No puedes conectar los puntos hacia delante. Solo puedes conectarlos hacia atrás.
Esta ha sido una semana especialmente dura, pero gratificadora en todos los aspectos. Tengo que hacer un poquito de propaganda del grupo de teatro profesional Valquiria Teatro, formado por ex alumnos de mi Escuela, quienes estrenaban este fin de semana en Valladolid su primer proyecto, dirigido por mi profesor Carlos Martínez Abarca, El premio del bien hablar, de Lope de Vega.
Me pidieron el favor de que grabara, junto a una compañera, la obra de teatro este fin de semana, y lo hice verdaderamente encantado. Tras acercarme un par de días durante esta semana a los ensayos de la obra, no podía salir de otra forma sino alegre y maravillado por lo que veía.
Necesitaba asentar los pies y echar raíces al suelo recordando el motivo por el que estoy aquí estudiando Arte Dramático, porque pasa una cosa y es que cuando pierdes el rumbo, cuando tu objetivo se emborrona y no sabes dónde dirigirte, el camino se hace más duro y complicado. Pero vaya, que estos ensayos fueron verdaderamente esclarecedores para mí, ¡vaya que si lo fueron! Contemplar a antiguos compañeros trabajar a fondo en lo que aman para llevar a escena un gran montaje, es simplemente fantástico.
Yo he hecho teatrito desde los cinco años y hasta entrar en la carrera y, aunque parezca mentira, ese nosequé que se crea cuando estás montando una obra de teatro y, finalmente, acabas presentándola, se me había olvidado, pues llevo dos años sin sentirlo. Y, de verdad, que he sentido esta obra como mía, porque cuando veía a mis compañeros no veía sino la imagen de lo que, con un poco de suerte, quiero intentar alcanzar de aquí a un par de años.
Además de que los ensayos fueron espectaculares, pues hasta ahora no había estado en un ensayo de teatro profesional, y desde luego la diferencia con mis clases es abismal, entre otras cosas porque nos encontramos en un punto en que nuestro principal cometido es encontrar simplemente la organicidad en escena: el trabajo de escucha; de reacción; de uso del texto para conseguir; etc., siempre desde la creación de personaje. Pero lo que vi, obviamente, no solo se basaba en un trabajo técnico personal sino que estaba enfocado al resultado, a la muestra ante un público: estaba ante un proceso creativo donde vi radicar todas las competencias que estoy adquiriendo, cohesionar todos esos puntos que vamos dejando en el camino. Adjunto tres breves vídeos sobre el proceso de ensayos de danza, lucha escénica y un pase del tercer acto. Motivador, ¿eh?
Y, aunque suene exagerado, me quedo con la misma o mejor sensación con que me quedé hace un año viendo otro proyecto de ellos, Escenas Mínimas, e insisto en que si cuando termine la Escuela salgo con esas capacidades, puedo sentirme muy afortunado. No es fácil ver proyectos de tan buena calidad, en ninguno de los aspectos (o yo, al menos, no me topo con ellos).
El espectáculo fue, sin duda, impresionante. Y los actores, desde el parecer de un chico de segundo de Interpretación, geniales. Muchas gracias por habernos hecho disfrutar de vuestro trabajo.
¡Y mucha suerte!
Sergio
Arte y Vida
sábado, 28 de enero de 2012
sábado, 14 de enero de 2012
Regálale al menos un meñique torcido al personaje.
Llegando al final con nuestro trabajo de escenas, pues poco queda para pasar a un abismal período, recapitulamos datos para nuestro trabajo en el aquí y ahora dentro de la situación imaginaria, desde el personaje.
Y tenemos ya bastantes posibilidades para la creación del mismo, el cual no puede existir en vano. Comenzando por el estudio de la realidad física de la obra, aplicándole al personaje todos los datos dados por el texto, hasta buscar otros elementos técnicos que le hagan ponerse en acción.
El pasado miércoles, por ejemplo, en mi clase de expresión corporal, realizamos un trabajo de casi dos horas de duración, sin paradas, un trabajo de imaginación a través del cual reaccionábamos a la realidad imaginaria propuesta por Socorro, la profesora. Pasamos de estar caminando por la arena de la playa (percibiendo imágenes y reaccionando a ellas) hasta que esta quemaba, produciendo obviamente un cambio físico en nosotros; a estar caminando por el césped o por el agua, con la que jugábamos; pasamos también por los cuatro elementos básicos: agua, tierra, aire y fuego, de los que poco he hablado y que constituyen un elemento técnico muy fuerte, al menos para mí, en la creación de un personaje (recuerdo el año pasado en mi asignatura de Principio Musicales y Movimiento cuando trabajé la tierra sólida, con un máximo antagonismo muscular, la barbaridad de personaje que apareció cuando me sentí como un auténtico loco desgarbado con ganas de violar a alguien. Concretos corporales como la lengua, la cual se movía lenta y peligrosamente hacían que mi mirada no fuera la de Sergio sino la de un extraño personaje creado a través únicamente de la técnica. Fue increíble); hasta llegar a estar caminando por un bosque, llegando a ver una puerta la cual abríamos para pasar a una extraña habitación en la que nos encontrábamos un objeto (en mi caso vi una puerta en forma de arco puntiagudo y blanca, pasando a dar a una habitación también blanca, algo vieja y con una ventana que seguía dando al bosque, viendo en el centro de la misma una bola de cristal muy curiosa la cual acababa dejando en una estantería); perder un tren, aumentando así el ritmo de la acción para tratar de cogerlo; ir por la calle andando buscando a una persona a la cual nunca encontramos u oliendo algo (bueno o malo) que nos hacía seguirlo con el olfato hasta que, de repente, desaparecía (es increíble notar cómo llega un momento en que hueles de verdad). Caminar mientras alguien nos llama por detrás pero nunca vemos quien o incluso dar un paseo mientras objetos más grandes o más pequeños van cayendo del cielo, teniéndolos que esquivar para no ser aplastados; etc.
Grata fue mi sorpresa cuando llegamos a trabajar en un terreno nuevo y aparentemente simple, los colores. ¿Cómo voy a darle a un personaje un color? ¿Me va a servir eso? Algo tan simple como un color puede aportarle al personaje una infinidad de características. No me fue lo mismo trabajar con el azul, por ejemplo, en que pasé a comportarme como una persona muy pura y libre que con el negro, en que me vi a mí mismo como la propia muerte tratando de llevarse un alma o el blanco, el cual me aportó la inmovilidad, pues lo relacioné inconscientemente con la nada. En el morado me vi como un misterioso mago tratando de presentar mis trucos, etc.
No podemos ser nosotros mismos en escena, entre otras cosas porque cuando lo somos las circunstancias imaginarias saltan y nos preguntan que qué narices hacemos nosotros ahí. Nos encontramos más cómodos dentro de un personaje, porque como ya dije al actor no le gusta mostrarse desnudo, sólo con máscara. Todo ser humano y hasta los personajes son capaces de mirar una simple mota de polvo que pasa por delante de sus ojos para simplemente no vender su interior, me dicen.
Y como poco me queda para entrar en ese abismal período del que hablaba anteriormente, pronto tendré que ofrecerle todo esto de lo que me voy nutriendo a un nuevo personaje, inmenso donde los haya, para ponerlo en acción. Qué ganas y qué miedo, madre.
Es que los personajes, pobres de ellos, están todo el rato en conflicto. Intentan jugar una solución para ganar pero nunca lo consiguen. Por eso nunca quieren hacer la escena. Querrían hacer su escena, pero no la ya escrita. Qué malvado es el dramaturgo... "Todo texto es una crisis de inelocuencia", por eso Shakespeare o Calderón, por ejemplo, escriben mucho pero no consiguen nada. Nunca lo harán sus personajes, no pueden. Hamlet o Fausto caminan alrededor de un círculo buscando una puerta para entrar, pero sólo consiguen llegar donde estaban. Sí, recorren el camino. ¡Pero que no! ¡No hay final!
Sergio
Llegando al final con nuestro trabajo de escenas, pues poco queda para pasar a un abismal período, recapitulamos datos para nuestro trabajo en el aquí y ahora dentro de la situación imaginaria, desde el personaje.
Y tenemos ya bastantes posibilidades para la creación del mismo, el cual no puede existir en vano. Comenzando por el estudio de la realidad física de la obra, aplicándole al personaje todos los datos dados por el texto, hasta buscar otros elementos técnicos que le hagan ponerse en acción.
El pasado miércoles, por ejemplo, en mi clase de expresión corporal, realizamos un trabajo de casi dos horas de duración, sin paradas, un trabajo de imaginación a través del cual reaccionábamos a la realidad imaginaria propuesta por Socorro, la profesora. Pasamos de estar caminando por la arena de la playa (percibiendo imágenes y reaccionando a ellas) hasta que esta quemaba, produciendo obviamente un cambio físico en nosotros; a estar caminando por el césped o por el agua, con la que jugábamos; pasamos también por los cuatro elementos básicos: agua, tierra, aire y fuego, de los que poco he hablado y que constituyen un elemento técnico muy fuerte, al menos para mí, en la creación de un personaje (recuerdo el año pasado en mi asignatura de Principio Musicales y Movimiento cuando trabajé la tierra sólida, con un máximo antagonismo muscular, la barbaridad de personaje que apareció cuando me sentí como un auténtico loco desgarbado con ganas de violar a alguien. Concretos corporales como la lengua, la cual se movía lenta y peligrosamente hacían que mi mirada no fuera la de Sergio sino la de un extraño personaje creado a través únicamente de la técnica. Fue increíble); hasta llegar a estar caminando por un bosque, llegando a ver una puerta la cual abríamos para pasar a una extraña habitación en la que nos encontrábamos un objeto (en mi caso vi una puerta en forma de arco puntiagudo y blanca, pasando a dar a una habitación también blanca, algo vieja y con una ventana que seguía dando al bosque, viendo en el centro de la misma una bola de cristal muy curiosa la cual acababa dejando en una estantería); perder un tren, aumentando así el ritmo de la acción para tratar de cogerlo; ir por la calle andando buscando a una persona a la cual nunca encontramos u oliendo algo (bueno o malo) que nos hacía seguirlo con el olfato hasta que, de repente, desaparecía (es increíble notar cómo llega un momento en que hueles de verdad). Caminar mientras alguien nos llama por detrás pero nunca vemos quien o incluso dar un paseo mientras objetos más grandes o más pequeños van cayendo del cielo, teniéndolos que esquivar para no ser aplastados; etc.
Grata fue mi sorpresa cuando llegamos a trabajar en un terreno nuevo y aparentemente simple, los colores. ¿Cómo voy a darle a un personaje un color? ¿Me va a servir eso? Algo tan simple como un color puede aportarle al personaje una infinidad de características. No me fue lo mismo trabajar con el azul, por ejemplo, en que pasé a comportarme como una persona muy pura y libre que con el negro, en que me vi a mí mismo como la propia muerte tratando de llevarse un alma o el blanco, el cual me aportó la inmovilidad, pues lo relacioné inconscientemente con la nada. En el morado me vi como un misterioso mago tratando de presentar mis trucos, etc.
No podemos ser nosotros mismos en escena, entre otras cosas porque cuando lo somos las circunstancias imaginarias saltan y nos preguntan que qué narices hacemos nosotros ahí. Nos encontramos más cómodos dentro de un personaje, porque como ya dije al actor no le gusta mostrarse desnudo, sólo con máscara. Todo ser humano y hasta los personajes son capaces de mirar una simple mota de polvo que pasa por delante de sus ojos para simplemente no vender su interior, me dicen.
Y como poco me queda para entrar en ese abismal período del que hablaba anteriormente, pronto tendré que ofrecerle todo esto de lo que me voy nutriendo a un nuevo personaje, inmenso donde los haya, para ponerlo en acción. Qué ganas y qué miedo, madre.
Es que los personajes, pobres de ellos, están todo el rato en conflicto. Intentan jugar una solución para ganar pero nunca lo consiguen. Por eso nunca quieren hacer la escena. Querrían hacer su escena, pero no la ya escrita. Qué malvado es el dramaturgo... "Todo texto es una crisis de inelocuencia", por eso Shakespeare o Calderón, por ejemplo, escriben mucho pero no consiguen nada. Nunca lo harán sus personajes, no pueden. Hamlet o Fausto caminan alrededor de un círculo buscando una puerta para entrar, pero sólo consiguen llegar donde estaban. Sí, recorren el camino. ¡Pero que no! ¡No hay final!
Sergio
sábado, 31 de diciembre de 2011
Ser o no ser.
"Últimamente, no sé por qué, he perdido la alegría, he dejado todas mis actividades; y lo cierto es que me veo tan abatido que esta bella estructura que es la tierra me parece un estéril promontorio. Esta regia bóveda, el cielo, ¿veis?, este excelso firmamento, este techo majestuoso adornado con fuego de oro, todo esto me parece nada más que una asamblea de emanaciones pestilentes e inmundas. ¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Qué noble es su raciocinio! ¡Qué infinito en sus potencias! ¡Qué perfecto y admirable en forma y movimiento! ¡Cuán parecido a un ángel en sus actos y a un dios en su entendimiento! ¡La gala del mundo, el arquetipo de criaturas! Y sin embargo, ¿qué es para mí esta quintaesencia del polvo? El hombre no me agrada; no, tampoco la mujer."
El hombre no me agrada y tampoco la mujer, es cierto. Y sin embargo me invade cierta conmoción cuando veo sufrir a estas pequeñas bestias, porque están sumidas en un inmenso mar de dolor, y el nado continuo por salir de él es costoso. Pero no puedo hacer nada. O no quiero. Siento asco y repugnancia de mí mismo por ser quien soy y por sentirme también una pequeña bestia, mala donde las haya y contemplativa de este espectáculo macabro.
"¡Ah, qué innoble soy, qué mísero canalla! [...] Mas yo, vil desganado, me arrastro en la apatía como un soñador, impasible ante mi causa y sin decir palabra. [...] ¿Soy un cobarde?"
Vivir sumido en la oscuridad sin capacidad alguna para decir basta y poner punto final al desastre me vuelve más bestia. Mi lugar de descanso está entre los árboles, entre las montañas. El ruido de las ramas agitándose o el de los pájaros piando me tranquiliza, porque me recuerda que hay algo verdaderamente bello en esta gran masa gigante, algo vivo e inofensivo. Algo que sólo ve, oye y siente.
"¿Parece, señora? No: es. En mí no hay "parecer". No es mi capa negra, buena madre, ni mi constante luto riguroso, ni suspiros de un aliento entrecortado, no, ni ríos que manan de los ojos, ni expresión decaída de la cara, con todos los modos, formas y muestras de dolor, lo que puede retratarme; todo eso es "parecer", pues son gestos que se pueden simular. Lo que yo llevo dentro no se expresa; lo demás es ropaje de la pena".
Y esas ramas y esos pájaros me recuerdan que "soy" y que la máscara o capa negra sólo ocultan mi ser, no lo muestran, no lo imitan, no lo copian. No pueden. Porque si hay algo verdaderamente bello por lo que estamos en esta gran cáscara de nuez es porque tenemos la capacidad de ser y, por tanto, estar. Toda estilización más allá de ello está de más para vivir. Porque, a estas alturas, aún no hemos aprendido a vivir.
"Actúa, cerebro. He oído decir que unos culpables que asistían al teatro se han impresionado a tal extremo con el arte de la escena que al instante han confesado sus delitos. [...] Haré que estos actores reciten [...]. Observaré sus gestos, le hurgaré la herida. Al menor sobresalto ya sé qué hacer. [...] el teatro es la red que atrapará la conciencia."
Tengo un arma y voy a usarla. Si lo palpable se nos escapa puedo echar mano del reflejo. Pero pienso sustraer toda impureza del ensuciado ser de las personas, aunque tenga que permanecer yo en la cueva. Hay que ponerle voluntad a la pureza. No podemos permanecer impasibles ante el sufrimiento de nuestros semejantes. Ni ante el nuestro. Hay que salir fuera y luchar, porque sólo hay tres opciones: ser bueno o ser malo o no ser nada.
Yo soy malo.
Sergio, con Hamlet
"Últimamente, no sé por qué, he perdido la alegría, he dejado todas mis actividades; y lo cierto es que me veo tan abatido que esta bella estructura que es la tierra me parece un estéril promontorio. Esta regia bóveda, el cielo, ¿veis?, este excelso firmamento, este techo majestuoso adornado con fuego de oro, todo esto me parece nada más que una asamblea de emanaciones pestilentes e inmundas. ¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Qué noble es su raciocinio! ¡Qué infinito en sus potencias! ¡Qué perfecto y admirable en forma y movimiento! ¡Cuán parecido a un ángel en sus actos y a un dios en su entendimiento! ¡La gala del mundo, el arquetipo de criaturas! Y sin embargo, ¿qué es para mí esta quintaesencia del polvo? El hombre no me agrada; no, tampoco la mujer."
El hombre no me agrada y tampoco la mujer, es cierto. Y sin embargo me invade cierta conmoción cuando veo sufrir a estas pequeñas bestias, porque están sumidas en un inmenso mar de dolor, y el nado continuo por salir de él es costoso. Pero no puedo hacer nada. O no quiero. Siento asco y repugnancia de mí mismo por ser quien soy y por sentirme también una pequeña bestia, mala donde las haya y contemplativa de este espectáculo macabro.
"¡Ah, qué innoble soy, qué mísero canalla! [...] Mas yo, vil desganado, me arrastro en la apatía como un soñador, impasible ante mi causa y sin decir palabra. [...] ¿Soy un cobarde?"
Vivir sumido en la oscuridad sin capacidad alguna para decir basta y poner punto final al desastre me vuelve más bestia. Mi lugar de descanso está entre los árboles, entre las montañas. El ruido de las ramas agitándose o el de los pájaros piando me tranquiliza, porque me recuerda que hay algo verdaderamente bello en esta gran masa gigante, algo vivo e inofensivo. Algo que sólo ve, oye y siente.
"¿Parece, señora? No: es. En mí no hay "parecer". No es mi capa negra, buena madre, ni mi constante luto riguroso, ni suspiros de un aliento entrecortado, no, ni ríos que manan de los ojos, ni expresión decaída de la cara, con todos los modos, formas y muestras de dolor, lo que puede retratarme; todo eso es "parecer", pues son gestos que se pueden simular. Lo que yo llevo dentro no se expresa; lo demás es ropaje de la pena".
Y esas ramas y esos pájaros me recuerdan que "soy" y que la máscara o capa negra sólo ocultan mi ser, no lo muestran, no lo imitan, no lo copian. No pueden. Porque si hay algo verdaderamente bello por lo que estamos en esta gran cáscara de nuez es porque tenemos la capacidad de ser y, por tanto, estar. Toda estilización más allá de ello está de más para vivir. Porque, a estas alturas, aún no hemos aprendido a vivir.
"Actúa, cerebro. He oído decir que unos culpables que asistían al teatro se han impresionado a tal extremo con el arte de la escena que al instante han confesado sus delitos. [...] Haré que estos actores reciten [...]. Observaré sus gestos, le hurgaré la herida. Al menor sobresalto ya sé qué hacer. [...] el teatro es la red que atrapará la conciencia."
Tengo un arma y voy a usarla. Si lo palpable se nos escapa puedo echar mano del reflejo. Pero pienso sustraer toda impureza del ensuciado ser de las personas, aunque tenga que permanecer yo en la cueva. Hay que ponerle voluntad a la pureza. No podemos permanecer impasibles ante el sufrimiento de nuestros semejantes. Ni ante el nuestro. Hay que salir fuera y luchar, porque sólo hay tres opciones: ser bueno o ser malo o no ser nada.
Yo soy malo.
Sergio, con Hamlet
sábado, 17 de diciembre de 2011
De cero a uno hay un infinito.
Ya hablaba hace un par de semanas con una compañera de clase que si el año pasado constituyó nuestro "renacimiento" como personas no sólo de teatro, este va a constituir el "descubrimiento" de lo que somos y no somos, de lo que tenemos y lo que nos falta. O al menos esa es mi impresión.
Y es que, visto en frío, el renacimiento constituye algo más bien cómodo, bonito y agradable, porque pasar de la nada al algo es una cosa más que reconfortante, porque si es cierto que descubres muchas cosas, la mayoría no son difíciles de asimilar, y es que entrar en el aula vacío y salir con cuatro grandes bolsas llenas de cosas no puede dejar de sorprenderte y de sacarte una sonrisa placentera. Renaciendo he tomado mi primer contacto con este mágico mundo en el que estoy metido, y he visto que todas las posibilidades de las que me nutro ya no sólo como estudiante de Arte Dramático sino como persona son inmensas y maravillosas.
Pero esta línea de acción, si no es que desaparezca, sí disminuye. Si es cierto que Miguel Ángel murió "todavía aprendiendo", también es verdad que la sensación de descubrir un nuevo mundo no es algo que nos es brindado todos los días. No puedo esperar de mi carrera (por usar un sustantivo común) una sorpresa, comodidad y alegría constantes, porque existen jornadas más o menos planas, más o menos complejas y más o menos especiales. Lo que tengo que apreciar es que cada jornada es nueva y, necesariamente, he de encontrar aunque sea un granito de oro entre millones de granitos de arena, porque lo hay. Y sólo apropiándome de ese granito y guardándolo en bolsas llegaré a juntar muchos de ellos.
La magia en mi trabajo está, y es lo que me hace sentirme especial (¡qué suerte tengo!, pienso); el esfuerzo y las ganas por conseguir alcanzar mis sueños están, y es lo que me hace sentirme más especial (¡cuánto más de suerte tengo!, pienso). Porque si hay algo en mí de lo que esté especialmente orgulloso es que mientras mi cabeza se ocupa de soñar, siempre con los pies en el suelo, mi cuerpo está en un trabajo constante por conseguirlo. Y hasta ahora he sido afortunado. Al menos en lo que más quiero en esta vida, que es lo que algunos llaman teatro.
A veces pienso que es mi único acompañante fiel, porque es el único que no habla de él, de él y de él, sino que me escucha y me nutre. Anda que si me nutre: solo con esto me es imposible no sacar una pequeñita sonrisa y una pequeñita lágrima de emoción: Alegría. ¿Alguien puede decirme que esto no es mágico? Cuando acudo a este vídeo algo dentro de mí se mueve. Cuanto amor se ve, y cuanto de recompensa al ver a la gente sonreír...
Es imposible no sentirme afortunado. Os aseguro que tengo ahí guardado, en mis sacos, imágenes tan bellas que absolutamente nadie va a poder robarme. Lo único que quiero hacer es compartirlas.
Y lo pienso hacer. Soy una persona inteligente.
Hace casi un año salía de una tutoría con una persona muy especial. Me sentí volar. Estoy seguro de que ese día pude parar el mundo, porque toda la energía del mismo se concentró en mi estómago. Vale, no os chivéis, sé que sólo fue una sensación. Pero una de las mejores que he tenido en la vida.
Este año sé que de cero a uno hay un infinito. Y que de uno a dos sólo la mitad. Gracias, Carlos.
Sergio
Ya hablaba hace un par de semanas con una compañera de clase que si el año pasado constituyó nuestro "renacimiento" como personas no sólo de teatro, este va a constituir el "descubrimiento" de lo que somos y no somos, de lo que tenemos y lo que nos falta. O al menos esa es mi impresión.
Y es que, visto en frío, el renacimiento constituye algo más bien cómodo, bonito y agradable, porque pasar de la nada al algo es una cosa más que reconfortante, porque si es cierto que descubres muchas cosas, la mayoría no son difíciles de asimilar, y es que entrar en el aula vacío y salir con cuatro grandes bolsas llenas de cosas no puede dejar de sorprenderte y de sacarte una sonrisa placentera. Renaciendo he tomado mi primer contacto con este mágico mundo en el que estoy metido, y he visto que todas las posibilidades de las que me nutro ya no sólo como estudiante de Arte Dramático sino como persona son inmensas y maravillosas.
Pero esta línea de acción, si no es que desaparezca, sí disminuye. Si es cierto que Miguel Ángel murió "todavía aprendiendo", también es verdad que la sensación de descubrir un nuevo mundo no es algo que nos es brindado todos los días. No puedo esperar de mi carrera (por usar un sustantivo común) una sorpresa, comodidad y alegría constantes, porque existen jornadas más o menos planas, más o menos complejas y más o menos especiales. Lo que tengo que apreciar es que cada jornada es nueva y, necesariamente, he de encontrar aunque sea un granito de oro entre millones de granitos de arena, porque lo hay. Y sólo apropiándome de ese granito y guardándolo en bolsas llegaré a juntar muchos de ellos.
La magia en mi trabajo está, y es lo que me hace sentirme especial (¡qué suerte tengo!, pienso); el esfuerzo y las ganas por conseguir alcanzar mis sueños están, y es lo que me hace sentirme más especial (¡cuánto más de suerte tengo!, pienso). Porque si hay algo en mí de lo que esté especialmente orgulloso es que mientras mi cabeza se ocupa de soñar, siempre con los pies en el suelo, mi cuerpo está en un trabajo constante por conseguirlo. Y hasta ahora he sido afortunado. Al menos en lo que más quiero en esta vida, que es lo que algunos llaman teatro.
A veces pienso que es mi único acompañante fiel, porque es el único que no habla de él, de él y de él, sino que me escucha y me nutre. Anda que si me nutre: solo con esto me es imposible no sacar una pequeñita sonrisa y una pequeñita lágrima de emoción: Alegría. ¿Alguien puede decirme que esto no es mágico? Cuando acudo a este vídeo algo dentro de mí se mueve. Cuanto amor se ve, y cuanto de recompensa al ver a la gente sonreír...
Es imposible no sentirme afortunado. Os aseguro que tengo ahí guardado, en mis sacos, imágenes tan bellas que absolutamente nadie va a poder robarme. Lo único que quiero hacer es compartirlas.
Y lo pienso hacer. Soy una persona inteligente.
Hace casi un año salía de una tutoría con una persona muy especial. Me sentí volar. Estoy seguro de que ese día pude parar el mundo, porque toda la energía del mismo se concentró en mi estómago. Vale, no os chivéis, sé que sólo fue una sensación. Pero una de las mejores que he tenido en la vida.
Este año sé que de cero a uno hay un infinito. Y que de uno a dos sólo la mitad. Gracias, Carlos.
Sergio
jueves, 8 de diciembre de 2011
La risa que nos hace comprender.
Tras haber creado junto a la ayuda de tres profesores de mi Escuela (Adrián Pradier, Rosa Sanz y Javier Jacobo) el I Seminario Permanente de Arte y Humanidades de la ESADCyL, no puedo decir otra cosa sino que estoy bastante orgulloso de haber participado en su construcción y ser uno de los coordinadores del mismo. Creo que esta opción va a constituir un complemento que servirá como apoyo a nuestras enseñanzas artísticas a parte de ayudar a crear un espacio de reflexión y debate común con ponentes más que interesantes. Haré un poco de propaganda: os dejo aquí el link.
El primer invitado al Seminario fue Sixto José Castro Rodríguez, doctor en filosofía, bachiller en teología y titulado en órgano, actual profesor de Estética y Teoría de las Artes en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Valladolid. Un hombro ejemplar, de verdad, algo impresionante. Durante la ponencia no podía estar de otra forma más que con la boca abierta de ver tanto saber en una persona. ¡Qué cosas!
Y esta primera ponencia trataba de la risa. Una risa que podemos dividir en dos tipos diferentes: la risa Duchenne, que es la que nos causa placer y genera humor, produciéndose tras haber entendido el "chiste"; y la risa No Duchenne, la cual funciona como lubricante de la interacción social, de forma que aunque no hayamos entendido ese "chiste", nos reímos para suavizar las tensiones sociales.
La comedia no es sino la cara inversa a la tragedia. Existe un puente entre ambas, de forma que aparece el llanto o la risa cuando el lenguaje no llega a expresar lo que sentimos, funcionando ambas como medios que nos permiten liberar toda tensión acumulada (tensión no gratuita, pues reprimirla ya nos genera un gasto de energía). Y esta represión va en aumento gradual conforme crecemos, pues la edad nos aporta mayor conciencia del mundo en que vivimos, de forma que nos vemos obligados a guardar todo comportamiento o actitud que la sociedad considera que está fuera de lugar, que es inútil, ridícula o un largo etcétera. Es así como, una vez más, podemos darnos cuenta de que nuestras más básicas vías de escape son elementos que nada tienen que ver con nuestro control mental, sino que son impulsos que la mayoría de las veces (cuando es risa Duchenne) nos son involuntarios, siendo solo controlados cuando influye el intelecto, el bloqueo o restricción de nuestro yo más básico (risa No Duchenne).
En fin, es así como la sociedad funciona como opresora de las propias reacciones a veces vitales del ser humano. En la risa hay sin duda un elemento cultural que nos estipula de qué podemos reírnos, donde, cuándo y cómo.
Y no somos libres de nuestra risa, la cual viene a veces cuando no queremos o se escapa cuando queremos que esté. Cuando se produce una risa de acogida, tratamos de reírnos forzadamente para no ser excluidos de un grupo que, al contrario que yo, ha sabido descodificar ese elemento cómico. Y digo yo, ¿cuánto hay en el teatro de risa Duchenne y cuanto de risa No Duchenne? Porque una reacción de risa forzada a un acto escénico puede ser la muerte de la realidad imaginaria, de forma que el espectador se siente constreñido por ese grupo social, ahora "superior" a él, y pasa a centrar su atención no en la escena sino en él mismo como "inferior o ridículo" y en el resto del grupo como "superior". Aunque por otro lado, este punto de vista propio tan lejano puede favorecer, si es el cometido del director o dramaturgo, el conseguir que el espectador se mire al espejo como un "otro" en la sociedad, incluso inferior a ella.
Ahora bien, ¿por qué nos reímos? ¿Por superioridad a lo que vemos, según Hobbes? ¿Por identificación? ¿Por la contemplación de hechos incongruentes, según Schopenhauer? ¿Por la represión de comportamientos vitales, según Bergson? ¿Por la contemplación de pequeñas tragedias a las que somos ajenos? ¿Por hechos con finalidad sin fin, tal y como habla Kant de la belleza?
En definitiva, como dijo Sixto, si algo podemos tomar de la risa es que gracias a ella el mundo es menos frío, nos permite vivir no de forma indiferente sino disfrutando de su acompañamiento, pudiendo instalarnos en él con más seguridad. Y es que "nadie debería tomarse la vida tan en serio como para olvidar reírse de sí mismo", nos dice R.S. Sharma.
Porque la risa nos ayuda a retroceder a nuestro estado infantil. Y eso es genial.
Sergio
Tras haber creado junto a la ayuda de tres profesores de mi Escuela (Adrián Pradier, Rosa Sanz y Javier Jacobo) el I Seminario Permanente de Arte y Humanidades de la ESADCyL, no puedo decir otra cosa sino que estoy bastante orgulloso de haber participado en su construcción y ser uno de los coordinadores del mismo. Creo que esta opción va a constituir un complemento que servirá como apoyo a nuestras enseñanzas artísticas a parte de ayudar a crear un espacio de reflexión y debate común con ponentes más que interesantes. Haré un poco de propaganda: os dejo aquí el link.
El primer invitado al Seminario fue Sixto José Castro Rodríguez, doctor en filosofía, bachiller en teología y titulado en órgano, actual profesor de Estética y Teoría de las Artes en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Valladolid. Un hombro ejemplar, de verdad, algo impresionante. Durante la ponencia no podía estar de otra forma más que con la boca abierta de ver tanto saber en una persona. ¡Qué cosas!
Y esta primera ponencia trataba de la risa. Una risa que podemos dividir en dos tipos diferentes: la risa Duchenne, que es la que nos causa placer y genera humor, produciéndose tras haber entendido el "chiste"; y la risa No Duchenne, la cual funciona como lubricante de la interacción social, de forma que aunque no hayamos entendido ese "chiste", nos reímos para suavizar las tensiones sociales.
La comedia no es sino la cara inversa a la tragedia. Existe un puente entre ambas, de forma que aparece el llanto o la risa cuando el lenguaje no llega a expresar lo que sentimos, funcionando ambas como medios que nos permiten liberar toda tensión acumulada (tensión no gratuita, pues reprimirla ya nos genera un gasto de energía). Y esta represión va en aumento gradual conforme crecemos, pues la edad nos aporta mayor conciencia del mundo en que vivimos, de forma que nos vemos obligados a guardar todo comportamiento o actitud que la sociedad considera que está fuera de lugar, que es inútil, ridícula o un largo etcétera. Es así como, una vez más, podemos darnos cuenta de que nuestras más básicas vías de escape son elementos que nada tienen que ver con nuestro control mental, sino que son impulsos que la mayoría de las veces (cuando es risa Duchenne) nos son involuntarios, siendo solo controlados cuando influye el intelecto, el bloqueo o restricción de nuestro yo más básico (risa No Duchenne).
En fin, es así como la sociedad funciona como opresora de las propias reacciones a veces vitales del ser humano. En la risa hay sin duda un elemento cultural que nos estipula de qué podemos reírnos, donde, cuándo y cómo.
Y no somos libres de nuestra risa, la cual viene a veces cuando no queremos o se escapa cuando queremos que esté. Cuando se produce una risa de acogida, tratamos de reírnos forzadamente para no ser excluidos de un grupo que, al contrario que yo, ha sabido descodificar ese elemento cómico. Y digo yo, ¿cuánto hay en el teatro de risa Duchenne y cuanto de risa No Duchenne? Porque una reacción de risa forzada a un acto escénico puede ser la muerte de la realidad imaginaria, de forma que el espectador se siente constreñido por ese grupo social, ahora "superior" a él, y pasa a centrar su atención no en la escena sino en él mismo como "inferior o ridículo" y en el resto del grupo como "superior". Aunque por otro lado, este punto de vista propio tan lejano puede favorecer, si es el cometido del director o dramaturgo, el conseguir que el espectador se mire al espejo como un "otro" en la sociedad, incluso inferior a ella.
Ahora bien, ¿por qué nos reímos? ¿Por superioridad a lo que vemos, según Hobbes? ¿Por identificación? ¿Por la contemplación de hechos incongruentes, según Schopenhauer? ¿Por la represión de comportamientos vitales, según Bergson? ¿Por la contemplación de pequeñas tragedias a las que somos ajenos? ¿Por hechos con finalidad sin fin, tal y como habla Kant de la belleza?
En definitiva, como dijo Sixto, si algo podemos tomar de la risa es que gracias a ella el mundo es menos frío, nos permite vivir no de forma indiferente sino disfrutando de su acompañamiento, pudiendo instalarnos en él con más seguridad. Y es que "nadie debería tomarse la vida tan en serio como para olvidar reírse de sí mismo", nos dice R.S. Sharma.
Porque la risa nos ayuda a retroceder a nuestro estado infantil. Y eso es genial.
Sergio
jueves, 17 de noviembre de 2011
La música es la armonía del cielo y de la tierra. En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro.
Gracias a mi profesora de arte, Charo Charro, estoy descubriendo que hay otras muchas formas de crear un personaje además de las corrientes técnicas interpretativas que ya conocemos. Y no hablo de una técnica ni nada por el estilo, simplemente de un medio a través del cual ampliar la capacidad imaginativa del actor: la pintura, la escultura y la arquitectura. Porque muchos artistas nos han ido contando a lo largo de los siglos cómo ha sido la sociedad de entonces, los intereses, los principales móviles, preocupaciones, ideales... Y todo a través de la expresión. Principalmente humana, además. ¿Por qué no apoyarnos, entonces, en estos grandes trampolines tan obvios y accesibles?
Cuando asistí hace poco a una exposición de Alonso Berruguete, escultor manierista, me di cuenta de que la madera o el lienzo trasciende del puro objeto. Y es que cuando me plantaba delante de esas grandes figuras mi cuerpo no podía mantenerse estático, porque esas miradas y esos cuerpos querían decirme algo. Y he soñado con esos trozos de madera cuando he leído tragedias y comedias. Todos los personajes que conozco están por ahí, estáticos, esperando a ser contemplados. Estoy seguro de que es un gran recurso para el actor.
Pero el gran tema a introducir hoy es la música, porque si las artes plásticas nos pueden ayudar a la creación de un personaje, no tengo palabras para explicar lo que nos puede aportar la música. Y aquí me gustaría hacer un pequeño inciso para nombrar a una gran profesora y persona, quien me ha abierto las puertas al mundo de la música. Hablo de Cristina Redrado, a quien tengo mucho que agradecer.
Gracias a ella no sólo he abierto mis oídos sino que también lo han hecho cada uno de los poros de mi piel, y es que cada vez que escucho a Palestrina, Haendel, Bach, Mozart, Stravinski y otros muchos, mis pelos se convierten en lanzas de acero. Me arriesgaría a decir, y lo hago rotundamente, que la música es quizá el arte más bello, puro y trascendental que hay. Cuando escucho una buena obra musical mi cuerpo se estremece, mi cabeza vuela y mi alma asciende a algún sitio imposible de escribir. No es capricho, es necesidad, es alimento.
¿Y no es precisamente lo que intentamos los actores? Dejar el cuerpo y la mente libre y, en fin, trascender del puro texto. Disfrutar.
Pero es que, además, una obra musical (como cualquier otra) no es percibida como si de un hecho objetivo se tratara. De hecho, es quizá la obra de arte más subjetiva con la que me haya podido encontrar, al menos desde mi punto de vista. Y las ideas, sensaciones, imágenes e impulsos que recibo, de una fuerza diría incluso que peligrosa, no puedo dejar de relacionarlas, para variar, con mi especialidad: el teatro, la interpretación. Porque una obra musical nos puede ayudar a desvincularnos de nuestro propio "yo" para poder pasar a ser pura masa en movimiento, receptiva e impulsiva, para poder crear a través de un estado de neutralidad y a través de imágenes subjetivas un personaje cualquiera. Estoy convencido de que a cada personaje le late interiormente una obra musical, o dos, o tres que le caracterizan y a través de la cual podemos recoger cosas interesantes para, después, dar el impulso a la creación del personaje.
Aunque es un mal ejemplo, pues podría decir que es para mí, de entre las obras que conozco, la obra que más directamente apele a nuestros instintos más básicos, nuestros instintos animales, La consagración de la primavera de Stravinski es una obra que me hace dar uno o varios pasos más allá, no sé adónde, pero bastante más allá. Cuando la escucho, yo dejo de ser "yo", paso a ser una simple masa móvil, receptiva y reactiva a un claro estímulo exterior: la música, que saca de mí el lado más agresivo y peligroso de mi alma. La superposición actor-personaje está al límite, de verdad, porque el personaje trata de tirar por el barranco lo poquito que queda del actor.
Así me he sentido hoy mismo cuando ¡ay!, inevitablemente he llegado a escuchar semejante maestría. Y como actor disfrutaba, porque no he encontrado nada más placentero en el mundo que sentir eso que algunos llaman interpretar. Pero, de verdad, da miedo. Y no quiero, al menos lo intento, aparentar más allá de lo que es, pues no tendría sentido. Pero yo lo percibo así, y es fantástico.
Qué genialidad y qué riesgo.
Dicen que quien no arriesga no gana. Entonces, yo voto por arriesgar.
Sergio
Gracias a mi profesora de arte, Charo Charro, estoy descubriendo que hay otras muchas formas de crear un personaje además de las corrientes técnicas interpretativas que ya conocemos. Y no hablo de una técnica ni nada por el estilo, simplemente de un medio a través del cual ampliar la capacidad imaginativa del actor: la pintura, la escultura y la arquitectura. Porque muchos artistas nos han ido contando a lo largo de los siglos cómo ha sido la sociedad de entonces, los intereses, los principales móviles, preocupaciones, ideales... Y todo a través de la expresión. Principalmente humana, además. ¿Por qué no apoyarnos, entonces, en estos grandes trampolines tan obvios y accesibles?
Cuando asistí hace poco a una exposición de Alonso Berruguete, escultor manierista, me di cuenta de que la madera o el lienzo trasciende del puro objeto. Y es que cuando me plantaba delante de esas grandes figuras mi cuerpo no podía mantenerse estático, porque esas miradas y esos cuerpos querían decirme algo. Y he soñado con esos trozos de madera cuando he leído tragedias y comedias. Todos los personajes que conozco están por ahí, estáticos, esperando a ser contemplados. Estoy seguro de que es un gran recurso para el actor.
Pero el gran tema a introducir hoy es la música, porque si las artes plásticas nos pueden ayudar a la creación de un personaje, no tengo palabras para explicar lo que nos puede aportar la música. Y aquí me gustaría hacer un pequeño inciso para nombrar a una gran profesora y persona, quien me ha abierto las puertas al mundo de la música. Hablo de Cristina Redrado, a quien tengo mucho que agradecer.
Gracias a ella no sólo he abierto mis oídos sino que también lo han hecho cada uno de los poros de mi piel, y es que cada vez que escucho a Palestrina, Haendel, Bach, Mozart, Stravinski y otros muchos, mis pelos se convierten en lanzas de acero. Me arriesgaría a decir, y lo hago rotundamente, que la música es quizá el arte más bello, puro y trascendental que hay. Cuando escucho una buena obra musical mi cuerpo se estremece, mi cabeza vuela y mi alma asciende a algún sitio imposible de escribir. No es capricho, es necesidad, es alimento.
¿Y no es precisamente lo que intentamos los actores? Dejar el cuerpo y la mente libre y, en fin, trascender del puro texto. Disfrutar.
Pero es que, además, una obra musical (como cualquier otra) no es percibida como si de un hecho objetivo se tratara. De hecho, es quizá la obra de arte más subjetiva con la que me haya podido encontrar, al menos desde mi punto de vista. Y las ideas, sensaciones, imágenes e impulsos que recibo, de una fuerza diría incluso que peligrosa, no puedo dejar de relacionarlas, para variar, con mi especialidad: el teatro, la interpretación. Porque una obra musical nos puede ayudar a desvincularnos de nuestro propio "yo" para poder pasar a ser pura masa en movimiento, receptiva e impulsiva, para poder crear a través de un estado de neutralidad y a través de imágenes subjetivas un personaje cualquiera. Estoy convencido de que a cada personaje le late interiormente una obra musical, o dos, o tres que le caracterizan y a través de la cual podemos recoger cosas interesantes para, después, dar el impulso a la creación del personaje.
Aunque es un mal ejemplo, pues podría decir que es para mí, de entre las obras que conozco, la obra que más directamente apele a nuestros instintos más básicos, nuestros instintos animales, La consagración de la primavera de Stravinski es una obra que me hace dar uno o varios pasos más allá, no sé adónde, pero bastante más allá. Cuando la escucho, yo dejo de ser "yo", paso a ser una simple masa móvil, receptiva y reactiva a un claro estímulo exterior: la música, que saca de mí el lado más agresivo y peligroso de mi alma. La superposición actor-personaje está al límite, de verdad, porque el personaje trata de tirar por el barranco lo poquito que queda del actor.
Así me he sentido hoy mismo cuando ¡ay!, inevitablemente he llegado a escuchar semejante maestría. Y como actor disfrutaba, porque no he encontrado nada más placentero en el mundo que sentir eso que algunos llaman interpretar. Pero, de verdad, da miedo. Y no quiero, al menos lo intento, aparentar más allá de lo que es, pues no tendría sentido. Pero yo lo percibo así, y es fantástico.
Qué genialidad y qué riesgo.
Dicen que quien no arriesga no gana. Entonces, yo voto por arriesgar.
Sergio
jueves, 3 de noviembre de 2011
Fail better.
El siglo XX ha sido, para mí, el gran bache en el arte. Y digo bache porque es en ese huequecito donde han surgido infinidad de posibilidades artísticas. Con el antes podíamos generalizar unas características que más o menos unificaban un período en una sola teoría, pero con el ahora es difícil conseguir un marco en que acoger todo lo que nos rodea. Y esto tiene muchas connotaciones positivas (aunque también negativas).
Los artistas experimentan por nuevos medios y con nuevos objetivos, generándose así diversas formas de transmitir al espectador, esencia base para cualquier arte. Y es aquí cuando surgen opiniones, desde mi punto de vista erróneas, a cerca de lo que este nuevo arte plantea: "Esto yo también lo sé hacer"; "Esto es muy aburrido"; "No entiendo nada"; "Gran tomadura de pelo"; etc.
Lejos de querer entrar ahora mismo en el debate de qué es y qué no es arte, sí aclararé, antes de entrar en el tema que hoy me ocupa, un par de cosas: Nos disgusta y nos aburre lo que no entendemos. Esto es así porque la sensación de que las cosas se nos escapan no nos gusta. El ser humano, se da por hecho, ha de estar por encima de la gran obra. Y si la obra me pisotea, es una mierda. Para esto, amigos, recomiendo que se informen sobre lo que ven, porque medios hay; por otro lado, ¿saben ustedes pintar un punto rojo en medio de un lienzo vacío? Perfecto, no lo dudo, háganlo. ¿Por qué no lo han hecho antes? Recuerden, excelentísimos, que a alguien se le ocurrió hacerlo antes. Y esa persona no lo hizo porque sí. ¿Que por qué lo hizo? No sé, infórmense.
Me valgo de esto para introducir a Samuel Beckett con su teatro del absurdo, siglo XX. He tenido hoy una gran clase de inglés en la que hemos estado hablando sobre este gran personaje y no he podido resistirme a escribir lo que Diana nos ha contado.
El teatro del absurdo es absurdo, sí. Pero, ¿acaso no lo somos nosotros diariamente? Fíjense en lo que piensa Ionesco cuando dice que "si es absolutamente necesario que el arte o el teatro sirvan para algo, será para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya". El teatro del absurdo no apele el intelecto sino que hace referencia a algo mucho más instintivo del ser humano, que es el sentimiento. Beckett da importancia a la forma respecto al mensaje. Hay mucho mensaje escrito ya, ¿no? Pero, ¿cómo está escrito?
El teatro del absurdo busca un lenguaje novedoso hasta la época pero no exento a nuestro ser. Es algo tan arraigado a nosotros como cualquier otro tipo de comportamiento. Y es así como Beckett nos dice en Esperando a Godot que la ridiculez humana roza los límites de lo inimaginable. ¿Por qué Vladimir y Estragón en Esperando a Godot no hacen sino esperar a un personaje que nunca llega? Sinceramente, no lo sé. Pero sí sé que nosotros estamos viviendo esperando nada. Y que mientras esperamos, como Vladimir y Estragón, nos comportamos lo más absurdamente posible. Cuando se decidió interpretar esta obra en lenguaje de clown en una prisión, los presos acabaron llorando. Porque estos están esperando algo que aparentemente nunca llega, su libertad. Y nosotros, aunque nos movamos en un círculo más amplio, no dejamos de ser unos presos que pasan el tiempo mientras esperan nada. ¿No es acaso una rutina lo que vivimos, como les pasa a los personajes de esta obra? Viva aquí o allá, siempre duermo, me despierto, me visto y miro el sol, las nubes, los coches... Lo único que nos salva es la forma en que lo hagamos.
El absurdo, en definitiva, no explora sino la esencia humana. Porque somos un cúmulo de energía puesto aquí o allá. Esto mejor os lo explica Blaise Pascal: " Cuando considero la corta duración de mi vida, absorbida en la eternidad precedente y siguiente, el pequeño espacio que ocupo e incluso que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no allí, porque no existe ninguna razón de estar aquí y no allí, ahora y no en otro tiempo. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y voluntad de quién este lugar y este tiempo han sido destinados a mí?". ¿No os produce angustia, desazón y malestar escuchar esto? ¿No es acaso lo que sienten esos personajillos de Beckett?
Sin embargo nos cuesta identificarnos con ellos, creamos una resistencia empática con los personajes que nos convierte en espectadores mortales, estando aparentemente muy alejados a estos. Alejados porque, al contrario que ellos, nosotros somos lógicos, conscientes, importantes... Reales. Pero sólo aparentemente...
Esto hacen los personajes de Beckett y esto hacemos nosotros. El dramaturgo solo nos lo recuerda:
"Even tried. Even failed.
No matter. Try again.
Fail again. Fail better".
Sergio
El siglo XX ha sido, para mí, el gran bache en el arte. Y digo bache porque es en ese huequecito donde han surgido infinidad de posibilidades artísticas. Con el antes podíamos generalizar unas características que más o menos unificaban un período en una sola teoría, pero con el ahora es difícil conseguir un marco en que acoger todo lo que nos rodea. Y esto tiene muchas connotaciones positivas (aunque también negativas).
Los artistas experimentan por nuevos medios y con nuevos objetivos, generándose así diversas formas de transmitir al espectador, esencia base para cualquier arte. Y es aquí cuando surgen opiniones, desde mi punto de vista erróneas, a cerca de lo que este nuevo arte plantea: "Esto yo también lo sé hacer"; "Esto es muy aburrido"; "No entiendo nada"; "Gran tomadura de pelo"; etc.
Lejos de querer entrar ahora mismo en el debate de qué es y qué no es arte, sí aclararé, antes de entrar en el tema que hoy me ocupa, un par de cosas: Nos disgusta y nos aburre lo que no entendemos. Esto es así porque la sensación de que las cosas se nos escapan no nos gusta. El ser humano, se da por hecho, ha de estar por encima de la gran obra. Y si la obra me pisotea, es una mierda. Para esto, amigos, recomiendo que se informen sobre lo que ven, porque medios hay; por otro lado, ¿saben ustedes pintar un punto rojo en medio de un lienzo vacío? Perfecto, no lo dudo, háganlo. ¿Por qué no lo han hecho antes? Recuerden, excelentísimos, que a alguien se le ocurrió hacerlo antes. Y esa persona no lo hizo porque sí. ¿Que por qué lo hizo? No sé, infórmense.
Me valgo de esto para introducir a Samuel Beckett con su teatro del absurdo, siglo XX. He tenido hoy una gran clase de inglés en la que hemos estado hablando sobre este gran personaje y no he podido resistirme a escribir lo que Diana nos ha contado.
El teatro del absurdo es absurdo, sí. Pero, ¿acaso no lo somos nosotros diariamente? Fíjense en lo que piensa Ionesco cuando dice que "si es absolutamente necesario que el arte o el teatro sirvan para algo, será para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya". El teatro del absurdo no apele el intelecto sino que hace referencia a algo mucho más instintivo del ser humano, que es el sentimiento. Beckett da importancia a la forma respecto al mensaje. Hay mucho mensaje escrito ya, ¿no? Pero, ¿cómo está escrito?
El teatro del absurdo busca un lenguaje novedoso hasta la época pero no exento a nuestro ser. Es algo tan arraigado a nosotros como cualquier otro tipo de comportamiento. Y es así como Beckett nos dice en Esperando a Godot que la ridiculez humana roza los límites de lo inimaginable. ¿Por qué Vladimir y Estragón en Esperando a Godot no hacen sino esperar a un personaje que nunca llega? Sinceramente, no lo sé. Pero sí sé que nosotros estamos viviendo esperando nada. Y que mientras esperamos, como Vladimir y Estragón, nos comportamos lo más absurdamente posible. Cuando se decidió interpretar esta obra en lenguaje de clown en una prisión, los presos acabaron llorando. Porque estos están esperando algo que aparentemente nunca llega, su libertad. Y nosotros, aunque nos movamos en un círculo más amplio, no dejamos de ser unos presos que pasan el tiempo mientras esperan nada. ¿No es acaso una rutina lo que vivimos, como les pasa a los personajes de esta obra? Viva aquí o allá, siempre duermo, me despierto, me visto y miro el sol, las nubes, los coches... Lo único que nos salva es la forma en que lo hagamos.
El absurdo, en definitiva, no explora sino la esencia humana. Porque somos un cúmulo de energía puesto aquí o allá. Esto mejor os lo explica Blaise Pascal: " Cuando considero la corta duración de mi vida, absorbida en la eternidad precedente y siguiente, el pequeño espacio que ocupo e incluso que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no allí, porque no existe ninguna razón de estar aquí y no allí, ahora y no en otro tiempo. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y voluntad de quién este lugar y este tiempo han sido destinados a mí?". ¿No os produce angustia, desazón y malestar escuchar esto? ¿No es acaso lo que sienten esos personajillos de Beckett?
Sin embargo nos cuesta identificarnos con ellos, creamos una resistencia empática con los personajes que nos convierte en espectadores mortales, estando aparentemente muy alejados a estos. Alejados porque, al contrario que ellos, nosotros somos lógicos, conscientes, importantes... Reales. Pero sólo aparentemente...
Esto hacen los personajes de Beckett y esto hacemos nosotros. El dramaturgo solo nos lo recuerda:
"Even tried. Even failed.
No matter. Try again.
Fail again. Fail better".
Sergio
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