qué no lo han hecho antes? Recuerden, excelentísimos, que a alguien se le ocurrió hacerlo antes. Y esa persona no lo hizo porque sí. ¿Que por qué lo hizo? No sé, infórmense.

Me valgo de esto para introducir a Samuel Beckett con su teatro del absurdo, siglo XX. He tenido hoy una gran clase de inglés en la que hemos estado hablando sobre este gran personaje y no he podido resistirme a escribir lo que Diana nos ha contado.

El teatro del absurdo es absurdo, sí. Pero, ¿acaso no lo somos nosotros diariamente? Fíjense en lo que piensa Ionesco cuando dice que "si es absolutamente necesario que el arte o el teatro sirvan para algo, será para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya". El teatro del absurdo no apele el intelecto sino que hace referencia a algo mucho más instintivo del ser humano, que es el sentimiento. Beckett da importancia a la forma respecto al mensaje. Hay mucho mensaje escrito ya, ¿no? Pero, ¿cómo está escrito?

El teatro del absurdo busca un lenguaje novedoso hasta la época pero no exento a nuestro ser. Es algo tan arraigado a nosotros como cualquier otro tipo de comportamiento. Y es así como Beckett nos dice en Esperando a Godot que la ridiculez humana roza los límites de lo inimaginable. ¿Por qué Vladimir y Estragón  en Esperando a Godot no hacen sino esperar a un personaje que nunca llega? Sinceramente, no lo sé. Pero sí sé que nosotros estamos viviendo esperando nada.  Y que mientras esperamos, como Vladimir y Estragón, nos comportamos lo más absurdamente posible. Cuando se decidió interpretar esta obra en lenguaje de clown en una prisión, los presos acabaron llorando. Porque estos están esperando algo que aparentemente nunca llega, su libertad. Y nosotros, aunque nos movamos en un círculo más amplio, no dejamos de ser unos presos que pasan el tiempo mientras esperan nada. ¿No es acaso una rutina lo que vivimos, como les pasa a los personajes de esta obra? Viva aquí o allá, siempre duermo, me despierto, me visto y miro el sol, las nubes, los coches... Lo único que nos salva es la forma en que lo hagamos.

El absurdo, en definitiva, no explora sino la esencia humana. Porque somos un cúmulo de energía puesto aquí o allá. Esto mejor os lo explica Blaise Pascal: " Cuando considero la corta duración de mi vida, absorbida en la eternidad precedente y siguiente, el pequeño espacio que ocupo e incluso que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no allí, porque no existe ninguna razón de estar aquí y no allí, ahora y no en otro tiempo. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y voluntad de quién este lugar y este tiempo han sido destinados a mí?". ¿No os produce angustia, desazón y malestar escuchar esto? ¿No es acaso lo que sienten esos personajillos de Beckett?

Sin embargo nos cuesta identificarnos con ellos, creamos una resistencia empática con los personajes que nos convierte en espectadores mortales,  estando aparentemente muy alejados a estos. Alejados porque, al contrario que ellos, nosotros somos lógicos, conscientes, importantes... Reales. Pero sólo aparentemente...

Esto hacen los personajes de Beckett y esto hacemos nosotros. El dramaturgo solo nos lo recuerda:

"Even tried. Even failed.
No matter. Try again.
Fail again. Fail better".

Sergio

domingo, 30 de octubre de 2011

El cuerpo poético.

Obsesionado estoy con el cuerpo y la máscara. Y más aumenta mi obsesión mientras leo la obra que da título a mi actualización, de Jacques Lecoq, gran pedagogo francés que desarrolló su teoría a lo largo del siglo XX, dándole especial importancia al lenguaje corporal a través de la máscara teatral.

Hace dos semanas, en un estado de embriaguez mental lo vi, lo sentí. Sentí que en la máscara subyace algo más trascendental que la forma en sí, una esencia mágica que estremece a quien la contempla. La máscara se une al cuerpo y ambos forman ahora un todo extremadamente estilizado, mágico, fantástico. Ese objeto constriñe tu yo y lo transforma, casi de inmediato, en un ser diferente. Es algo impresionante.

Estuve buscando información sobre teoría de la máscara teatral o algo similar, pero no encontré nada. Creo que esto ocasiona una forma de teatro más mágica, menos ordinaria, menos común y unos personajes alegres a la vez que tristes, quienes buscan identificarse en el espectador por medio del contacto mutuo, sin barreras absurdas. ¡Miren cómo soy! ¿Os reconocéis vosotros?

Es la forma más fácil de transformarse, pues la máscara tiene un poder tan fuerte que te arrastra involuntariamente. Lecoq utiliza al comienzo de su pedagogía lo que él denominó "máscara neutra", una máscara pre-expresiva, tranquila, calmada, equilibrada. Sólo para, a través de conocer el colchón donde descansa toda expresión, poder saltar a conocer las máscaras expresivas. Sólo existe el movimiento con el no-movimiento y el sonido con el silencio. El contraste, amigos.

De ahí que me atraiga tanto la Commedia dell´arte.

Lecoq propone diversos juegos para profundizar en el comportamiento de la máscara neutra, y entre ellos destaca el uso de los cuatro elementos (agua, fuego, tierra y aire), a los que también tengo acceso en mis amadas clases. Y, como la máscara, son elementos que te arrastran instintivamente, casi involuntariamente si consigues liberar la mente y dejarte reaccionar a esos impulsos tan primitivos como lo son el agua, el fuego, la tierra y el aire. Y Lecoq dice:

- "La tierra es a la vez lo que se puede modelar, amasar, pero también el árbol, que para mí es el mayor elemento simbólico de la tierra, puesto que está enraizado en ella. Para un actor es de lo más importante trabajar el árbol. Debe poder estar plantado en el suelo de verdad, con el cuerpo en equilibrio". Sentir cómo la energía fluye desde las raíces, ancladas al suelo, a través de la savia y notar cómo esa energía prestada ha de ser devuelta en el mismo proceso, ahora inverso, es acercarse a comprender lo que nos sustenta. Suerte tengo de poder trabajar el árbol en mis clases de Expresión Corporal.

- "Intentamos acercarnos a las diferentes dinámicas del agua bajo todas sus formas, desde las más tranquilas a las más violentas".

- "Podría decirse que el viento furioso es el símbolo de la cólera pura, de la cólera sin objeto, sin pretexto. Los grandes escritores de la tempestad [...] han amado este matiz: la tempestad imprevisible, la tragedia física sin causa. [...] Viviendo íntimamente las imágenes del huracán se aprende lo que es la voluntad furiosa y vana. El viento, en su exceso, es la cólera que está en todos lados y en ninguna parte, que nace y renace de sí misma, que gira y se revuelve. El viento amenaza y ulula, pero sólo toma forma cuando se encuentra con el polvo: visible, se convierte en una triste miseria", esta vez de Gaston Bachelard en El aire y los sueños.

- "Y por último, el fuego es el fuego: el más exigente de todos los elementos porque no es más que él mismo".

Imágenes, imágenes, imágenes...

Qué bonito el cuerpo, la mente y el objeto, sólo cuando este último se sabe utilizar, porque nos ayuda a transformarnos.

Me despido recomendándoos esta cosa tan preciosa y a la vez extravagante del director de escena Robert Wilson (o Bob Wilson), a quien accedí gracias a mi absorbente profesora de inglés, Diana Luque.

Sergio

martes, 18 de octubre de 2011

Alguien tiene que morir para que los demás sepamos apreciar la vida.

Es el contraste. Los opuestos.

He de reconocer que nunca me ha gustado especialmente leer teatro. Decir lo contrario sería mentir. He preferido siempre leer una novela o algo similar. Pero mentiría ahora si dijera que esos personajes escritos en papelillos me tienen frío. Que me aburren o que me tienen indiferente. Y sé que la novela también tiene personajes, pero la posibilidad que me brinda el teatro de poder ser el personaje es algo muy, muy especial.

Hoy, en clase de Interpretación, hemos estado estudiando las escenas que vamos a trabajar posteriormente. A mí me ha tocado, no por azar, Descalzos por el parque con Paul. Pero más allá de estudiar técnicamente la escena, hemos profundizado humanamente en el fondo de los personajes. Dios mío, "el hombre es un abismo y me da vértigo mirar dentro". Y los personajes no son sino hombres literarios.

Me constriño y me revuelvo cuando trato de conocer a esas sombras literarias. Me da miedo. Miedo porque los personajes, como nosotros, son máscaras dentro de otra, que es la que se pone el actor. Y también mienten, actúan e incluso desconocen sus verdaderos deseos.

El problema es que el espectador sólo ve un 10% de la vida que hay en escena. Igual que nosotros, ingenuos, que muchas veces sólo vemos la fachada de quien nos habla. Pero el personaje no solo es fachada. Tiene un subtexto, un inconsciente, un pensamiento que no cuenta pero que le altera y acciona. A veces pienso que es más real que el actor.

¿Alguien desea la muerte como quien desea un zumo de naranja? Desear la muerte es una apuesta muy elevada, una apuesta al límite. La cabeza, el corazón, el alma de quien desea la muerte han de estar marchitos, confusos, a punto de explotar. Y a los personajes también les pasa. Un personaje es exteriormente otro más, pero por dentro la bomba cuenta marcha atrás.

Paul, mi personaje, es víctima de una relación amor-odio. Porque el amor, sin él saberlo (¿cuántos somos inconscientes cuando estamos enamorados de ello?), está siempre de la mano del odio, y viceversa. Va a separarse de la persona a la que más ama por odio, pero por amor. "Te odio porque amándote no haces lo que yo quiero". Pero sólo se dará cuenta, como hacemos los de carne y hueso, cuando lo pierda.

Siempre nos fijamos en lo que nos falta cuando ya no está. Es el contraste.

Todos gritamos, aunque el contraste nos obligue a aparentar que todo va bien. O que no va tan mal. Y ellos también lo hacen.

Siento que estoy a medio camino entre un mundo de ficción y un mundo real. Los personajes son aparentemente tinta, pero lo que les pasa lo he visto dibujado también en la vida, y creo que nos podemos acercar más al ser humano entendiendo a esas figuras de papel.

Para entonces, me habré vuelto loco.

Sergio

lunes, 10 de octubre de 2011

La máscara es el tejido que nos cubre el alma.

Es curioso que la palabra "persona" venga del latín "persōna", que significa máscara.

Si seguimos esto al pie de la letra, algo que no sería tan descabellado, hablaríamos de persona como máscara o personaje, no de persona como neutralidad y claridad.

Ya cité, al comienzo de mi blog, unas frases de Declan Donellan, quien asegura que el niño se comporta por imitación, por mímesis de lo que ve. De no ser así, el bebé no tendría nada a lo que agarrarse, por lo que no sería. Todos nos agarramos a algo a través de lo que empujarnos. ¿De dónde se agarra sino el artista para crear? Se crea a través de lo que se ve, por mímesis, imitación, que no copia.

Siguiendo con el interesantísimo tema de la "persona", ¿quién es esta sino una mezcla infinita de cosas y cosas que ha visto y vivido? Muchos actores tienen en boca "me es muy difícil o incluso imposible hacer un personaje nervioso y extrovertido porque yo soy muy calmado y tímido". Pero a mí me gusta pensar, y creo que estoy en lo cierto, que todos tenemos todo. En mayor o menor medida, más escondido o más visible, más arraigado o más desprendido de nosotros, pero ahí está. Sólo hay que saber buscarlo para, posteriormente, usarlo. ¿No tiene acaso la persona más encantadora del mundo momentos desagradables? ¿O el más fuerte momentos de debilidad? ¿O el asustadizo de valentía?

Y si estoy en lo cierto, me regocijo apoyándome en la definición que da el latín a la palabra "persona", pues me afirma que esta no es sino pura máscara, nada de claridad. ¿No os habéis sentido diferentes en según qué situaciones? ¿No os habéis asustado cuando vuestro cuerpo ha reaccionado de forma inesperada delante de una persona en concreto? ¿Acaso hay alguien que no se haya sentido ridículo delante de la persona a quien quiere? ¿No nos hemos hecho nunca los valientes? ¿O los interesantes? ¿O los ingenuos?

Cambiamos de máscara, inconscientemente y a veces involuntariamente según nuestra mente o cuerpo lo requiere. Y lo hacemos básicamente para sobrevivir. No existe la falsedad, porque todos cambiamos de máscara minuto a minuto. Y el bebé hará lo mismo, porque está aprendiendo a sobrevivir en un mundo donde las personas son simples máscaras móviles.

¿Qué pasa entonces cuando hablamos de un "estado de claridad"? Ése sí es el estado, para mí, más difícil que puede alcanzar cualquier persona o, permítanme, cualquier máscara. Y el artista tiene las puertas abiertas a ello. Porque una persona, para interpretar a un personaje, tiene que quitarse antes las mil y una máscaras que tiene encima, desecharlas por un rato, y quedarse -ahora sí- claro, desnudo, transparente y sincero. Sólo para, a continuación, vestirse de nuevo y ponerse otra máscara diferente.

Hace poco me preguntaron que qué era para mí arte. En fin, la pregunta es tan amplia y tan interesante que podría pegarme horas hablando de ello. Pero hasta ahora, creo que una buena definición sería decir que el arte es el medio que tiene cualquier persona para quitarse la máscara y presentarse tal y como es (¿?), como el agua cristalina de un río. Siendo y no pareciendo.

Os preguntaréis que qué dificultad tiene entonces ser actor, ¿no se supone que toda persona tiene la capacidad de cambiar de máscara?

La verdad es que ser actor no es más que mimetizar lo que pasa diariamente. Con medios más o menos estilizados (pues sino no sería arte), pero mimetizando. Pero es que subirse a escena e imitar es difícil, pues al contrario que en la vida, que como ya he dicho esto se da de forma inconsciente y hasta involuntariamente, en escena hay que hacerlo consciente y voluntariamente. Y eso es muy, muy difícil. Porque entran en juego muchos tipos de resistencia, bloqueos y demás...

Y porque desnudarse no es fácil. Ni cómodo. No nos gusta mostrarnos tal y como somos. Cosa del ser humano, supongo...

¿De tanto tenemos que avergonzarnos?

Sergio